Precisiones

Patriótica contribución desde un exilio involuntario

Fernando Salazar Paredes
viernes, 22 de noviembre de 2013 · 21:03
En una de sus mejores obras, ese gran poeta griego de la antigüedad, Eurípides, describe en un párrafo el sentimiento que provoca el exilio: "Patria mía y mi hogar, ojalá que nunca me faltéis, condenándome a una vida huera, ardua y dolorosa, de todas la más miserable. Antes que me abata la muerte, me libre de la luz del día, admito que no hay pena mayor que perder la tierra natal”.
 Los que hemos sufrido los rigores de la persecución y el exilio durante las dictaduras de Banzer y García Meza sabemos de ese sentimiento de tan recóndita nostalgia por la tierra que nos vio nacer. El exilio es la privación de un derecho básico que tiene el ser humano: de vivir, trabajar, hacer familia y, finalmente, morir en su propio país.
 En estos tiempos de cambio, cuando pensábamos que todas esas lacras de la dictadura eran cuestión del pasado, aún hay algunos que, por razones ajenas a su voluntad, han sido forzados a vivir lejos de su tierra natal.
 Uno de esos ciudadanos, que bien pudiera estar contribuyendo al país desde el país mismo, lo hace desde su exilio forzado, demostrando así que, a pesar de la adversidad que le ha tocado vivir, es un boliviano dispuesto a seguir aportando al país, olvidando agravios.
 Acabo de leer la última contribución de Jorge Gumucio Granier a la historiografía sobre nuestro litoral cautivo: Origen del enclaustramiento de Bolivia y del Tratado de 1904. Es un libro escrito -como bien lo señala su prologuista Agustín Saavedra Weise- desde su involuntario exilio en el exterior, en el que el autor describe el germen de un drama geográfico e histórico que enluta la conciencia sudamericana.
 Como sus anteriores libros, el actual está escrito con gran rigurosidad científica y se basa en documentación escrupulosamente revisada y resumida. Su contenido es serio y de gran valor para comprender, sin emotivismo o plañidería,  todo el proceso de negociaciones entre Bolivia y Chile que culmina en la suscripción del Tratado de 1904.
 No obstante, tampoco es un libro que describe fríamente la información recogida. El patriotismo sano y constructivo del autor está subyacente en cada línea, ya que Gumucio Granier direcciona diestramente el resultado de sus investigaciones y lo convierte en elemento importante para sustentar los derechos bolivianos a contar con un acceso libre y soberano al océano Pacífico.
 Desde el Virreinato de La Plata, en 1776 hasta el 10 de marzo de 1905, fecha en que se ratificó el Tratado de 1904, el libro recorre todos los recovecos de un intrincado sendero que, al decir del pro-chileno académico estadounidense William F. Sater, en su libro Tragedia en los Andes – Peleando la Guerra del Pacífico, Chile se anexó el litoral boliviano de Atacama enclaustrando a Bolivia y, además, se quedó con los recursos del salitre, de los minerales y de las guaneras que hubieran beneficiado al fisco boliviano y que, por el contrario, sirvieron por 50 años al fisco chileno como su principal generador de ingresos.
 Ahora que se ha demandado a Chile en la Corte de La Haya y se ha contratado y se sigue contratando costosos asesores extranjeros, y que se improvisa a personajes, sin ningún antecedente o experiencia en negociaciones internacionales, reconforta saber que los internacionalistas bolivianos -Jorge Gumucio Granier es uno de ellos-, a pesar de ser relegados e ignorados, con generosidad y sentido patriótico contribuyen al país desde allende de las fronteras patrias, donde la vida es huera, ardua y dolorosa, de todas la más miserable…
 Chile y Perú han congregado a sus mejores hombres y mujeres, sin tomar en cuenta sus orientaciones políticas, o siquiera su pasado, en torno a causas que son de interés nacional. Bolivia, por el contrario, ha preferido exiliar del tema a los entendidos bolivianos y apoyarse en "mercenarios internacionales”, como los calificaba Augusto Céspedes, algunos de los cuales nos asesoran ahora, y ayer lo hacían con Chile.
 Más allá de la coyuntura, siempre efímera, está la patria permanente. Esa patria que, como diría Eliodoro Ayllón Terán, no está en los salones ni en los discursos de los presidentes, sino que es aquella humilde, como la hierba, y sencilla, como el agua de la acequia.
A esa patria, Jorge Gumucio Granier ha querido contribuir con su último libro, pese al infortunio de su exilio forzado por la patraña, la intolerancia y la exclusión.
 La historia -implacable juez de los actos de los gobernantes- sabrá juzgar la curiosa y ladina actitud de excluir a los entendidos bolivianos en el delicado arte de la negociación internacional y, específicamente, en un tema que no es patrimonio del Gobierno, ni siquiera del Estado, sino más bien de todos y cada uno de los bolivianos.

Fernando Salazar Paredes es

 abogado internacionalista.

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