Cartuchos de harina

Un estado de excepción: sanchos dirigidos por quijotes

Gonzalo Mendieta Romero
viernes, 1 de noviembre de 2013 · 20:50
En un país de abogados como éste hay reglas que hay para todo, pero unidas siempre a excepciones, formales o informales. Pongo un ejemplo: el derecho constitucional de "circulación en todo el territorio boliviano” (aprobado por como dos tercios de votos, como repiten los gobernantes). Dénse una vuelta en la noche por las calles aledañas a la residencia presidencial, en la zona de San Jorge de La Paz, y prueben circular libremente en esa diminuta área del territorio. Incluso lleven su Constitución, y me cuentan. Ése es un caso en que la regla va junto a una excepción que todos aceptamos. El Estado impone allí la excepción, no la regla. Y eso que no me meto con el manido tema de los bloqueos.
No es pues una novedad: no vivimos en un país de reglas y punto. Vivimos en la patria del sinfín de reglas con un montón de excepciones. El país me recuerda, en eso, a la despechada amante de George Smiley -el agente de la Guerra Fría de John Le Carré-, a quien le decía: "No quiero ser parte de tus esquemas. Los esquemas sólo sirven para romperse”.
Las reglas de las que hablo no son sólo leyes, sino lo que esperamos que ocurra dentro de cierta "normalidad”, aquélla que sólo prevemos bien -hasta por ahí nomás- los bolivianos. No importa si esa "normalidad” va divorciada de lo que prometen los textos legales, escolares o políticos.
Una regla informal de esa "normalidad” señala que la justicia nacional no funciona, pero tampoco mata (no hay pena de muerte, dizque). Otra regla indica que la injusticia boliviana tiene límites humanitarios. Obviamente, al referir esas reglas hay que esperar sus excepciones. En la práctica, los reos de Palmasola no sabían bien la primera regla: mataron a sus semejantes, sin que luego pasara nada (y ésta es otra regla: no hay delito que origine castigos graves, ni enormes consecuencias, aunque a veces las haya).  
La regla de que la injusticia boliviana tiene límites humanitarios goza también de excepciones. A manera de ilustración, ninguno de los más de 75 juicios que sufrió Bakovic estaba diseñado para encarcelarlo en serio. Eran sólo para "atormentarlo nomás” porque -recuerden la regla- la justicia no funciona. Es una triste excepción que Bakovic se muriera en el camino, sin que nada pasara (como dice la regla).
Aquí las excepciones tienen también excepciones. Extrañamente, la justicia funcionó y García Meza está preso, aunque con la peculiaridad de que pasa gran parte de su condena no en la cárcel, sino en un hospital.
Otra regla no escrita dice que nuestra economía es capitalista, de libre competencia. Todo se vende al mejor postor: la coca,  los autos y los periódicos. La economía de primacía del capital -público en su mayoría- viene, empero, seguida de una excepción. No la dirige un gobierno conservador, liberal o socialdemócrata, sino uno que se reclama socialista-comunitario. Esa rareza tiene a su vez otra singularidad, que desmiente cualquier regla predecible: las principales huestes del Gobierno no son socialistas ni comunitarias. Los cocaleros del Chapare son más bien amigos de la libertad de vender, y mejor con el poder, que sin él.
En materia de moral pública, la regla es que los quijotes desprecien a los sanchos pero no que los fomenten. Un quijote es quien "antepone sus ideales a su conveniencia y obra sin interés, en defensa de causas que considera justas, incluso sin conseguirlo.
Nuestros gobernantes se precian de ser quijotes desafiando a los poderes terrenales (la CIA, la DEA, los chilenos, etcétera). No obstante, les molesta que los ciudadanos -ni qué decir si los opositores lo intentan- se hagan los quijotes y acusen, por ejemplo, las injusticias oficiales. Los quijotes del Estado andan radiantes, en cambio, si los ciudadanos se limitan a ser sanchos satisfechos, por conveniencia.
Hoy me acordé del Quijote, ya ven, porque cada vez es más excepcional ver uno en la calle. Es que todos andamos convencidos de que es mejor seguir la muy segura regla de ser dóciles sanchos, dirigidos por nobles quijotes.



Gonzalo Mendieta Romero

 es abogado.

ElEstado impone allí la excepción, no la regla. Y eso que no me meto con el manido tema de los
bloqueos.

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