Música de Todos Santos en el lago Titicaca

Jenny Cárdenas Villanueva
jueves, 7 de noviembre de 2013 · 21:41
La vida nos depara maravillosas sorpresas y grandes revelaciones. Este fin de semana, el sábado 2 y domingo 3 de noviembre, visité varias comunidades de la provincia Omasuyos que rodean una parte del hermoso lago Titicaca,  con el fin de escuchar la música que tocan durante la fiesta de Todos Santos. Mi curiosidad partía de un hecho que observé durante cuatro años en otro lugar, en otra región muy distinta,  pero igualmente rica en sus tradiciones y bella por su paisaje. Me refiero a la población de Tarata, ubicada cerca de la ciudad de Cochabamba. Allí en Tarata   tocan de una manera muy especial boleros de caballería para recibir y despedir a las almas que llegan en esta celebración de Todos Santos, que siempre se celebra entre el 1 y 2 de noviembre. La música de estos boleros -tema para otro artículo- es un discurso fragmentado e incomprensible en una primera audición, una especie de "cubismo sonoro” que está inscrito en un concepto de "borrosidad”, de "ronquera” y de "desafinación”, que marcan o determinan la estética del acompañamiento de la muerte. Es, sin duda, un tema fascinante y curioso: la muerte es representada por una música borrosa y desafinada; una música "ronca” y fragmentada.
Si en Tarata se tocan sólo fragmentos, "jirones” de un bolero de caballería, en una comunidad del lago -había leído en un artículo escrito sobre una investigación de la celebración de Todos Santos- la música es  "…  una música de ritmo vibrante, no pensada para el regocijo de los seres humanos, sino de las almas”. Los jóvenes ensayan temas musicales con unos instrumentos peculiares denominados  muquni, término derivado de  muqu (codo y petiso) (De Lucca 1987: 113), puesto que su peculiaridad característica es su tamaño más reducido que los  wayrus  o  pinqillu  de carnaval y la presencia en el instrumento de una irregularidad, nudo o codo, que contrasta con el carácter liso y rectilíneo del  wayru … precisamente por su nudo o arruga distintiva al que los aymaras otorgan peculiares virtudes en relación con el timbre del instrumento y su competencia en el festejo musical de los difuntos… si su apariencia es propia del dominio de difuntos, lo mismo sucede con su sonoridad. Los campesinos hablan de la "nostalgia” que el instrumento produce. La rugosidad del instrumento puede influir en el resultado de la insuflación del aire, dando lugar a una sonoridad disonante, "sucia” por la fricción provocada por el aire al alimentar el instrumento  (Gutiérrez 1995: 71, en Fernández, 2001) . Si en Tarata es evidente que hay una especie de distorsión de la melodía que se escucha de manera cortada, discontinua o fragmentada y muy breve con que se tocan los boleros de caballería, en el lago también la música era "no pensada para el regocijo de los seres humanos, sino para las almas”, con un instrumento, el muquni,  que tiene esta falla en su construcción que determina esa "rugosidad” que produce un sonido "sucio”.
Este sábado y domingo por fin pude escuchar cómo es la música que se toca con los muqunis -esos instrumentos que reciben y despiden a las almas en la celebración que acaba de pasar-. Lo primero fue quedar maravillados por la belleza del lugar, incomparable vista del lago y las comunidades mismas. Un regalo de la vida y de nuestra tierra; lo segundo, encontrarme con un ritual que se mantiene incólume a pesar del tiempo: la música y el ritual sobreviven a toda la tecnología, y los jóvenes son los principales depositarios de la música, ya que son quienes siguen tocando sus tropas de muqunis para las almas.  Conversé con tres grupos de músicos. De ellos aprendí que hay un universo de música diversa en cada comunidad para esta gran celebración y con distintos instrumentos (tarkas, pinquillos y muqunis de diversos tamaños); que en unos casos cada familia tiene "su” grupo de músicos y en otros el grupo visita varias casas; que unos sólo celebran en las casas y no van a los cementerios, que los músicos tocan el primer día -recibimiento- durante toda la tarde y la noche, y nuevamente, al siguiente día,  a partir de la medianoche -para despedir a las almas. Y grabé la música. Efectivamente, tiene ese aire que carga una gran nostalgia y que proyectado en la visión del lago y la soledad de la tarde, se oye como un canto de tristeza. Pero no es borrosa. Es un ritmo sostenido y vibrante -como dice Gutiérrez-, pero no ronca ni muy desafinada. El instrumento, efectivamente, tiene el nudo de la caña que distorsiona su forma, un poco. La música cobra esa calidad nostálgica, diría, más por la atmósfera entrañable del lugar -la comunidad encima del lago, cálida y muy hermosa, en el silencio y el viento que la acaricia y rodea. Ya sé, en todo caso, cómo suenan los muqunis. Ya sé que la fiesta no se ha perdido y que, de lejos, está profundamente viva en la identidad de los jóvenes que cada año crean nuevas piezas de música para recibir y despedir a sus almas.  En Tarata, en tanto, me dicen, los boleros siguen siendo "todavía” tocados de esa manera fragmentaria, pero también están los mariachis y los huayños con acordeón y mucha cumbia y chicha.

Jenny Cárdenas es artista.

 

 


   

63
2

Comentarios

Otras Noticias