Serotonina

Poder, locura y autocontrol

Iván Arias Durán
domingo, 10 de noviembre de 2013 · 20:00
  En Bolivia la enajenación mental y el poder político han tenido una larga y tormentosa relación, aunque nunca estudiada ni aceptada. Nuestra historia está signada por lo que se llamó caudillos bárbaros, dictadores o populistas. Nunca aceptamos que la locura haya sido presa de varios de nuestros mandamases, quizá como una forma de autoprotección ante un mal que, creo, todos  padecemos.
Wole Soyinka (1934) -dramaturgo, novelista, poeta y ensayista- fue el primer negroafricano que recibió el Premio Nobel de Literatura, en 1986. Lo llaman El Mandela Nigeriano, escribió una docena de novelas en las que  siempre criticó a los políticos de su país. Este hombre  vive en Nigeria, cuya población  es una de las más pobres del mundo pese a la enorme riqueza petrolera y que afronta problemas como el odio religioso, los muy deficientes servicios sociales, sanitarios e infraestructuras y una tasa de criminalidad disparada. En su libro de memorias Debes emprender el camino al amanecer(2013) intenta explicar cómo una de las potencias petrolíferas del mundo puede ser a la vez líder en pobreza y carencias. "Hemos encadenado un gobierno militar tras otro. El petróleo nos ha hecho perder nuestro sistema productivo: las pequeñas industrias, como la agricultura, han sido abandonadas… El petróleo lo ha barrido todo, convirtiéndose en el centro de nuestro sistema económico. Y, como es un monopolio del gobierno, nuestro Gobierno es el más rico del mundo. Pero la riqueza no traspasa el reducido círculo gubernamental al que acceden algunos ciudadanos y empresas internacionales. La gente ha perdido la costumbre de producir los medios para su existencia: parece que pudiéramos vivir todos del petróleo, petróleo y nada más. ¡Es como si pudiéramos bebérnoslo” (Ayen, 2013).
En una conferencia, Soyinka  dijo que  "la mitad de los gobernantes del mundo debería estar en una residencia de locos. El poder es una forma de locura” e invitó a que todos reflexionemos sobre ello, porque los locos los ponemos nosotros. Los líderes actuales no han dedicado el tiempo a identificar sus mayores defectos ni a luchar contra ellos. David Brooks, analista del New York Times, señala que  "de algún modo, un líder que haya sido consciente de sus propios fallos no estaría tan encantado de conocerse a sí mismo. No compartiría el fervor de sus admiradores más ardientes y comprendería algunas razones de sus enemigos. Sabría de su verdadera importancia ante la marcha de los acontecimientos. El poder no le haría más corrupto, sino más grave y más sabio”.
En Locura de primer orden, Nassir Ghaemi -psiquiatra en Harvard- plantea que si bien el poder y la depresión pueden llevar al suicidio, a la desesperación y a arruinar la propia vida, también pueden venir con fuerzas particulares, que incluyen la creatividad, el realismo, la empatía y la resistencia. Cuajado de ejemplos, el libro de Ghaemi relata el caso de Winston Churchill, el que a su célebre médico, el doctor Lord Moran, le confesó su primer episodio depresivo, hacia 1910, cuando era ministro del Interior: "Durante dos o tres años, la luz se fue. Hacía mi trabajo. Iba a los Comunes, pero la depresión más negra estaba dentro de mí”. También le confesó sus tentaciones de quitarse la vida: "no me gusta dormir junto a un precipicio así de alto. No tengo ningún deseo de dejar este mundo, pero me entran pensamientos, pensamientos de desesperación”.
Churchill, sin embargo, fue el primer británico en darse cuenta del peligro que suponía Hitler, cuando hasta el duque de Windsor -Eduardo VIII- admiraba abiertamente al dictador alemán, la clase alta inglesa hacía lo mismo y Neville Chamberlain recibía el aplauso de las masas como hombre de paz por unos intentos de apaciguamiento que casi llegaron a la súplica llorosa.
El historiador Michael Burleigh comenta que tal vez se necesita  tener algo diabólico dentro para reconocer tan prontamente al diabólico régimen nacional-socialista. En 1940, cuando todas las apuestas estaban en contra de Gran Bretaña, un líder de juicio sobrio, bien podría haber concluido que no había esperanza alguna. ¿Cómo le ayudó a Churchill la guerra contra sus demonios interiores? Burleigh concluye así: "Sólo un hombre que hubiera conocido la desesperación y le hubiera hecho frente podía mostrarse seguro de sí mismo. Sólo un hombre capaz de entrever un rayo de esperanza en una situación desesperada (…) podía haber dado realidad a las palabras de amenaza que sostuvieron a los británicos en el verano de 1940. Si Churchill era este tipo de hombre era porque, a lo largo de su vida, él mismo había tenido que luchar contra su propia desesperación y por eso podía hacer creer a otros que la desesperación puede ser vencida”.
 
Iván Arias Durán es ciudadano
 de la República Plurinacional
de Bolivia.

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