En riesgo de extinción / Roger Cortez Hurtado

Una tarea nuestra

Roger Cortez Hurtado
lunes, 25 de noviembre de 2013 · 20:31
Mientras el Gobierno disfruta y padece su intacta capacidad de tomar la iniciativa, por todos lados saltan las señales de las múltiples cuestiones que han quedado olvidadas, arrinconadas, postergadas.
No me refiero aquí a la economía, en la que la última iniciativa oficial, el aguinaldo doble, ha alborotado  un tempestuoso caudal de opiniones en este plano, examinando el efímero disfrute de una nivelación salarial tardía, y aplicable a una parcialidad restringida de los trabajadores, y el pánico o desastre que acarrea para las empresas micro y pequeñas, que son la fuente de la mayor parte de la oferta laboral del país. 
De momento, la avalancha de críticas confirma su escasa gravitación, de modo que las consecuencias favorables para el Gobierno, o su eventual rebote contrario, quedan libradas a la dinámica propia de la medida, adoptada antes que las maniobras tácticas de sus adversarios
Desplazo así mi atención a la renovación intelectual y moral, el más rezagado y entrabado de los cambios demandados por la movilización social de las dos  últimas décadas.
La renovación intelectual y moral es un espacio que  no debe ni puede reclamarse o encomendarse al Estado, porque se trata de una materia que nos atañe a todos y donde, la llamada sociedad civil, lleva la mayor responsabilidad, ya que se trata de los usos, costumbres y del denominado sentido común. 
Representa el campo ideológico en su sentido más exacto, donde se disputa y se forja  el sentido de normalidad: de lo que es aceptable, censurable, deseable, odioso, repugnante o noble en una determinada sociedad, durante un periodo determinado.
El racismo y las más diversas formas de discriminación componen el núcleo duro del sentido común prevaleciente y es el reto mayor de la transformación intelectual y moral. Estas formas  nacen, se alimentan, prosperan o decaen de acuerdo con la disputa de los antagonistas, que ponen a prueba sus propias convicciones y capacidad de persuasión. 
Lo legal, como emanación estatal, afecta un cierto espacio de esta pelea, como ha ocurrido con las leyes contra la discriminación y las que protegen derechos de las mujeres y penalizan los abusos contra ellas.
Esa legislación, como parte del proceso constituyente, establece los límites de la acción del Estado y los funcionarios. Pero queda totalmente claro que, además de las ampliaciones y mejoras legales pendientes, la legislación alcanza hasta un punto, más allá del cual se necesitan otras herramientas. 
La educación es una en la que lo estatal tiene un peso considerable, pero compartido con las familias, los medios de difusión, los académicos, periodistas, artistas y la más amplia gama de grupos comprometidos, asociaciones civiles, organizaciones no estatales, corporaciones de toda naturaleza, redes sociales  y la acción individual.
Tomemos por ejemplo el machismo, el sexismo y la hipocresía industrializada que se han movilizado para castigar y lapidar a una presentadora de televisión chantajeada por un extorsionador y que  no puede enfrentarse solamente con la acción jurídica  contra el responsable.
Más allá de lo rudimentario de las normas y lo frágil de la administración de justicia, queda pendiente la tarea de volcar la acción legal y social contra los sitios de internet, donde, premeditadamente, se recibe y promociona el material difamatorio y el cobarde exhibicionismo de quienes producen y "suben” las piezas.
Más importante aún, queda en pie la necesidad de mantener, a largo plazo, un enfrentamiento que desnude y exhiba la miseria de las prácticas discriminatorias contra las mujeres, que van desde su hostigamiento moral hasta la tortura y el asesinato. 
Se trata de desmontar el monumental aparato que ha creado la cultura de la culpa, que no sólo flagela a las mujeres, sino que nos predispone y entrena para aceptar todo tipo de vilezas, incluyendo la aceptación del abuso, algo que viene a ser la semilla misma de toda forma de colonialidad.
En este campo la tarea es nuestra y no ha de quedar librada a la estupidez, la incompetencia o la cobardía de quien quiera que nos gobierne.

Roger Cortez Hurtado es
 investigador y docente.

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