Continuidades y rupturas

Electorado, ni mudo ni sordo

María Teresa Zegada
miércoles, 13 de noviembre de 2013 · 20:37
En un momento de temprana electoralización del proceso hay algunas cuestiones medianamente claras para la población, pero otras, en realidad, las más, constituyen zonas bastante inciertas y grises.
Se tiene claridad sobre la voluntad explícita y contundente del partido gobernante de concurrir a la reelección y de salir victorioso. En ese sentido, ha desplegado una serie de certezas a través de sus militantes, autoridades y    políticas públicas que tienden a la reafirmación y continuismo, así como a la descalificación permanente de cuanto opositor o disidente se ponga al frente.  
Los claroscuros  están, en realidad, en  la o en las oposiciones que se encuentran en constante movimiento, y no terminan de definir sus alianzas, candidaturas, binomios y posiciones ideológicas. El único elemento visiblemente claro hasta hoy para los electores es que la oposición rechaza  al Gobierno actual y  su probable continuismo.
Es  verdad que es temprano para pedir definiciones, pero también es cierto que estos movimientos constantes y, sobre todo los aciertos y desaciertos de los políticos, son minuciosamente seguidos por los medios de comunicación, que ponen en evidencia las ambigüedades, devaneos y pulsetas por el poder, uniones y desuniones, especulaciones, alianzas inesperadas  y hasta chismes de cocina -o de café-,  ante una opinión pública expectante respecto de la oposición, que se divide entre quienes  critican  a la oposición y confirman  los juicios sobre su incapacidad y anacronicidad, entre quienes manifiestan su ansiedad por la falta de señales de "unidad” para enfrentar al enemigo común, y quienes simplemente observan desde la ventana que la tempestad y la agitación pasen  y se aclare el panorama.
Hay otras certezas que  no son tan evidentes, por ejemplo que las fronteras discursivas están establecidas por el actual proceso "de cambio” para la próxima elección,  y que, por ahora, están ocupadas centralmente por el partido de gobierno y fuertemente sostenidas con las políticas públicas  y sus resultados inmediatos, traducidos en indicadores de mejoramiento de ingresos y de calidad de vida,  que son claramente percibidos por la población.
La gente revela, en diversas encuestas de opinión, que sus condiciones de vida han mejorado, también lo dicen los datos sobre el desempeño económico del país en los últimos años, pero parecería no importar  -para efectos electorales-  de dónde provienen esos recursos, cómo se administran o cuán sostenibles son.
Otro elemento insoslayable es la inclusión social, representada por la  imagen del "presidente indígena” y el entorno simbólico en el poder, y ella es percibida de manera positiva por los sectores de una sociedad históricamente excluida.  
Tampoco se puede dejar de ver los múltiples pactos sellados por el Gobierno con sectores sociales, que ahora le rinden su plena  lealtad e incondicionalidad, como es el caso de los cooperativistas mineros, comerciantes, transportistas u otros de la burguesía emergente; además, por supuesto, de su base social de origen campesino y cocalero.
En lo  demás abundan los espacios grises.
El electorado necesita señales concretas, no sólo del  Gobierno, sino también de los opositores, que, a pesar del despliegue de movimientos y apariciones con o sin motivo, no logran interpelar al electorado.

María Teresa Zegada es socióloga.

El único  elemento visiblemente claro hasta hoy para los electores es que la oposición rechaza  al Gobierno y  su probable continuismo.

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