Tinku verbal

La naturaleza de Luzmila

Andrés Gómez Vela
sábado, 19 de octubre de 2013 · 19:29
Para comprender las canciones de Luzmila Carpio no hay que hablar o entender quechua. Basta escuchar su aguda voz e, inmediatamente, te enteras que ella es la médium de la naturaleza, su mensajera, la versión femenina de Hermes, dirían los griegos, que al igual que los quechuas eran panteístas y politeístas. Su voz transmite los sonidos del agua, de las montañas, de los árboles, de los pájaros, del viento. Es la voz de las voces de la naturaleza. 
La vi hace dos semanas, en el Teatro Municipal, 10 años después. Claro, su voz la conozco desde hace décadas, arrulló mi ser desde mi niñez, como la de mi abuela, mi abuelo o mi madre o mis tías, quienes hasta hoy miman a sus nietos y nietas de todas las culturas con el rítmico pjatitan pjatitan, pjatitan pjatitan, pjatan pjatan pjatitan.
Ella expuso a otras culturas esa dulzura de cuna nacida en la misma naturaleza de la madre quechua, que tiene habilidad para cantarle a todo ser vivo, por ejemplo a los perros: wuaj wuaj saquito, wuaj wuaj saquito, chuñupjuti senqja, pepita qjara ñawi, escalera wasa… (saquito de peluche, nariz de chuño, ojos negros, espalda de escalera). Y el animalito se deleita al escuchar una voz maternal y danza sobre dos patitas intuyendo que es querido y útil en la familia, que no sólo se preocupa de su comida, sino de su alma.
Generalmente, las voces de las mujeres quechuas son delgadas, al menos cuando cantan, se asemejan a finos hilillos que salen de lo más profundo del ser, casi siempre onomatopéyicas, tristonas o pletóricas, dependiendo del tiempo y la fiesta. En Carnaval, Todos Santos o el Tinku van a tono con las delgadas cuerdas de acero de los charangos afinados en Quinsa Temple, Diablo, Falso Natural o Maolín. Las personas que escuchan por primera vez, suelen sorprenderse por la agudeza.
Luzmila sorprendió hace años, pretender imitar su voz es arriesgarse a romper "cuerdas vocales” y las cuerdas de acero de chillones hualaychos (charangos pequeños que pueden viajar camuflados debajo del poncho o bajo una manga y aparecer de la nada en una fiesta improvisada).
Como ella, muchas y muchos quechuas  comenzaron hace décadas a desbrozar el camino de la descolonización, cantando con amor, en el dulce idioma madre, a la niñez, a la pareja, a la Pachamama, de quien dicen en el Norte de Potosí que siempre está despierta para cuidar a sus hijos e hijas así sean ingratos e ingratas.
La última vez que vi a Luzmila (el 4/10/2013) estaba acompañada de músicos de otras culturas y de instrumentos de viejos y nuevos tiempos (órgano de cristal, contrabajo, octobajo, atabal o timbal, guitarra). Su intención era demostrar que nuestra música y nuestra lengua pueden ser universales y que la Madre Tierra tiene el mismo lenguaje aquí, en Europa, en África, Asia. ¡Y lo logró! Y sin pretenderlo, también demostró que el mestizaje no significa pérdida de identidad, sino convivencia con otras culturas, preservando raíces.
Su voz es como un bálsamo que alivia el dolor del alma quemada por el cambio climático, el desarrollismo, el capitalismo depredador de parques naturales y falsos discursos. Su delgada voz recorre por tus venas y hace una especie de limpieza de toda la contaminación que porta tu cuerpo y oxigena tu cerebro, donde tus neuronas se declaran de fiesta y arman un alboroto al ritmo de los melodiosos sonidos de la Madre Tierra.
Taquirikuy, Luzmila, ujsitituwuan, ama wuaqjaspalla, ama wuaqjachispalla. Chay pesqjo jina pauwuanapaj, jina patata, patata, nimayqjaj uraqjamunapaj. Canta, Luzmila, como cuando te encarnas en un águila y vuelas tan alto, tan alto como nuestro pueblo, desde donde nunca más bajará porque volamos y volaremos como vos por el resto del tiempo.
 
Andrés Gómez es periodista

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