Otras palabras

Ser católico pese a todo

Fernanda Wanderley
miércoles, 6 de noviembre de 2013 · 20:39
La encuesta de opinión promovida por el papa Francisco es, sin duda, una iniciativa que busca construir argumentos y apoyos al interior de la cúpula eclesiástica de Roma para avanzar cambios hacia una mayor sintonización de la Iglesia con los nuevos tiempos, los avances científicos, políticos y sociales.
La resistencia de la Iglesia a reconocer el paso de la historia es muy conocida. Sólo hay que recordar las condenas a la ciencia y sus descubrimientos y las persecuciones a científicos y pensadores, como la que sufrió Galileo Galilei durante el Renacimiento.
Cuando pensamos en las atrocidades que ha cometido la Iglesia Católica a lo largo de los siglos, puede parecer incomprensible la persistencia de tantos fieles. Una Iglesia que ha perseguido y asesinado a hombres y mujeres por sólo pensar, experimentar, opinar y actuar; una jerarquía que fue complaciente y cómplice con el ocultamiento de la pedofilia de curas que lastimaron a miles de niños y niñas.  
Sin embargo, uno puede comprender este aparente enigma cuando se acerca a la experiencia concreta de miles de familias de fieles. Tomando mi experiencia como ejemplo. Yo crecí en una familia católica. De niña acompañaba a mi abuela a la iglesia casi todos los días y tenía misa en la escuela una vez por semana. En la entrada de mi casa nos esperaba un pequeño altar con una escultura de Jesús crucificado, la Virgen María, varios santos y ángeles.
En mi familia, profesar la fe católica siempre implicó priorizar los valores y mensajes de Cristo y, en contrapartida, olvidar muchos de los principios establecidos por la Iglesia Católica Apostólica Romana.
Al final muchos parientes y amigos se han divorciado. Vivimos una época en la que el uso de anticonceptivos y preservativos es generalizado. Se acepta la intimidad sexual antes del matrimonio. Muchos amigos y familiares tienen compañeros del mismo sexo, mientras otros interrumpieron embarazos no deseados.
La contradicción entre la fe católica y la realidad contemporánea nunca fue motivo de racionalizaciones o discusiones en mi familia. El camino para superarlo lo demarcó mi abuela. Ella siempre decía: "Dios es amor”. Y con estas tres palabras nos indicaba el significado de ser católico.
Mi abuela no se cansaba de repetir un proverbio brasileño -"mono, mira tu cola”- para silenciar las conversaciones que empezaban a juzgar y criticar a los demás. Una forma de parafrasear, con humor y suavidad, las célebres palabras de Jesús al defender a una mujer acusada de adulterio: "Aquel de ustedes que esté libre de pecados, que tire la primera piedra”.
Lo que hicimos como familia católica fue destilar los mensajes y principios de vida que esta religión nos ofrece. Nos quedamos con los principios de solidaridad, amor, respeto, inclusión y cuidado hacia los demás. Principios que fluyen de dos valores: la igualdad de todos los seres humanos y el respeto por nuestras diferencias.
Hemos descartado todas las consignas católicas que contradicen estos principios. Por lo tanto, todas aquellas que incitan la exclusión o el maltrato. De esta manera "superamos”, de alguna manera, las contradicciones eclesiásticas de Roma. Y así, sin muchas elucubraciones, nos sentimos genuinamente católicos, pese a que nuestras prácticas sociales divergen de los mandatos oficiales.
Se respira un aire fresco en la Iglesia. Las nuevas iniciativas y propuestas  del papa Francisco permitirán visibilizar y revalorizar los diferentes significados de ser católico vividos por miles de familias. Los cuales, seguro, distan mucho de los enunciados tradicionales de Roma. Francisco está trillando un camino inteligente y promisor para impulsar reformas y revertir la fuga creciente de fieles.
 
Fernanda Wanderley es
socióloga e investigadora.

 

 


   

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