Menudencias

La miopía de la soberbia

Juan León Cornejo
miércoles, 27 de noviembre de 2013 · 20:46
Una satisfacción íntima de escribir una columna periódica radica en compartir con la amabilidad de los lectores algunas inquietudes sobre la conducta humana, sobre todo cuando tiene que ver con la práctica de la política criolla en todos los escenarios.
   Una de las características más marcadas de la conducta humana es la soberbia, que la logosofía identifica como una  "deficiencia” fruto de "una mente embriagada de ficción, el absolutismo del instinto, la negación de la sensatez, el reverso de la compasión”.  
Según la logosofía, esa "deficiencia caracterológica” se oculta "muchas veces tras la falsa humildad” y cuando soberbia y falsa humildad se combinan, "producen seres astutos y arteros”.
   Sin entrar en las profundidades del libro  Deficiencias y propensiones del ser humano,  del filósofo y educador argentino más conocido por su seudónimo literario Raumsol, fundador de la logosofía, la soberbia es un sentimiento de superioridad que provoca trato despectivo y desconsiderado hacia los demás. Es una reacción de enojo que se expresa de manera exagerada ante una contrariedad.
   A esa propensión del ser humano se debe, en gran medida, su capacidad de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados, tal como definía a la política el comediante norteamericano Groucho Marx.
   Un buen ejemplo de esa conducta es el lío que se armó con el doble aguinaldo, entre muchos de nuestra vida diaria. El Gobierno, en su soberbia que desprecia la inteligencia ajena, encontró y se metió solito en el problema. Lo malo es que en su resbalón arrastró a mucha gente  y el problema suyo es también nuestro, porque falló en el diagnóstico.
   El Gobierno sacó de la galera una medida inoportuna, para decir lo menos, cuando ningún trabajador había pedido un beneficio extraordinario de esa naturaleza. Según un diagnóstico elemental, es evidente que un ingreso extra ayuda a llegar a fin de mes, pero las dificultades de llenar una olla cada día más cara son de todos, no sólo de los asalariados. Ellos tienen al menos un ingreso fijo, aunque bajo.
    Debido al diagnóstico errado, el inesperado beneficio para unos cuantos terminará perjudicando a la mayoría de la población.
A menos de que se trate de un premio anticipado por la decisión de la COB de apoyar la reelección presidencial, no hay explicación lógica para beneficiar a pocos a costa de sacrificar a muchos. De otra manera, suena absurdo el problema en que se metió el Gobierno y en el que metió al país.
Es que es una clara conducta de soberbia suponer que el buen momento macroeconómico es obra de la sabiduría propia. Es muestra de que a alguien se le subieron los humos y, en un arranque de optimismo fanático y despistado, supuso que la gente saldría a aplaudir y a dar vivas al Presidente que lo anunció.
   Lo cierto es que ese anuncio fue más bien llamado de clarín para revivir viejos fantasmas de la inflación. En el país, donde predomina el comercio como base de la economía, hay una "cultura inflacionista” muy arraigada.
Aunque muchos no recuerdan los tiempos de dictadura, todos recuerdan las dificultades que llevaron al gobierno de Paz Estenssoro a advertirnos que "Bolivia se nos muere”.  Repetir la experiencia preocupa a la gente.
   A esa preocupación se suma un enojo por el atropello a la  inteligencia ajena.
Las exclusiones son señal clara de grave discriminación. Los jubilados protestan en las calles porque la inflación achicará aun más lo poco que reciben ahora, pero ellos son sólo expresión visible mínima, porque en la misma bolsa están campesinos, cuentapropistas, gremiales, profesionales independientes y mucha otra gente.  
El doble aguinaldo, dice el Gobierno, es sólo para el sector productivo que aporta al buen momento económico. En su diagnóstico, el aporte del resto a la economía no tiene valor.   
Para explicarnos a los "cortos de entendederas”, el Gobierno tendría que demostrarnos, por ejemplo, qué de productivo tiene levantar la mano en la Asamblea Legislativa para aprobar leyes que generalmente redactan otros. Los diputados y senadores recibirán en diciembre entre 40.000 y 60.000 bolivianos.
El Gobierno tendría que explicarnos, también, cuál es el aporte productivo de policías que reprimen a la gente, y cuál es el aporte de los militares, cuyo mérito social es pagar el bono Juancito Pinto.
    Como van las cosas, y por los anuncios oficiales, parece evidente que tras el diagnóstico errado que generó el problema se vendrán los remedios también equivocados, como el suponer que a una estampida de precios se la controla metiendo en prisión a la gente, como dijo una ministra, algo que es irreal. A menos, claro, que más que error o incapacidad, sea una advertencia preocupante, como reflejo de una tendencia cada vez más marcada al autoritarismo y al totalitarismo de gente propensa a las dictaduras, víctima del Mal de Hybris.

Juan León Cornejo es periodista.

 

 


   

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