Otras palabras

La banalidad del mal virtual

Fernanda Wanderley
miércoles, 20 de noviembre de 2013 · 20:59
Las nuevas tecnologías de comunicación son armas poderosas para el bien y para el mal. Asistimos perplejos a ver cómo nuestra vida familiar, relaciones sociales y de trabajo son transformadas por las posibilidades ilimitadas de la circulación de ideas, imágines, chistes y experiencias a través de las redes virtuales.
En un estado de vértigo, enfrentamos los nuevos tiempos y buscamos adaptarnos a los teléfonos inteligentes y tablets, que ya son continuaciones de los cuerpos de nuestros hijos e hijas. En esta vorágine de novedades, no es sencillo discernir las oportunidades de los abismos o los vicios de las virtudes de la revolución tecnológica.
 Es cierto que los nuevos canales de comunicación tienen el potencial de democratizar el acceso a la educación, de ampliar la expresión y participación política, de descentralizar el ejercicio del poder, de diseminar ideas, prácticas y conocimientos, y de fomentar solidaridades y encuentros más allá de la barrera espacial; sin embargo, estos recursos tienen también un enorme potencial negativo.
Si antes teníamos libertad para vivir con la seguridad de que "todo lo que es sólido se desvanece en el aire”, hoy estamos acosados por el miedo de que alguien nos esté filmando o gravando.
Momentos, experiencias y palabras espontáneas, destinadas a perderse en el tiempo y el espacio, ahora pueden inmortalizarse en espectáculos mediáticos.
Vivimos la pesadilla del "Gran hermano”, personaje que controla la vida de todos en la novela de George Orwell. El valor y el derecho a la privacidad se relativizan y son más fácilmente vulnerados.
El peligro no viene sólo de la centralización del poder en partidos únicos y regímenes autoritarios, sino también de nuestro vecino, que sólo con un clic en su aparato  electrónico portátil puede vulnerar nuestra vida privada.
Estamos inmersos en la cultura de los reality shows, en que la diversión consiste en asistir a peleas y chismes entre familiares, entre compañeros de trabajo o entre mamás en competencias de baile o de belleza de sus hijas.
La exposición continua a estos espectáculos, que exaltan lo más vil, frívolo y sórdido de nuestra humanidad, tiene consecuencias muy profundas, principalmente en los niños, niñas, adolescentes y jóvenes.
Estudios muestran que la acumulación de estos mensajes van solidificando, como capas geológicas, valores, hábitos, sentidos de vida, identidades y estéticas que banalizan los actos de excluir, estigmatizar, menospreciar y, en su extremo, aniquilar al otro (psicológica, social o físicamente).
La constatación de que el holocausto fue perpetrado por mentes criminales, como Hitler, pero también por individuos sin posibilidades reflexivas y, por lo tanto, sin capacidad de dimensionar sus actos y responsabilizarse por ellos, llevó a la filósofa Hannah Arendt a escribir el libro sobre la banalidad del mal. Al final cualquier individuo puede convertirse en perpetrador y cómplice de actos crueles cuando deja de ejercer su capacidad crítica.   
En tiempos virtuales, el hecho de que un mensaje pueda volverse viral en cuestión de minutos hace que el mal o daño a una persona o una familia gane proporciones espaciales inauditas, además de quedar al alcance de cualquier persona. Basta un individuo -enfermo, maleante o simplemente inmaduro- para propagar el mal a nivel global.
 Estas nuevas facetas de la banalidad del mal nos acechan en la actualidad, germinando desconfianzas, insuflando temores e inhibiendo libertades.
¿Cómo lidiar con estas nuevas tecnologías de información?, ¿cómo no compactar con el mal y promover el bien?, ¿cómo orientar a nuestros hijos e hijas en el uso ético, virtuoso y sano de estos nuevos recursos?, ¿cómo protegerlos de la banalidad del mal? Son preguntas que me hago todos los días.

FernandaWanderley es
socióloga e investigadora.

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