Meridiano

Yvy Maraey: la condición boliviana como amistad

Fernando Molina
jueves, 31 de octubre de 2013 · 22:18
¿Ha ignorado el pensamiento boliviano (y, por tanto, el arte que se ha hecho en el país) a los indios? Todo lo contrario.
 De casi nadie más se ha escrito (pintado, fotografiado); en casi nadie más se ha pensado desde la fundación de Bolivia, que en esos "otros” con los que se convivía, los cuales probablemente también pensaron mucho en los kharas, karay, cawalleros que estaban a cargo del país, aunque este su pensamiento haya dejado pocos rastros -todavía hallables sin embargo en los bailes y las tradiciones-, por lo menos hasta que hace unas décadas pasó de las adivinables reacciones de estupor, pena y odio, a la reivindicación política y cultural que llamamos "indianismo”.
La intelección de los indios por parte de los blancos, en cambio, ha dejado una infinidad de testimonios: desde las leyes que pretendían liberarlos, junto con las que los sojuzgaban todavía más, hasta las interpretaciones contradictorias de aquellos como estampas de la penuria (René Moreno) o como símbolos de la reciedumbre (Tamayo), pasando por las inúmeras disquisiciones sobre su razón de ser, su probable integración al conjunto de la población, su condición de portadores activos o pacientes de la nacionalidad, y de sujetos activos o pacientes de la venidera revolución.
A lo largo de la historia, los blancos han visto a los indios como lastres y sirvientes, músculos del organismo nacional, o como salvadores, héroes y campeones del futuro del país. En ellos han encontrado al hombre bestial, así como al buen salvaje capaz de enseñar a sus barbados explotadores los valores verdaderos, es decir, cómo "vivir bien”.
El arte nacional ha expresado esta polaridad y entonces ha sido racista (La niña de sus ojos), así fuera por la "vía suave” del paternalismo (Raza de bronce, La Chaskañawi), o en cambio ha sido mitificador (Cristo aymara), y pese a eso también paternalista (Yawar Mallku).
Tampoco ha faltado en esta historia la pretensión de otorgarle derechos al indio imponiendo que éste deje de serlo para convertirse en una entidad jurídica abstracta (ya no indio, entonces, sino ciudadano). A despecho de las buenas intenciones que se hallan detrás de esta aspiración, la misma resulta, amén de opresiva, contradictoria, ya que uno de los derechos del ciudadano debe ser el derecho a una identidad propia.
En suma, los blancos han retratado, diagnosticado y proyectado al indio de mil maneras, pero casi siempre como si sus opiniones tuvieran un carácter universal y, en esa medida, obligaran a todos. Por eso los indios no pueden alterar lo que los blancos dicen de ellos, lo que por ejemplo la antropóloga Silvia Rivera dice de ellos y de sus necesidades, pues al hacerlo sólo probarían que son "malos” indios, esto es, indios desclasados por la influencia pervertidora del mestizaje.
Una vez más: los blancos han retratado, diagnosticado y proyectado al indio de mil maneras, pero casi siempre cayendo en el euro-centrismo, el indio-centrismo o el mixo-centrismo, esto es, postulando la superioridad de una cultura sobre las demás.
Mucho menos frecuentes han sido los intentos de hacer pensamiento y arte genuinamente multicultural, pese a lo mucho que este concepto se emplea y discute entre nosotros. Los intentos, por ejemplo, que pretendan pensar y mirar lo indígena a partir de lo no indígena (para lo que hace falta reconocer esta identidad como "interlocutora válida”).
Para el multiculturalismo, quien piensa y mira al otro puede tratar de entender, incluso puede entender, pero lo que en cambio no puede es ser preceptivo. La identidad es un asunto de cada quien; la tarea del Estado no es imponer una "identidad oficial” (como el Estado boliviano hacía con la mestiza en los años previos a la reforma constitucional de 1997), sino asegurar a todos el derecho equitativo a elegir la que ellos quieran.
Me parece que la última película de Juan Carlos Valdivia, Yvy Maraey. La tierra sin mal, ha sido realizada con una genuina actitud multicultural. Valdivia continúa su exploración de la, por llamarla así, "identidad jailona” (absorbente en su anterior película, Zona Sur), esta vez mediante su enfrentamiento (vicario, a través de un personaje que lo sustituye; pero al mismo tiempo directo, ya que este personaje es representado por él mismo) con dos pueblos indígenas: el guaraní, por tanto tiempo sometido a semi-esclavitud y ahora casi liberado, y el aún más minoritario y abandonado pueblo ayoreo, ambos en proceso de modernización y, por tanto, de transformación en algunas de las múltiples variedades de lo mestizo.
Esta transformación puede verse como inevitable y al mismo tiempo como la pérdida de algo que no será posible remplazar, como hace el director Valdivia con rara sensibilidad. Justo en este contrapunto entre el realismo y el deseo de modernidad, por un lado, y la ilusión de conservación del pasado, por el otro, es que surge lo que la película representa como una "amistad”: el enlace definitorio de lo boliviano: amigos, pese a todo, y primero que nada en la perplejidad sobre nuestra complejísima condición común.   
Pese a las deficiencias narrativas (las infaltables "faltas de guión” de nuestro cine), que traban o vuelven innecesariamente redundante el curso del relato, Yvy Maraey, poética, bellamente filmada, es un aporte original e importante al debate que los bolivianos nunca hemos dejado ni dejaremos de hacer, porque en él nos jugamos la vida.
 
Fernando Molina es periodista

 y escritor.

Me parece que la última película de Juan Carlos Valdivia, Yvy Maraey. La tierra sin mal, fue realizada con una genuina actitud multicultural.

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