Editorial

Muerte civil para una mujer

sábado, 16 de noviembre de 2013 · 19:57

Lo sucedido con la presentadora de televisión y el entrenador de un gimnasio en La Paz (en realidad lo acontecido con las imágenes privadas de ellos que recorrieron  las redes sociales y fueron la comidilla de moros y cristianos en el país) es la muestra de cuán lejos estamos como sociedad del respeto del otro, especialmente de la otra, de la mujer.
Lo sucedido entre ella y él, algo estrictamente privado, fue convertido -primero- en instrumento de poder y extorsión por el entrenador, Óscar Medinacelli, quién sabe si con el objeto de lucrar con ello o simplemente por un ego masculino sobredimensionado; luego, hecho público el asunto, fue convertido en (eficiente) arma contundente, que cumplió cabalmente con el propósito de rematar a la víctima.
Si bien  es harto conocido y comprobado el (a veces funesto) poder de las redes sociales, este lamentable caso va más allá. Demuestra cómo estos medios o recursos pueden ser usados para sacar a la luz los prejuicios y atavismos de una sociedad entera y para apreciar cómo estos argumentos pueden literalmente acabar con la vida y la dignidad de una persona.
Aunque el sistema judicial reaccionó pronta y oportunamente en esta historia y determinó el arresto y posterior detención domiciliaria del extorsionador, las consecuencias trascienden el accionar de la justicia; es más, hacen que el castigo al delincuente quede como un asunto menor. Y es que las sanciones legales fueron superadas en contundencia por la censura social y el linchamiento mediático al que estuvo expuesta la víctima. No fue suficiente con sus palabras (las de la presentadora Belmonte), nadie se satisfizo con la evidencia de que había sido sometida a un chantaje, nadie pensó en su carrera profesional, en su familia, en sus hijos y en su integridad como ser humano.
En un país donde se perdona a corruptos, a tránsfugas y otros, se constató que no hay perdón para la mujer, así sea  violentada y abusada. Contamos con un marco legal envidiable, que garantiza el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia (sexual, física o psicológica), pero por lo visto estamos lejos no sólo de una armazón institucional que la aplique como corresponde, sino de un imaginario colectivo que se la apropie.
Resulta curioso, entonces, que condenemos la barbarie de países que por fundamentalismos religiosos sancionan a las mujeres "adúlteras” a ser apedreadas hasta la muerte. Alentamos con entusiasmo y sin pudor la muerte mediática de las personas, sin el mínimo sentido de responsabilidad, haciendo gala de una vergonzosa doble moral y una intolerancia que, además, tiene un claro tinte machista y patriarcal: a Medinacelli solamente lo juzgó la justicia y aunque por algún tiempo no sea muy apetecido como entrenador personal, lo más probable es que en cuanto pase la tempestad, circule por las calles orgulloso de su condición de hombre; en tanto que la afectada  seguirá pagando las facturas de "su error” ante sus hijos, su familia y todo quien se siente con la autoridad para expresar su opinión o su odio, por los siglos de los siglos.
De hecho, nuestro país no es el único que condena tan drásticamente a las mujeres que rompen los esquemas de la moral y las buenas costumbres; casos como éstos se dan a diario en todo el mundo y casi todos tienen un final lamentable (para la mujer). Es más, en Bolivia se han presentado otros ejemplos, pero quizá éste -por la notoriedad de la persona involucrada- amerite algo más que epítetos y morbo: debe servir para revisar nuestros prejuicios y sobre todo la ligereza con que los sacamos a la luz como una verdad indiscutible. Como lo dijo un columnista de Página Siete en estos días, tal vez convenga preguntarse -en lo privado, claro-, cómo quisiéramos que reaccione nuestro entorno si fuéramos víctimas de una situación parecida (bastante frecuente por cierto en el plano de la intimidad de las relaciones de pareja). Ponerse en el lugar del otro es -si los principios humanistas y democráticos no son suficientes- de una utilidad pedagógica indiscutible.

 Lo sucedido en estos días es la muestra de cuán lejos estamos como sociedad del respeto del otro, especialmente de la otra, de la mujer.

En un país donde se perdona a corruptos, a tránsfugas y otros, se constató que no hay perdón para la mujer, así sea  violentada y abusada.

 

 

 


   

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