Desde la acera de enfrente

La adúltera

María Galindo
martes, 19 de noviembre de 2013 · 22:02
¿Igualdad de derechos? ¿Equidad de género?... ¡No me hagan reír!
En Bolivia nos rasgamos las vestiduras cuando llegan noticias sobre la forma cómo una mujer, acusada de adulterio, es apedreada hasta morir en Afganistán, cuando acá se practica lo mismo, con crueldad y la consciencia de castigar a esa mujer para que ninguna otra se atreva a hacer lo mismo.
 No me interesa la comparación entre el tratamiento social al mujeriego respecto de la adúltera; lo que me interesa es explorar qué es lo que la sociedad condena en ella.
La adúltera es una mujer muy especial, pero eso no quiere decir que sea poco frecuente. Ella es una mujer que se ha atrevido a romper  dos mandatos: la obediencia y la sumisión.
El mandato más explícito es el de conocer y estar con un solo hombre en su vida, y ella ha roto esa exclusividad masculina y se ha atrevido a explorar la relación de afecto y de placer con otros hombres, aparte de su marido.
La adúltera no se siente propiedad del marido y no se queda en la casa llorando por su amor. Y si eso no es ya suficientemente fuerte, ella se ha atrevido a romper un segundo mandato menos explícito: el de hacer pensar y sentir a un hombre que es único e insustituible.
Para la adúltera, los hombres son incontables, no son únicos y si con uno no le va bien, hay mucho por explorar más allá de Juan, Carlos o Pedro, y es eso lo que más se le censura.
 Mientras que hay muchas mujeres dispuestas a rogar y llorar a los pies de un hombre por su cariño, la adúltera no lo hace; ella, frente a un desprecio de su pareja, frente a una insatisfacción con su pareja, frente a la infidelidad de su pareja, no se deja romper el corazón, sino que sale a buscar remedio en otro cuerpo.
Se la acusa por eso rápidamente de puta, pero la adúltera no es una puta. Mientras la puta da placer y pasa por una humillación; la adúltera recoge placer. Lo hace clandestinamente y nadie tiene por qué mirar su vida por el agujero de la puerta.
Es eso lo que el mundo le señala, y por eso una cultura, una religión o una sociedad entera son capaces de matar a una adúltera para que no contagie al conjunto de mujeres lo que sabe, para que tape con lágrimas y humillación su preocupante libertad.
Es una mujer que se adorna, que se mira al espejo, se sabe seductora. No necesita, ni se viste, ni  desviste, ni existe para un solo hombre en el mundo. Coquetea consigo misma, sabe seducir por que, además, gusta de sí misma.
Ha logrado romper con el hecho de que el marido es el intermediario de su relación con el mundo, por eso tiene muchísimas relaciones.  Negocia ella misma su trabajo, la llaman de muchos sitios y no necesita tampoco del marido para relacionarse con el mundo masculino. No se presenta como la mujer "de”, se presenta en primera persona, vaporosa y recién salida de una nube de placer.
La adúltera ha logrado un grado mayor de libertad que aquella que no se ha atrevido a devolver infidelidad con infidelidad; la adúltera ha logrado un grado mayor de libertad al darse cuenta de que ni el placer, ni la vida dependen de un solo hombre en su vida.
La adúltera lleva escrito en la espalda que no es propiedad de nadie. Se convierte en un panal de miel alrededor del cual todos los hombres quieren probar su miel. Y es ahí donde su condición de adúltera se convierte en una pesadilla, porque todos se sienten en el derecho de exigirle una aventura y muchos se obsesionan por tenerla en la cama.
La idea de que ha sido de otros le resulta una provocación ineludible al macho de turno, por eso quiere acosarla hasta doblegarla. Aunque sea violarla, aunque sea chantajearla, lo importante para el macho es conseguir que la adúltera pierda la libertad sobre su cuerpo y sus decisiones.
La obsesión del macho es denigrar a la adúltera, para que se avergüence de su libertad, de su cuerpo y de todos y cada uno de sus atractivos, hasta que llegue a odiarse a sí misma, tanto como todos los hombres  que la odian, tanto como todas las mujeres que la envidian.
Ella sabe que vive un calvario, una injusticia y, aunque dubita,  desde el fondo de sus ojos cafés, allí donde el café se vuelve negro, desde ese fondo de su alma nos dice a todas las mujeres: ¡no me juzguen! No se queden en sus casas llorando por un marido, no se resignen ante una infidelidad y  déjense abrazar por la poesía de una noche de aventura.

María Galindo es miembro

de Mujeres Creando

La adúltera es   una mujer muy especial, pero eso no quiere decir que sea poco frecuente. Se atrevió a romper dos mandatos: la obediencia y la sumisión.

Confidencial

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