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Caudillos y seguridad jurídica

Carlos Toranzo Roca
martes, 26 de noviembre de 2013 · 20:31
¿Son legítimas las acciones de los caudillos? Su acceso al poder por el voto los consagra como gobiernos legítimos. Pero, una cosa es su elección, que puede ser y es normalmente profundamente democrática basada en el voto, y otra, muy diferente, la legitimidad en el ejercicio del poder.
Donde hay caudillos y regímenes fuertes las instituciones no existen o quedan debilitadas por el poder, por los poderes excesivos que ni siquiera respetan sus propias leyes. Eso es válido en Europa, Asia, África, Argentina o Bolivia.
En rigor, el caudillo es la institución y su voluntad la política pública. El deseo, el antojo del caudillo debe ser interpretado por sus obsecuentes para formalizar, idealizar, conceptualizar y justificar las decisiones del caudillo, por más que éstas sean irracionales o que no respeten la ley.
El deseo supremo del caudillo es la permanencia en el poder, su prolongación. No en vano los caudillos se creen inmortales y sus obsecuentes se ocupan de nombrarlos héroes, "tatas”, jefecitos, patrones, iluminados, etcétera.
Si los obsecuentes no actúan de esa manera no tienen posibilidades de mantenerse en el poder. La pelea por mantenerse en el círculo del poder, cerca del caudillo, para gozar de los poderes derivados, regalados, otorgados por el jefe, conduce a una pelea de mal sabor, en la cual el ejercicio fundamental es mostrar cuál es el más obsecuente.
El jefe no requiere consejeros; precisa obsecuentes que lo aplaudan, que lo adulen, que le recuerden cada instante que es el mejor de la historia.
El caudillo se mira cada día en el espejo, y se mira cada vez más grande, pero el obsecuente le corrige y le dice que no es grande, sino que es gigante, que lo copa todo, que sus ideas ya rebasaron lo nacional y que pueden ser universales.
Por eso, muchas veces, el caudillo no sólo quiere cambiar su país, sino hacer su revolución en todo el mundo. En su provincianismo, los caudillos creen que poseen físico para modificar todo el orbe.
La ley importa nada para el caudillo, lo que es más importante es su interés, su deseo, su capricho, su voluntad. El caudillo hace lo que quiere, por eso explica que es mejor "meterle nomás”, que después  sus abogados, otros obsecuentes, deberán dar forma jurídica a las violaciones de la ley operadas por el caudillo.
Si la ley es un estorbo, el caudillo la viola y, mucho después, si se da el caso, la cambia.
En los gobiernos con caudillos fuertes la seguridad jurídica no existe y no puede existir. Antes bien, lo que prima es la inseguridad jurídica, pues la única legalidad válida es la voluntad del caudillo.
Los caudillos de izquierda o de derecha son exactamente lo mismo, actúan de la misma manera. En los dos casos la norma es la violación de la ley, aplaudida por los obsecuentes.
En ambas situaciones los caudillos llegaron al poder ofreciendo nuevos valores, ética, lucha contra la corrupción, pero en su ejercicio del poder repiten y amplifican las malas conductas de sus antecesores, con la única diferencia que a estos últimos se los criticaba o se pretendía juzgarlos; en cambio, en el caso de los caudillos las violaciones de la ley son aplaudidas en nombre de la revolución.
En los regímenes de caudillos el Estado de Derecho no existe, tampoco el derecho a la disidencia. La ley no es para  que la respete el caudillo, antes bien, es para meter en prisión los opositores o para amenazarlos y callarlos.
En estos regímenes la justicia no existe, lo único omnipotente es el dedo índice del caudillo que decide quién es culpable y quién no  lo es. Después los procesos judiciales son simplemente actos circenses en los que los juristas deben formalizar lo decidido por el dedo índice del caudillo.
El doble aguinaldo claro que no es legal, un decreto no posee más valor que la ley que explica que se da un aguinaldo una vez al año,  pero para el caudillo qué importa la ley, se la pasa por encima las veces que quiere.
El doble aguinaldo es un acto de campaña electoral con plata ajena, por eso es ocioso discutir su efecto inflacionario o su impacto negativo en la creación de empleo.
El doble aguinaldo es la insistencia en la negación del Estado de Derecho, es la demostración de que no hay ley, que no hay seguridad jurídica, sino, simplemente, que sólo existe la voluntad del caudillo que quiere prorrogarse, legalmente o no, en el poder.

Carlos Toranzo Roca e
s economista.

Confidencial

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