Urupesa urbana

¿Es posible “desinventar”?

Maggy Talavera
lunes, 07 de octubre de 2013 · 20:41
Este martes vengo con el corazón en los talones. Cómo no, si la realidad se empecina en advertirme que no es cierto que Bolivia está cambiando, que los bolivianos estamos cambiando. No hay cambios, no al menos cambios de fondo que nos permitan sentirnos que vamos bien. Y no estoy hablando de dinero, ni de palacios y edificios, sino de otros cambios que no se miden en billetes ni en ladrillos, sino en respiro, suspiro y vidas, y que no dependen de manera exclusiva de quienes nos gobiernan, aunque tengan ellos una gran cuota de responsabilidad en que esos cambios de fondo urgentes no se den.
No lo digo yo, lo dicen los hechos ya no de violencia, sino de crueldad que se repiten cada vez más en todos los rincones del país y que no hacen diferencias entre ricos y pobres. Puedo citar un caso por día registrado en la última semana de septiembre y eso, tomando en cuenta sólo los que "ganan” prensa: un joven de 23 años mató a puñaladas a su novia de 19 años; un adolescente de 16 años mata a su corteja de 14 años y luego se suicida; dos presuntos ladrones de 25 años son muertos a golpes en una comunidad de Entre Ríos; un asaltante mata de tres balazos a un estudiante de 19 años luego de robarle una tableta; un hombre mata con saña a un joven de 19 años, porque éste le raspó su moto. Y la lista sigue.
A esa crueldad callejera -insisto, ya no es violencia, como bien marca la diferencia José Saramago: "Cuando no te limitas a matar, sino que torturas…”- hay que sumar la otra crueldad, la que aplican los gobernantes de turno echando mano de los aparatos represivos del Estado (como lo visto en Chaparina, en La Calancha, en Porvenir, etc.), y también los eventuales administradores de Justicia al convertirse en inquisidores y/o extorsionadores de las víctimas que debieran defender. O también, cuando abusan del poder que detentan para salvar a torturadores y criminales de todo tipo, favoreciendo su impunidad, como en el caso de Jorge Clavijo, asesino de Hanalí Huaycho.
Nada de lo que no hubiéramos sido advertidos de manera clara y oportuna, digo ahora y rescato  del olvido la advertencia de la Fundación Tierra, entre otras, hecha hace 10 años, en febrero de 2003: "Todo hace prever que en el futuro habrá una exacerbación del uso de la violencia indiscriminada. La sociedad boliviana se ha acostumbrado a ‘contar muertos’ y que no pase nada. Esto es absolutamente inaceptable y requiere de una acción militante, agresiva, comprometida para detener este camino sin retorno que otras naciones han vivido (Perú con Sendero Luminoso) y viven (Colombia con el narcotráfico y las FARC).” ¿Acaso no es lo mismo que dice el reciente informe de UNIR?: "La violencia ha penetrado diferentes espacios territoriales e identidades culturales, económicas y políticas, y cada vez se afianza como parte de la cultura de los bolivianos que están comenzando a verla como algo cotidiano que, incluso, deja de percibirse.”
Una prueba más. Diga si el siguiente párrafo no refleja lo que ocurre hoy en Bolivia: "Se ha impuesto la violencia como práctica cotidiana en sus múltiples expresiones: bloqueos de caminos, ajusticiamientos populares de ladronzuelos, cogoteros de taxistas, enfrentamientos entre campesinos e indígenas sin tierra y latifundistas, represión policial y militar a las movilizaciones sociales, chicotazos y patadas en el parlamento, feroces linchamientos de policías y de agentes de Aduana...” Pues vea, ésto era lo narrado por Tierra hace 10 años en la Bolivia del Gobierno del MNR, ¡qué similar a lo que vemos hoy en el Gobierno del MAS!
Pienso, recordando otra vez a Saramago: "Si nada cambia es que algo no va bien”. Y Bolivia no va bien, por mucho que se empecinen en decir lo contrario, echando mano de cifras macroeconómicas u otras manipuladas, como las de las encuestas, o no claras, como las del censo 2012. No va bien porque nada cambia entre los que se turnan en el poder, pero también porque poco o nada ha cambiado en nuestro íntimo ser de bolivianos y bolivianas.
 
Maggy Talavera es periodista.
Directora de Semanario Uno,
Santa Cruz.

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