La curva recta

La dádiva del rey Evo

Agustín Echalar Ascarrunz
sábado, 23 de noviembre de 2013 · 18:16
El decreto supremo que obliga a los empleadores a pagar un aguinaldo extra, del valor de alrededor de un 7 % de lo que su empleado gana en el año, puede ser visto, considerando que la inmensa mayoría de los bolivianos asalariados ganan muy mal, como una medida positiva.
Eso implicaría un aumento real en los ingresos de una inmensa cantidad de personas y es algo que, eventualmente, les haría más felices, precisamente en el mes de la Navidad; pero hay una cierta incoherencia, porque con esta medida la descolonización una vez más se va por el caño, y por doble partida, pues se consolida el festejo cristiano y el consumismo occidental.
Cuando pienso en lo poco que gana la gente, en lo ajustado de los presupuestos de las familias que tienen que vivir con un poco más de un salario mínimo, o con tres, no puedo dejar de alegrarme por ellos. Cuando pienso en las pingües ganancias de ciertos sectores,  y manera explotadora como ciertas empresas manejan sus planillas, hasta puedo sentir simpatía por el decreto de marras; pero cuando pienso que hay gente que gana 15.000 dólares al mes y que gracias a Evo ahora recibirá otros 15.000, así, de la nada, no dejo de sonreír ante la comprobación de que el (pobre) diablo no sabe para quién trabaja.
Pero el problema,  más allá de la algarabía que puede significar eso de que de pronto te caiga un sueldo más,  es que entre los empleadores no sólo están la Cervecería, los bancos y las pocas grandes industrias, sino un universo de pequeños empresarios, sacrificados, esmerados y empeñosos que  apenas llegan al fin de mes, y  es posible que esta medida simplemente les afecte de una manera  durísima.
Están también las empresas que tienen  poca fluidez, que ante este gasto inesperado pueden llegar a caer en una falta total de efectivo, lo cual, entre otras cosas, puede llevar a ineficiencias que, tarde o temprano, costarán aún mucho más que el aguinaldo, pues pueden llegar a costar, al final, incluso el empleo de las personas inicialmente beneficiadas por el gracioso aguinaldo.
No muchas empresas colapsarán debido al decreto de Evo, ¿por qué?  Porque la inventiva y  la constancia de la iniciativa privada son grandes motores.
Pero, una situación como la que se ha presentado para las empresas es equiparable a que le roben a uno los aguinaldos, digamos en el camino entre el banco y la empresa,  a que le secuestren a un ser querido y haya que pagar el rescate, o que metan una bomba en la empresa y cause daños de la magnitud del valor de una planilla mensual.
Pero el problema es precisamente ése: el decreto de Evo, disfrazado de medida social (y utilizado demagógicamente para beneficio propio), es una acción que se parece demasiado a un imprevisto, similar a un asalto, a un secuestro o a un pago a la mafia, como lo que le sucede al pobre Felicito Yaniqué, en la reciente novela de Vargas Llosa. El decreto de Evo parecería  ilegal, puesto que crea una obligación retroactiva y puede llegar a ser tremendamente perjudicial para el universo de los asalariados, no sólo por el eventual cierre de algunas empresas, sino por el nefasto mensaje de inseguridad jurídica que implica.
Hay algo más y es mucho peor para la cultura del empleo en nuestro país: con este decreto se está castigando al empleador (marginal, seguro) que apostó por pagar buenos salarios a sus colaboradores. Es una lección para los empresarios, porque con medidas de este tipo es mejor pagar lo menos posible, lo que, claro, lleva, una vez más, a la consolidación de un aparato productivo deficiente.
Lo que mejorará los sueldos y la vida de la gente es la mayor inversión, la creación de más empresas, la competitividad entre ellas para ofrecer mejores condiciones a sus empleados. Una mejora tan medioeval, como es un  doble aguinaldo navideño, es, en realidad, un despropósito, digno sólo de un Presidente que le mete nomás.

Agustín Echalar Ascarrunz
es operador de turismo.

 

 


   

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