Resolana

El poder de las palabras

Carmen Beatriz Ruiz
martes, 01 de octubre de 2013 · 20:12
Desde hace años me persigue la imagen de un cuento de Jorge Luis Borges que estuve buscando recientemente sin encontrarlo, al punto de pensar que quizá sólo se lo adjudiqué, porque lo escribió otro (eso le encantaría al argentino, sobre esa equivocación ha escrito varias historias). Se trata de una palabra que contiene una magia negra tan poderosa que quienes la pronuncian en voz alta quedan inmediatamente convertidos en humeantes conos azules. Primero, es una especie de secreto para iniciados, quienes se arriesgan a repetirla pensando en gambetear sus mortales efectos, sin suerte… y la dichosa palabra rueda por el mundo convirtiéndolo en un devastado jardín de silentes conos azulencos, hasta que llega el momento final, cuando sólo queda una persona que, aún sabiendo lo que sucederá,  tampoco puede resistir la tentación y la pronuncia. Y se hace el silencio. Y con él, el vacío, la nada.
Quizá no es de las mejores historias de Borges, pero no se le puede negar una enorme fuerza, debido a que une elementos de intrínseca simbología como el poder de las palabras, el silencio obligado y el vértigo de pronunciar lo prohibido.
Las palabras tienen poder, qué duda cabe. Pueden formar mantras, con sonidos sin sentido literal pero cuya repetición, dicen, lleva hasta niveles extáticos de concentración y relajación. Pueden herir como una espada, pueden guardar o abrir secretos inexpugnables o logran derretir de amor. Las primeras palabras de los niños suenan encantadoras, en boca de borrachos resultan ridículas y  soeces, dramáticas en los labios de gente moribunda y feroces en son de guerra. En las culturas andinas se llama a gritos el ajayu perdido por un susto o un golpe repentino. Los enamorados acaramelan sus palabras y las madres imitan el lenguaje de sus infantes en un acto de amor que las lleva a igualarse con aquél que parieron.
Palabra de honor, se decía antes, cuando ese concepto valía su peso en oro. ¿Me das tu palabra?, solía exigirse. En boca del mentiroso lo cierto se hace dudoso, se dice para unir la necesidad de veracidad al lenguaje hablado. No hay palabra mal dicha, sino mal interpretada, dice el saber popular. Todas son expresiones de la importancia de estas señales en la convivencia humana cotidiana.
Pero en política parece que es distinto. Melosos y seductores cuando están en campaña piropean y ofrecen las estrellas. Ya en uso del poder lo primero que abusan es el lenguaje. Los piropos se convierten en exabruptos y la seducción en autoritarismo o en confusión. Al menos dos presidentes de los recientes 30 años necesitaron un aliado o un ministro que aclare, interprete y explique sus palabras. ¿Cuántas veces no escuchamos, antes y ahora,  "lo que el Presidente quiso decir…”. La necesidad de aclarar las palabras del poder gubernamental dice tanto de éste como de la capacidad de expresión de sus usuarios temporales, dice mucho, también, de los acólitos (la de ahora es acólita) cuya función comunicacional es restringida al papel de aclaración. Y dice de nuestra memoria ciudadana o de la falta de ella, cuando aceptamos sumisamente que se dijo "b” cuando escuchamos "a”.     
Lamentablemente, las palabras de los gobernantes no se las lleva el viento, aunque digan macanas, están nomás hablando para la historia. De ahí su valor intrínseco, nos guste o no y lo crean ellos o no.
Por mi lado, por amor a las palabras me encadeno quincenalmente a esta columna. Gracias a Página Siete por invitarme a ser parte de su apuesta periodística.
 
Carmen Beatriz Ruiz es

comunicadora social.

Página Siete da la bienvenida a sus páginas a Carmen Beatriz Ruiz, que publicará quincenalmente su columna en este espacio.

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