Continuidades y rupturas

De la industrialización a la reprimarización, ¿retorno perverso?

María Teresa Zegada
miércoles, 27 de noviembre de 2013 · 20:47
La industrialización fue vista hace algunas décadas como la estrategia económica ideal para  el  desarrollo de los países de la región y para  salir de la pobreza.
Los Estados latinoamericanos apostaron por esta alternativa mediante emprendimientos de diversificación económica y la sustitución de importaciones. En unos casos mediante la creación  de empresas estatales, en otros captando recursos económicos y orientándolos a la inversión productiva privada; sin embargo, no lograron los resultados esperados y, más bien, provocaron efectos críticos en las economías.
El fracaso condujo a una profunda crisis económica y política que encontró una tabla de salvación en los modelos impuestos por organismos internacionales que propendieron a  una reapertura al capital internacional y a la inversión extranjera. De esta manera, las demandas del mundo económico globalizado marcan nuevamente el derrotero de nuestras economías imprimiendo sus condiciones.
Así, hacia fines del siglo XX y principios del siglo XXI, asistimos a una clara reprimarización de la economía, que ha supuesto un crecimiento positivo de las economías de la región, pero un retorno a la alta dependencia de las exportaciones de productos primarios y de baja elaboración (CEPAL). Ello se debe, fundamentalmente, a la demanda internacional, particularmente de las economías emergentes del mundo asiático.
La paradoja  es que  nuestra reubicación en el mundo globalizado, a través de la venta predominante de materias primas, está acompañada por el inusitado crecimiento de nuestras economías e, incluso, de un mejoramiento de las condiciones de pobreza y extrema pobreza en varios de nuestros países.
De ahí surge una serie de interrogantes de naturaleza económica, pero también  política, sobre el papel que jugamos y seguimos reproduciendo en el contexto mundial de dominación; los caminos y posibilidades que  tienen nuestros países para establecer una relación más equitativa con el mundo, y las posibilidades que tenemos para modificar dichas relaciones.
Las salidas teóricas que se ensayan son diversas, van desde plantear la necesidad -aunque por ahora remota- de revertir el sistema de dominación mundial, hasta el asumir posiciones que destacan las virtudes del actual modelo, en el que se verifica un incontrastable crecimiento de las variables macroeconómicas.
También hacen énfasis en pensar en maneras más efectivas de avanzar sobre esta evidente realidad, como, por ejemplo, partir de la afirmación de que "apoyarse en factores tan estáticos como los recursos naturales puede ser una buena manera de comenzar, pero una mala manera de continuar”.
Es preciso aprovechar la coyuntura de auge de las materias primas para potenciar factores económicos que más adelante les permitan a nuestras economías abrir otros senderos o, como sugieren otros especialistas, desarrollar mecanismos que aseguren una inversión eficiente de las rentas extraordinarias de recursos naturales, sobre todo en esta época de auge, a través, por ejemplo, de la creación de fondos que permitan contrarrestar la futura volatilidad de precios o  impulsar inversiones públicas en educación, salud, infraestructura e innovación y desarrollo tecnológico. Todo esto acompañado de una adecuada gestión socioambiental, lo cual implica la participación del conjunto de actores involucrados y no sólo de entidades públicas. El asunto es cómo lograr que esas cualidades beneficien prioritariamente a nuestras propias regiones.

María Teresa Zegada es socióloga.

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