Los excesos en la Anapol y las FFAA

Editorial
viernes, 22 de noviembre de 2013 · 20:59
El verticalismo, que es parte de la esencia filosófica de la formación militar (y por extensión la policíaca), puede ser bien o mal entendida. Es bien entendida -en el contexto de la formación y disciplina militar- cuando se expresa en la obediencia y subordinación, que son considerados principios en estos contextos; cuando se rige por la rigurosidad en el cumplimiento y respeto a las leyes, símbolos patrios y otros.
Pero puede ser malentendida e incluso peligrosamente usada cuando se la asume como un espacio (o excusa) para dar rienda suelta a los instintos violentos, a la arbitrariedad, a los atavismos discriminatorios y racistas, y a cualquier expresión de abuso e intolerancia. Autoridad, por tanto, no es sinónimo de autoritarismo.
Sin embargo, no parecen haberlo entendido así en la práctica gran parte de los integrantes tanto de las instituciones policiales como de las militares. Por el contrario, todo indica que se forman -superando el abuso de sus superiores-con la íntima esperanza de ver llegar el día en que puedan reproducir los abusos que soportaron.
Obviamente no todos, pero parece que muchos de los uniformados de ambas instituciones no llegan a los centros de formación para infundir su militancia patriótica y su respeto por la legalidad y la no violencia, sino lo opuesto: para tener la oportunidad de ejercer (o devolver con la misma moneda) el poder que los sometió y que ahora detentan.
Los recientes 28 casos de uniformados (estudiantes u oficiales) que han muerto en los últimos tres  años en recintos policiales y militares es, como dijo un columnista de Página Siete, "lamentable récord histórico”. Son muertes que se producen (en la mayoría de los casos) por excesos, tratos degradantes, torturas y otros castigos físicos ocasionados por oficiales de mayor graduación que "responden a una psicología y mentalidad enfermas”.
Otras muertes se dan por el abuso: cuando los oficiales de grado superior optan por usar a sus subordinados como obreros, incluso como esclavos, para fines estrictamente particulares.
Estos días hemos sido testigos de dos de estos extremos: en el primero, una cadete de la Policía fue sometida a ejercicios excesivos (y se sospecha que también a tortura) hasta la muerte. Los testimonios apuntan a que el oficial que realizó este abuso vertía contra ella (y otras tres cadetes) epítetos discriminatorios y racistas.
 "Estaban castigadas por mal comportamiento en el comedor y las obligaron a trotar siete vueltas al patio; algunas se atrasaron y las golpearon a bastonazos”, sostuvo un testigo. Lo cierto es que todas las cadetes acabaron internadas en la clínica. La cadete Cinthia Poma falleció.
En el segundo caso, un cadete y un conscripto del  Liceo Militar "Teniente Edmundo Andrade”, de Sucre, fallecieron ahogados mientras intentaban rescatar el vehículo de su superior que quedó atrapado en el cauce del río Quirpinchaca.  
 Los testigos del hecho (cuyas imágenes quedaron registradas en YouTube) gritaban a los uniformados para que no ingresen al río y también para que salgan del mismo; pero, o los soldados no escucharon las advertencias, o no quisieron desobedecer las órdenes superiores. Lo cierto es que, una vez más y con una diferencia de horas, se perdieron tres vidas de jóvenes que se formaban para la carrera militar o policial, o daban sus primeros pasos en ellas.

La reacción de las autoridades de Gobierno ha sido, como siempre, la de condenar tales abusos y advertir que no se tolerarán más este tipo de excesos; pero a la vista de los hechos, pocos son quienes creen que esto sea suficiente para evitarlos. Hace falta que así como se ha fortalecido en equipamiento y en confianza a las fuerzas militares y del orden, se haga lo posible por democratizarlas. No solamente en la forma en que se relacionan superiores y subordinados, sino principalmente en los principios que debe regir su comportamiento: el respeto a los derechos y la vida de las personas. La carrera militar debe ser de servicio, no el espacio para el abuso del poder.

Por el contrario, todo indica que se forman con la íntima esperanza de ver llegar el día en que puedan reproducir los abusos que soportaron.

Hace falta que así como se ha fortalecido en equipamiento y en confianza a las fuerzas militares y del orden, se haga lo posible por democratizarlas.

Confidencial

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