Veinticuatro años sin muro

domingo, 3 de noviembre de 2013 · 21:11

      Hace 24 años, casi un cuarto de siglo ya, los picos, las palas, la poesía y la realidad echaron abajo el muro de Berlín.
Cómo ha pasado el tiempo. Son miles y miles los jóvenes de esa edad y de menos que tal vez ni hayan oído hablar de él, aún siendo hijos de quienes lo tumbaron. Fue el presidente norteamericano Ronald Reagan, quien invitó a Mijail Gorvachov a propinarle empujones al muro hasta que diera con sus cementos en el suelo.
Desde el mítico punto de aduana bajo control americano Check point Charlie, el exactor consideró vergonzoso que existiera ese ejemplo de intolerancia y vasto testimonio de un pasado de guerra militar ardiente, que destruyó a una generación de europeos con un balance de millones de cadáveres y de guerra fría, hija de la desconfianza, el recelo, la tensión y la paranoia.
De cómo se llevó en secreto su construcción da una idea el que días antes de comenzarla, el Jefe de Estado de la parte soviética de Berlín, Walter Ulbricht, desmintiera que se fuera a hacer: "No me consta que exista esta intención, ya que los albañiles en la capital se ocupan principalmente de construir viviendas y trabajar a pleno rendimiento. Nadie tiene la intención de levantar un muro”, afirmó sin que le cambiara el gesto. Las obras comenzaron a los pocos días, claro.
Los 120 kilómetros de muro se levantaron, como aquel que dice, de la noche a la mañana de un 12 al 13 de agosto de 1961. Se pusieron a trabajar miles de obreros y soldados y en un plis plás estaban hechos los 45 kilómetros que rompían Berlín.
Con la habitual retórica del comunismo del telón de acero, al muro lo llamaron "Muro de protección antifascista” (Antifaschistischer Schutzwall), también "cortina de hierro” de defensa contra la "infiltración, el espionaje, el contrabando y la agresión” occidental.
En materia de retórica no hemos avanzado, aunque el resto del mundo lo llamó "de la vergüenza”, porque ruborizaba a cualquier persona civilizada y evidenciaba que Europa apenas había aprendido de su pasado. Así nació un nuevo país, la República Democrática de Alemania (RDA), intramuros, al que no se podía entrar salvo bajo severísimas reglas y del que no se podía salir, a menos que arriesgaran la vida. No recuerdo protestas por crímenes contra la humanidad, por los disparos por la espalda dados por los soldados soviéticos a los ciudadanos que quisieron saltar el muro y que terminaron ametrallados y enganchados en las púas de las alambradas, sólo Aleksandr Solzhenitsyn se atrevió y así le fue.
Entrar en el mundo de aquel socialismo real era no poder salir. Lo mismo sucedía en China, en Cuba y en Yugoslavia. Salir de los países con estos regímenes sólo era posible jugándose la vida, cosa habitual en Berlín gracias a la "protección antifascista” de un muro, de 3,3 metros de altura, defendido por una malla de tela metálica que lo precedía, y a ésta unos cables de alarma, y a ellos una trinchera para que ningún vehículo pudiera salvarla, y a la trinchera un cerco con púas, vigilados desde 300 torreones de observación con soldados armados y 30 bunquers.
Veintiocho años después, el 9 de noviembre de 1989, durante una entrevista radiofónica, Günter Schabowski se atrevió a decir que el muro estaba perdiendo su razón de ser y que debería abrirse. La gente se tiró a la calle convencida de que lo podía hacer caer, se fue hasta los puntos de entrada y ante unos soldados desinformados, evidenciaron que todo había terminado. Sólo quedaba la piqueta. Gorvachov desde Moscú no movió un solo dedo, en aplicación de la realpolitik por la que renunciaba a intentar evitar lo inevitable del fin.
El día 9 de noviembre, lunes de 2013, hará 24 años que cayó esta fortificación de cimientos regados de sangre. ¿De cuántos muertos finalmente? No se sabe. Nadie lo sabe ni nadie lo sabrá. Eso queda para el olvido de la historia de la RDA.
En 2009, el 20 aniversario de la caída despertó el deseo de que no se perdiera la memoria de lo que allí sucedió. Aparecieron libros de interés, novelas como Jardín de invierno, de Monika Zgustova, o El inocente de Ian Mcewan; ensayos como El muro de Berlín, de Fredreric Taylor; El muro: crear bajo el techo de acero, de Peter Sis; Berlín después del muro, de Dagmar Van Tanbe; La guerra fría, de John Lewis Gaddis, y el de Robert J. Mcmahon, etcétera, y a buen seguro, el año que viene, que se cumplirán las bodas de plata, recibiremos un alud de publicaciones. Sea bienvenida toda luz sobre la oscuridad.

Ricard Bellveser es escritor

  9 de noviembrehará 24 años que cayó esta fortificación de cimientos regados de sangre. ¿De cuántos muertos finalmente? No se sabe.

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