Desde la acera de enfrente

Cambiar de mujer

María Galindo
martes, 29 de octubre de 2013 · 20:45
Adolfo Mendoza, senador; Fidel Surco, senador; Álvaro García Linera, vicepresidente; Pablo Groux, ministro de Culturas, para citar solamente algunos de los nombres de hombres influyentes dentro del Gobierno -hombres con poder-, hombres que se llenan la boca a la hora de hablar del respeto a las mujeres. Todos perpetradores de diferentes formas de violencia machista contra sus excompañeras de vida. Todos usufructuadores de mujeres que les apoyaron en sus procesos de crecimiento personal, pero que una vez arribados a la supuesta cúspide del poder necesitan de otra diferente para una nueva etapa de sus vidas. Necesitan renovar, cambiar o sustituir a sus parejas por otras que les sean -en estas nuevas lides a las que han arribado- más cómodas, más útiles, más dóciles, más a la medida de la sombra donde se limpian los zapatos.
Cambiar de mujer es una práctica intrínseca al ejercicio de poder político del macho, rodearse de otro tipo de mujer, cambiar de patrones estéticos  y hacer de la "nueva mujer a la que acceden una especie de accesorio del poder que ejercen”. Y no crean que el fenómeno es exclusivamente masista, el caso del alcalde Luis Revilla es tan evidente y sonado como lo fue el de García Linera en su momento y, si Evo Morales no se decide por ninguna es porque el cambio permanente le permite colocarse en términos de poder masculino incluso por encima de sus colaboradores; ellos tienen una -al menos públicamente-, él tiene acceso a varias simultáneamente.
Este cambio de mujer plantea un texto sobre la condición de las mujeres que los delata en sus prácticas machistas: la mujer a la que acceden debe ser en todos los casos más joven que la anterior y mucho más joven que ellos mismos. Éste es un rasgo generalizado que refleja a un macho que no quiere una compañera, sino que se siente cómodo con una mujer que cumpla la función de "muñeca manipulable”. La mujer a la que acceden debe ser blanca, flaca y cumplir con los parámetros estéticos de la miss de belleza o modelo de turno, reflejando en esa búsqueda estética su compromiso con parámetros racistas de belleza, reflejando que la mujer indígena no es "eróticamente deseable” y confirmando su mirada colonizada del cuerpo de las mujeres, en la que es la mujer blanca la que representa el símbolo de estatus social. El caso de dirigentes indígenas que cambian a la mujer indígena como compañera hacia la blanca  es un dato infalible. El caso del Presidente es, de todos, el más dramático, pero no es el único, sino es una tendencia generalizada.
La mujer debe además ser intelectualmente inferior, mejor que no sea una compañera de lucha, ni una colega. Que lo admire y venere para que su ego se alimente con la mirada pasmada de ella, que "no entiende de esas cuestiones”.
El cambio de mujer es un paso ineludible en el ejercicio de poder político, es una necesidad del macho para autoafirmarse socialmente y además es una afirmación pública de que "la mujer” en la vida de un hombre es un accesorio renovable y sustituible. Decir a esta altura que ésos son problemas privados que no pueden ser ventilados públicamente resulta irrisorio, puesto que el cambio de mujer es un acto público que necesita de la plaza pública para lucirse como acto de poder machista.
Las mujeres del partido, las ministras, las senadoras que los rodean y que son testigas inmediatas directas de ese proceso, son mujeres que complacen esas sustituciones, que socapan y juegan el papel de alcahuetas, celebrando en sus colegas el uso machista del cual se hacen vergonzosas cómplices.

 María Galindo es miembro de

Mujeres Creando.

Una mujer que lo admire y venere para que su ego se alimente con la mirada pasmada de ella, que "no entiende de esas cuestiones”.

 

 


   

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