Precisiones

Embajadores en La Paz, ¿quién los recuerda?

Fernando Salazar Paredes
viernes, 25 de octubre de 2013 · 20:50
La evaluación del desempeño de los embajadores acreditados en La Paz es tema que la mayoría de los "internacionalistas” no osan tocar; los más prefieren ejercer el rol de cortesanos con las consecuentes invitaciones a convites y, por ahí, acaso, un viajecito pagado por la misión extranjera.
 Perú y Brasil casi siempre han mandado a consumados diplomáticos. No siempre ocurre así con otros países limítrofes. Los de Brasil son diplomáticos hábiles y experimentados. La diplomacia peruana, lo he sostenido siempre, es tal vez la mejor del hemisferio y continuamente ha nombrado en Bolivia sus mejores profesionales, incluyendo su actual embajadora, Silvia Alfaro.
Argentina envió, hace poco, un embajador que no era de carrera, pero que se destacó como pocos en la historia de las relaciones bilaterales. Quién no recuerda a Horacio Macedo con cariño y admiración.
Paraguay es un caso de contrastes. Por un lado tuvimos a un feroz exjefe de Policía, Ramón Duarte Vera, y a una célebre estudiosa de Bolivia, Julia Belilla Laconich; desde hace varios años no acreditan embajador.
 Con relaciones quebradas, Chile también ha destinado, a diferencia de nosotros, como jefes de la misión consular a experimentados diplomáticos; ningún improvisado.
Aún recuerdo a los talentosos ecuatorianos Luis Valencia y Luis Narváez. Ocasionalmente México destaca a personajes de relieve, como Margarita Diéguez. Cuba no se escapa de mandar embajadores eficaces para sus intereses, como Ángel Brugués o Rafael Dausá.
A los estadounidenses hay que escudriñarlos cuidadosamente. Marvin Weismann fue correteado por la dictadura de García Meza y Philip Goldberg fue expulsado por el Gobierno actual. Curiosamente, ambos embajadores tenían raíces judías.
Los europeos son rara mixtura; van desde profesionales idóneos a aventureros en busca del "buen salvaje”. Salvo España, cuyos jefes de misión siempre sobresalen, algunos europeos no tienen categoría de embajadores; son funcionarios de menor rango que, por venir a Bolivia (un hardship post), ostentan el cargo transitoriamente y después, quizás, los confirmen. Los hay algunos muy buenos.
Ha habido, últimamente, un embajador de Brasil con atributos particulares que, seguramente, varios corifeos del mundillo diplomático poco recordarán pues no era muy afecto a la actividad social tan codiciada por esa élite de la variopinta sociedad paceña que pulula por las embajadas para fortalecer su sitial de socialites.
Me refiero a Marcel Fortuna Biato, último embajador de Brasil, trasladado primero y destituido después, en medio de un confuso episodio diplomático cuyo corolario ha afectado las relaciones boliviano-brasileñas.
Biato no es cualquier diplomático de los muchos que militan en las filas de Itamaratí. Con más de 30 años de carrera diplomática, fue destacado en diversas ocasiones al Palacio de Planalto, Presidencia de Brasil. Atrapado entre un canciller mediocre, como lo fue Antonio Patriota, y un Gobierno anfitrión inflexible, le tocó, además de otros temas delicados, el asilo del senador Pinto, que la oposición boliviana de derecha utilizó estridentemente para obtener un protagonismo que no tenía.
Biato era uno de los pocos embajadores con el que se podía conversar de diversos temas sustantivos. Sencillo y erudito, es un académico amante de Bolivia con sus luces y sombras. Pero también era embajador y cumplía instrucciones, muchas veces desacertadas, de Brasilia. Esa dualidad de influencias hizo que su desempeño profesional sea complicado e incomprendido. Supo, sin embargo, equilibrar su difícil tarea de manera racional. Su labor será evaluada en el futuro y, seguramente, el resultado será positivo.
Marcel es mi amigo; ergo no soy objetivo. Extraño nuestras pláticas y tertulias que nada tenían que ver con la diplomacia. La profundidad de sus reflexiones motivaban muchas discusiones en las que no siempre coincidíamos, pero que provocaban invariablemente un nuevo encuentro.
Eso sí, recuerdo sus últimas palabras en Santa Cruz: "Siempre en la convicción de que vivimos momentos decisivos para el futuro de Bolivia, estoy convencido de que también lo son para el diálogo de dos pueblos unidos por una extensísima frontera, una aún más larga historia e inconmensurables potencialidades de cooperación e integración. Me siento orgulloso de haber sido, modestamente, un copartícipe de ese esfuerzo de construcción del futuro”.
Embajadores y diplomáticos vienen y van… ¿quién los recuerda? Marcel Biato, controvertido como pocos, fue  un embajador al que ni sus amigos ni sus detractores podrán olvidar fácilmente.
 
Fernando Paredes es abogado
internacionalista.

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