La curva recta

Detalles que (no) confunden

Agustín Echalar Ascarrunz
sábado, 02 de noviembre de 2013 · 19:35

El artículo de Mary  O’Grady,  en el  Wall Street  Journal, ha sacado roncha, y los del Gobierno tienen la razón al decir que podría ser utilizado como texto para ilustrar lo que no debería ser un artículo de prensa. En efecto, es difícil reconocer a Bolivia en lo que O’Grady describe, la comparación con Afganistán es tirada de los pelos, a menos que lo que sabemos de Afganistán sea también producto de informaciones tan sesgadas, que tengamos también de ese país una imagen totalmente distorsionada.
El artículo  permite constatar la fragilidad de la información periodística, sobre todo cuando se trata de realidades distantes de las  metrópolis, algo que puede suceder hasta en las mejores familias, digo, los mejores periódicos. Ahora bien,  O’Grady no es una periodista inexperta, es una profesional de renombre, y es posible que sea importante leerla entre líneas, más allá de que esté de todos modos equivocada.  O’Grady dice medias verdades, o verdades a medias, puede tratarse de un manejo irresponsable de los datos, fundado en un punto de partida lleno de prejuicios, pero puede ser que ella haya actuado de buena fe  y leído los mensajes que se le presentan a primera vista. Vayamos por partes.
Si partimos de la base que la cocaína es un producto pernicioso y debe ser controlado, debemos convenir  que los cocaleros del Chapare son parte importante de la cadena del negocio de la cocaína,  junto con los fabricantes propiamente dichos, y  los traficantes (puesto que son quienes proveen el más importante  ingrediente para hacer cocaína).
Como país hemos elegido al jefe de los cocaleros del Chapare, vale decir de quienes producen coca para la cocaína, como nuestro Presidente, el mensaje es claro: a la mayoría boliviana  nos tiene sin cuidado el tema de la cocaína.
El  Presidente no ha renunciado  a sus funciones como jefe de las asociaciones de productores de coca, y no ha pasado nada: otro mensaje de indiferencia al tema de la cocaína.  Encima, el Presidente ha expulsado del país a la DEA y a la NAS, que son las instancias (norteamericanas e imperialistas si se quiere) que tienen las posibilidades de controlar de alguna manera el narcotráfico. Expulsándolas se ha dado un claro mensaje antiimperialista, pero también se han dado otros mensajes: es posible que las mafias narcotraficantes del mundo hayan entendido que Bolivia puede ser un lugar desde donde se puede operar más fácilmente que desde otros países productores de coca,  y  algunos pueden entender la expulsión como un acto intencional para permitir un mayor flujo de narcóticos, aunque esto no sea necesariamente verdad.
La  demora en la publicación de  un importante estudio para determinar la cantidad real de terrenos que se precisan para plantar coca para abastecer al uso tradicional,  y las más baladíes excusas que se han dado para mantenerlo en secreto, sólo pueden llevar a acrecentar la desconfianza.
Si  a eso añadimos los detalles del caso Sanabria, lo acontecido con  el encargado del control de la coca incautada -que ha sido hallado desviando esa coca a algún lado-, y  hasta nos topamos con que el "sacerdote andino” que presidió las ceremonias más importantes en Tiwanaku en las que  el Presidente  fue ungido como líder espiritual  de todos los indígenas del mundo y de todos los bolivianos es hallado con una buena cantidad de cocaína en su casa, y con un supuesto socio colombiano, es comprensible que periodistas foráneos terminen sospechando que hay un tremendo felino cautivo.
Aquí sabemos que hay otros detalles, por ejemplo que Naciones Unidas ha dado un informe bastante positivo respecto a la erradicación, pero los detalles previos pesan.  Es posible que esta hilera de situaciones sean meras coincidencias, que Evo y los suyos estén luchando frontal y respetuosamente contra el narcotráfico, pero se tienen que dar señales mucho más claras.

Agustín Echalar es operador
 de turismo

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