Desde la acera de enfrente

Sin cuerpo

María Galindo
martes, 8 de octubre de 2013 · 20:50
Afuera, en la puerta de la iglesia, tirita un cuerpo desnudo que tiene prohibida la entrada. Adentro, todos vestidos, recitan los versos que les prohíben sentir, pensar y conocer sus cuerpos. Pecado es masturbarse, pecado es desnudarse, pecado es el placer, sólo te cura el dolor. No te atrevas a pensar en el pene del monaguillo ni en cómo se vería desnudo el obispo, el cura no tiene pezones y si Jesucristo está desnudo en la cruz tiene un oportuno trapo que le cubre los innombrables genitales;  además, sí se lo puede exhibir y es un cuerpo legítimo, es porque es un cuerpo torturado y sangrante. Es el dolor del cuerpo lo que nos es permitido ver. Es la tortura del cuerpo lo que nos es permitido venerar. Lo que hay que condenar es el placer y la libertad.
Afuera, en la puerta del Palacio de Gobierno, tirita otro cuerpo desnudo no importa si de varón o de mujer. Expulsado de la política, el cuerpo no puede entrar a formar parte de nuestras vidas, allí tampoco. Ningún ministro tiene pene, ni pezones, ni barriga. Sus caras son repetitivas pero es lo único que podemos ver;  convertidas en una suerte de cartel parlante frenan toda posibilidad de pensar en sus cuerpos.  La política no debe tener cuerpo tampoco. Tiene que ser un escenario de negación del cuerpo, tiene que expulsar al cuerpo. El Estado también tiene que amplificar la vergüenza y el miedo; condenar el cuerpo desnudo y gozoso.
Y aunque es imposible pensar que ni los niños y las niñas  ni los jóvenes vivan sin  cuerpo, la escuela también se ocupa de que allí empecemos a negar el cuerpo. El uniforme escolar puede ser muy útil para eso y las clases de educación física son el escenario para instalar el virus de la vergüenza. Aprendemos del aparato reproductivo de la mujer después de haber estudiado el de la araña, y el cuerpo desnudo masculino será ultraprotegido y doblemente escondido.
Pero, en la trastienda de esta gran máquina de hipocresía se desarrolla una forma paralela de relacionamiento con el cuerpo: en la trastienda el cura viola al monaguillo y el ministro consume prostitución. En la trastienda, el policía considera la violación como sexo y toda forma de poder se exhibe comprándose una mujer. En la trastienda de esta gran máquina de hipocresía social, el cuerpo tampoco en realidad existe. Tampoco allí la piel es piel y tampoco hay espacio para el placer y el sentimiento. En la trastienda los cuerpos de las mujeres son objetos de consumo y toda forma de relacionamiento tiene como requisito la violencia, la violación, el dominio y la posesión.
Es legítimo el cuerpo cosificado de una mujer con tetas de plástico, poto de plástico y sonrisa de plástico; pero es inmoral el cuerpo desnudo de una mujer con estrías y barriga, con piel de verdad y tetas de verdad. El cuerpo del varón debe ser vaciado en metal insensibilizado, armado y protegido con escudos para que cada hombre aprenda a pensar con pantalones, pero no sin ellos; para que cada hombre asuma la idea absurda de que su cuerpo es un arma y que su vulnerabilidad no existe.
Sociedad sin cuerpo, política sin cuerpo, educación sin cuerpo, pensamiento sin cuerpo, dizque revolución sin cuerpo. Le tienen miedo al cuerpo, quieren negarlo y controlarlo; por eso penalizan el aborto, legitiman la violación y no quieren enseñar ni siquiera educación sexual.
Esta sociedad sin cuerpo se pregunta por qué un hombre borracho ha violado a una bebé hasta perforarle los genitales y la pregunta se le queda atravesada en la garganta como una piedra de saliva inmunda que no logra ni escupir  ni tragar.

María Galindo es miembro
 de Mujeres Creando.

Pero, en la trastienda de esta gran máquina de hipocresía se desarrolla una forma paralela de relacionamiento con el cuerpo.

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