Yvy Maraey: la tierra sin mal

Renzo Ayarde
viernes, 25 de octubre de 2013 · 20:53
Tuve el privilegio de estar presente en la Cinemateca Boliviana en la premier de la última producción de Juan Carlos Valdivia: Yvy Maraey – La tierra sin mal, donde el reconocido director boliviano se adentra en la cosmovisión del mundo guaraní y, al mismo tiempo, explora los aspectos más subjetivos e íntimos del ser humano.
Yvy Maraey no es una película convencional, es más bien un "performance” y por eso puede ser varias cosas a la vez: en ciertos momentos parece un documental, en otros la historia se pone interesante y en otros la parte visual-artística y narrada transmite sensaciones que son propias del Ñandereko (modo de ser guaraní); pero, a la vez, todo es un sistema perfectamente ensamblado y cuya característica central en varios momentos no es necesariamente la existencia de un hilo narrativo, sino que los elementos visuales juegan un papel central.
Es imposible recriminarle a Valdivia algo referente a los elementos estilísticos de sus producciones, pues siempre sus secuencias tienen una pulcritud y creatividad única al momento de describir y contextualizar la historia, es decir, llenarlas de significado. Yvy Maraey, sin duda alguna, fue un desafío mayor para el director porque no sólo le ha exigido diseñar la estructura narrativa y cuidar los elementos de estilo, sino combinar estos aspectos con los valores axiológicos del mundo guaraní, con sus saberes, con sus formas, con sus sonidos, con sus sabores y con sus códigos.    
La historia trata de Andrés (Juan Carlos Valdivia), un director de cine que tiene la idea de hacer una película sobre la etnia guaraní, para lo cual contrata a Yari (Elio Ortiz), un guaraní que lo acompaña en un viaje por el Chaco boliviano; pero es un viaje simbólico, porque no es un viaje a un territorio sino a la espiritualidad del guaraní y a través de ésta a la búsqueda de la esencia del ser humano, elementos que le servirán a Andrés para comprenderse, entenderse y descubrirse, sobre todo. Al mismo tiempo, el viaje es el encuentro de dos mundos y dos culturas diferentes: la guaraní y la occidental; que es a la vez la discusión central de la interculturalidad: la comprensión, el entendimiento y la convivencia entre culturas diferentes. Pero el proyecto no sólo es  visual o  artístico, sino que también aporta elementos críticos sobre la situación social de algunos guaraníes: en una de sus secuencias se describe la condición de servidumbre a la que esta nación ha sido sometida históricamente por hacendados y terratenientes del Chaco boliviano, de donde además han sido despojados de sus territorios.  
Hay que destacar la participación de todos los personajes (principalmente de  las comunidades guaraníes), pues no hay actores profesionales, sino más bien comportamientos -en la mayoría de los casos- espontáneos; pero sobre todo hay que aplaudir la participación de Elio Ortiz en todo el proyecto, quien como guaraní y estudioso de su cultura aportó mucho en la concepción filosófica de la película y en introducir a Valdivia al Ñandereko. También hay que mencionar a Felipe Román, maestro rural guaraní que participó en el proyecto.
Yvy Maraey es, sin duda alguna, una propuesta innovadora, que logra de manera creativa introducir al público en la cosmovisión del mundo guaraní y muestra de manera clara esas cotidianidades -en este caso en tierras bajas- de una Bolivia profundamente pluricultural.

Renzo Ayarde es

comunicador social.

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