Bajo la sombra del olivo

Confesiones íntimas de un columnista

Ilya Fortún
miércoles, 30 de octubre de 2013 · 20:58
El oficio de columnista en un país como el nuestro es una pega medio rara, apta solamente para individuos también algo extraños. Hago hincapié en lo de "nuestro país” porque, a diferencia de lo que ocurre en otras latitudes, en nuestro mercado periodístico los que nos enfrentamos cada semana al teclado y a la pantalla en blanco, lo hacemos como una actividad paralela a nuestros respectivos laburos.
La imagen del afamado escribidor que solamente se dedica a eso y que vive holgadamente de los ingresos que le generan sus columnas, no es para nosotros más que una estampa propia de las series y películas que vemos en la televisión, de la cual además dudamos, con la íntima sospecha de que algo así no existe en la realidad.
Quienes nos dedicamos sistemáticamente a esta peculiar chamba estamos obligados, cada cierto tiempo, a buscar las razones que justifiquen de alguna manera nuestra obstinación, y que nos expliquen por qué seguimos haciéndolo. Una cosa es escribir un artículo de vez en cuando, otra cosa es colaborar por temporadas de acuerdo con  los ímpetus y periodos de inspiración, y otra muy distinta es mantener una columna estable, independientemente de las circunstancias personales y las coyunturas públicas.
Lo último significa en los hechos enfrentarse todas las semanas a la necesidad ineludible de tener algo que decir, bajo la premisa de que ese algo debe ser mínimamente interesante, asumiendo que ésa es la línea de respeto con el lector, y con uno mismo. Y eso implica, a su vez, intentar mantener algo de frescura intelectual en la permanente batalla por no decir obviedades, por no repetirse, por no copiar ideas y posiciones ajenas y para decirlo además con estilo y belleza literaria, lo que no siempre es posible.
Lo que unos llamarían disciplina y constancia y otros absurda temeridad, conlleva también el recurso de tener que alternar tópicos y salirse del tema de nuestra especialidad (en mi caso la política), y por ende ser acusados eventualmente de ser un "todólogo” que se da el lujo de opinar de cosas que no domina: Son gajes del oficio en la ambigua vida del escribidor.
Sin que nadie nos obligue a hacerlo, exponemos públicamente nuestras posiciones políticas y nuestras convicciones ideológicas, dejando constancia escrita de nuestros aciertos y nuestros errores; aquello liquida automáticamente cualquier posibilidad de defensa de nuestra consistencia en el tiempo; si cualquiera se tomara la molestia de revisar lo que escribía hace cinco, hace diez o hace quince años, fácilmente podría comprobar mi fragilidad en la toma de ciertas posiciones, y, con algo de mala fe, denunciar incluso que soy un flan que se mueve al ritmo de sus intereses. La crónica de la realidad que hacemos todas las semanas  termina siendo el diario público de nuestras dudas y flaquezas, aunque siempre parezca que escribimos con la razón en la mano.
Y sin embargo insistimos todas las semanas, no sé si como respuesta a la pulsión del periodista, que siente la necesidad de explicar las cosas, o como simple y mundana satisfacción de nuestro ego, o peor aún, como oculto instrumento de reproducción de posibilidades laborales.
Pero debo confesar que, pese a todas las tribulaciones propias del oficio, la conexión que el columnista construye con el lector, que en el fondo, a fuerza de leerte te conoce tanto o más que el amigo o el familiar, no tiene precio y es el combustible esencial para seguir enfrentando cada semana la página en blanco.

Ilya Fortún es comunicador social.

La conexión que el columnista construye con el lector, que  a fuerza de leerte te conoce  más que el amigo o familiar, no tiene precio.

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