A 75 años de la Kristallnacht (la noche de los cristales rotos)

viernes, 15 de noviembre de 2013 · 22:45
Días atrás, el conocido relacionista público ecuatoriano Jaime Durán Barba se declaró simpatizante de Adolf Hitler y de Joseph Stalin en una entrevista con la revista Noticias: "Hitler era un tipo espectacular” dijo, y Stalin "tenía una finura impresionante”.
Poco antes, Silvio Berlusconi aseguró que su familia era perseguida judicialmente en Italia "como las familias judías bajo el régimen de Hitler”. Esta misma semana, una asociación de granjeros italiana creó el  Premio Hitler  a ser otorgado irónicamente a activistas por los derechos de los animales.
También esta semana, un encuentro interreligioso en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires se vio interrumpido durante cuarenta minutos, cuando un grupo de católicos ultratradicionalistas de la Hermandad Sacerdotal San Pío X comenzó a entonar el Avemaría para frustrar la reunión.
El último julio, el bar Soldatenkaffe fue finalmente clausurado en Indonesia por estar ambientado con temática nazi: las paredes estaban decoradas con esvásticas y las meseras vestían uniformes de las SS; aun así, permaneció abierto por más de dos años. Durante un pasado partido de  fútbol entre Hungría e Israel, hinchas húngaros dieron la espalda cuando sonó el himno nacional israelí Hatikva y elevaron carteles que decían "judíos apestosos” y "Heil Benito Mussolini”.
Forzosamente debemos preguntarnos cuál es el estado de nuestra salud moral como sociedad universal a 75 años de la Noche de los Cristales Rotos. Fue esa noche, entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, cuando los nazis lanzaron un pogromo contra las juderías de Austria y Alemania, destrozaron los negocios y las propiedades de los judíos, quemaron sus sinagogas, asesinaron a 91 y deportaron a alrededor de 30.000.
La orgía de devastación fue un presagio del genocidio por venir en el cual seis millones de judíos fueron industrialmente aniquilados en menos de seis años, entre 1939 y 1945. Durante la Segunda Guerra Mundial más de 50 millones de personas murieron dentro y fuera del campo de batalla.
 Pero para que los judíos europeos pudiesen ser llevados a Auschwitz, Dachau y otros campos de la muerte, previamente debieron ser obliterados ante la opinión pública alemana y europea.
Sólo una vez que éstos habían sido deshumanizados en las cátedras universitarias, en los artículos de prensa, en las manifestaciones públicas y en las películas de propaganda, pudieron ser finalmente masacrados en los campos de concentración. Auschwitz fue el final de un largo camino iniciado con la retórica fanática.
 Es por eso que el poder de la palabra decanta como una de las lecciones más fundamentales de este episodio atroz. Para que el discurso nazi prendiese en Alemania y Europa debió darse una comunicación entre dos actores: el emisor y el receptor. El mensaje del primero no hubiera calado si no hubiera tenido un recipiente sobre el cual verter su extremismo. Siglos de prédica antijudía habían allanado el camino para la destrucción de la judería europea.
 La propaganda fascista atacó a espectros más que a seres reales. Persiguió imágenes más que personas. La culpa ficticia, sin embargo y como un filósofo ha notado, dio lugar a un castigo hiperreal.
 Premonitoriamente, Sigmund Freud escribió en la década de loa años 20 sobre la psicología de las masas unas reflexiones que cimentaron observaciones de futuros pensadores sobre la dinámica que se dio durante el Holocausto. Entonces hubo un delirio colectivo encarnado en la relación entre un padre terrible y las masas. Hitler rehuyó del rol de padre amoroso y lo remplazó por el del padre autoritario. El amor quedó reservado sólo para Alemania. El führer hizo de figura de padre temido por una masa con sed de obediencia y que se supeditó al mandato colectivo.
 El führer era histérico y paranoico, pero fue un hábil comunicador de sus ideas. Como ha observado Theodor Adorno, en un sentido fue un maestro en el uso de su propia neurosis con finalidades perversas: vendió sus defectos psicológicos magistralmente.
Se entabló una relación de placer entre el líder nazi y sus seguidores en la que éstos esperaban gratificaciones al someterse a su liderazgo. Conforme Adorno ha indicado, Hitler no atrajo a pesar de su extremismo, sino precisamente por ser un extremista. Curiosamente el lema nazi era "Despierta Alemania” cuando buscaba todo lo contrario: mantenerla embobada en sueños de grandeza nacional en la búsqueda fantástica de chivos expiatorios.
 Un eminente historiador israelí ha dicho que el Holocausto existió porque pudo existir y que lo que pasó una vez puede suceder de nuevo. Es por eso que aprender sus lecciones y comprometernos enteramente al Nunca Más es nuestra obligación permanente.

Julián Schvindlerman es escritor y analista político

Valorar noticia

Comentarios

Otras Noticias