Evocando la gesta chicheña del 7 de noviembre

Alberto Solares Gaite
martes, 05 de noviembre de 2013 · 20:38
El eco de un galopar de corceles rompía el silencio de las quebradas, el trajinar de jinetes que surgían como figuras fantasmales alborataba la noche del valle. Convergiendo desde sendas, abras y cañadas se reunían en pequeñas tropas y espoleando sus monturas se perdían raudamente entre los rojos cañadones. ¡Debían llegar con el alba al lugar donde el destino les tenía concertada una cita con la historia!
Era el tiempo heroico, cuando la patria comenzaba a sacudirse del yugo tan injusta y largamente impuesto por el peninsular ibérico.  Chichas, un pueblo tradicionalmente altivo y valeroso, se alzaba en armas. A caballo, enarbolando el estandarte de la patria, galopaba a ofrendar el sacrificio de sus hijos por la sagrada causa de la emancipación americana.
Las provincias del Río de La Plata, insufladas por los vientos libertarios irradiados desde Charcas, fueron las primeras en alcanzar su independencia y como una forma de preservarla organizaron y armaron fuerzas expedicionarias que marcharon en apoyo de las provincias altas, las que recién iniciaban su larga y cruenta lucha emancipadora, no obstante haber sido el escenario de las primeras insurgencias revolucionarias, pero, precisamente por ello, donde se había concentrado una desesperada resistencia del poder colonial.  
El primer Ejercito Auxiliar enviado por la Junta Revolucionaria de Buenos Aires, habiendo ingresado al Alto Perú, tuvo una derrota inicial en las cercanías de la villa de Cotagaita, plaza fuerte realista, y se replegaba otra vez hacia el sur.  La fuerza española victoriosa, superior y mejor armada, siguiendo muy de cerca a los patriotas logró darles alcance a los pocos días, obligando al desmoralizado Ejército Auxiliar a presentar combate.  Con las últimas luces del día las avanzadas realistas avistaron a los auxiliares acampando a orillas del río San Juan, procediendo el grueso de sus tropas a tomar posiciones estratégicas con el propósito de envolver a su enemigo y forzarlo al siguiente día a un combate definitivo.
Amanecía y se inició la lucha.  Una ancha playa, flanqueada por extensos sembradíos y altas serranías, era el escenario del encuentro.  Los patriotas, prácticamente cercados, comenzaron a ser acosados desde diferentes frentes. El fuego combinado de artillería y descargas de fusilería causaba numerosas bajas entre sus filas. Rápidamente se generalizó el combate, se peleaba en la playa, en las quebradas y las chacras vecinas.  Los auxiliares luchaban valerosamente, pero poco a poco fue imponiéndose la superioridad numérica y bélica de los realistas y sus cargas comenzaron a rebasar las trincheras patriotas; la victoria se inclinaba inexorablemente a favor de los realistas.
De pronto, por sobre el estruendo del combate se siente un fuerte retumbar de cascos que se aproxima velozmente. Hay suspenso e incertidumbre entre los combatientes. ¿Quiénes eran los que llegaban en tan cruciales momentos? Ambos ejércitos levantan la vista y contemplan con asombro cómo las colinas circundantes se cubrían de centenares de jinetes que  entre polvareda y voces que exhortaban al combate, se lanzaban al galope tendido sobre el campo de batalla.  Alborozo entre los patriotas, terror en los realistas. ¡Eran los montoneros chicheños!         
Chambergo alón sobre los ojos, desplegado el poncho al viento, erguidos sobre la montura, el gesto fiero, sujetando la lanza sobre el estribo o blandiendo el sable enmohecido, avanzan como un torbellino incontenible.  Carga la caballería chicheña y al grito de "¡Viva la Patria!” choca con las tropas enemigas, rompe sus filas, las arrolla y avasalla. Ebrios de coraje los montoneros se lanzan al entrevero, atacan, hieren, matan, sembrando el pánico entre los godos.  La batalla se hace total y encarnizada, las aguas del río se tiñen de rojo, se lucha con encono y se hace gala de bravura. Tal es el empuje patriota que no tarda en escucharse el grito de "¡Victoria !”. Victoria completa, los chicheños y los gauchos son dueños absolutos del campo, la hueste hispana aniquilada corre en desbandada.
Atardecía, culminaba una jornada de gloria para América y la primera victoria de las armas de la patria en el Alto Perú: ¡Suipacha,7 de noviembre de 1810!

Alberto Solares Gaite es tupiceño.

  Amanecía y seinició la lucha.  Una ancha playa, flanqueada por extensos sembradíos y altas serranías, era el escenario del encuentro

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