La sociedad de los motoqueros

Leticia Sainz
viernes, 8 de noviembre de 2013 · 20:33
Hay dos familias destrozadas. La primera porque, contra toda naturaleza, vio partir para siempre a su hijo en la plenitud de la edad y con todo por hacer y conocer todavía. La segunda, porque también contra toda naturaleza  verá envejecer al suyo entre las cuatro paredes de una cárcel. Ambas son noticias extremadamente tristes. Más la primera, por supuesto, porque la muerte no admite debate, es el punto final.
Alejandro y Hardy son los protagonistas de esta historia. Jóvenes fuertes, en la plenitud de sus vidas. Alejandro está muerto y fue asesinado por Hardy sin más motivo que el supuesto raspetón en una moto. Absurdo móvil y violencia extrema que nos muestra que algo está pasando en la juventud que probablemente todavía no lo hemos asimilado con la profundidad con que debemos tratar los temas de nuestros hijos. Y no se trata solamente de inseguridad ciudadana. Va más allá, mucho más allá.En los años 70, los Hell’s Angels eran la imagen viva de la juventud rebelada ante el status quo. Los emularon en La Paz,  Marqueses  y Calambeques que montados en sendas motocicletas y vestidos con ropas de cuero negro hicieron lo propio. En el camino, también partieron al más allá jóvenes de ambos sexos, por ejemplo, Miriam Márquez, hermana de los Marqueses. Motocicletas y ropas de cuero decían mucho: pandillas, rebelión con causa o sin ella, respuesta de inconformidad a una sociedad en pleno cambio, drogas, violencia y absoluta falta de límites.En el siglo XXI en Santa Cruz, la motocicleta y las ropas de cuero negro, pese al calor intenso, son el símbolo de otra cosa: poder, dinero, alta clase, facilidad de acceso a aventuras que cuestan plata; irrespeto por los demás (yo misma he sido víctima de la bulla de los llamados motoqueros al estar cerca de su parqueo callejero); irreverencia. No son pandillas; no son contestatarios al sistema, son los genuinos representantes de él; parecen rebeldes e inconformes pero no es así, sólo usan las motos como deporte de aventuras; probablemente no se drogan pero beben cerveza en cantidades industriales y tampoco tienen límites.
Hardy es el representante de ese modelo. Joven  que aspira a moverse entre las altas clases, que maneja dinero sin el límite que sólo pone quien se lo ha ganado con trabajo, violento como muestran sus antecedentes penales e irracional hasta el absurdo de impedir que algún otro joven, presente en los minutos de la tragedia, pudiera ayudar a Alejandro porque quería "que sufra como sufrió su moto”.
Los símbolos de ascenso social son importantes y más aún en una sociedad que, nuevamente y después de casi cinco décadas de los convulsionados años 70, está cambiando de nuevo. Algunos sesentones sostienen que los jóvenes de hoy ya no tienen utopías, que son muy individualistas, que sólo aspiran al bienestar material y otros ataques a quienes están hoy en la plenitud de sus vidas, como Alejandro y Hardy.
Yo milito en el equipo que cree que la sociedad de hoy, con todas sus tecnologías y sus adelantos, es más difícil que la nuestra; hay más competencia y menos trabajo; las diferencias entre ricos y pobres se han abierto abismalmente y muestran con claridad que esa utopía de una mejor redistribución de la riqueza  ha fracasado. Hoy, los ricos son más ricos y los pobres más pobres y los jóvenes deben luchar el doble para conseguir un trabajo y ya no hablemos de un ascenso social. Creo que por eso hay muchos "hardys” que llegan a los límites de la legalidad o incluso a la ilegalidad para poder contar con medios que lo acerquen a la sociedad de los "motoqueros”.La sociedad boliviana se ha estremecido con el asesinato de Alejandro y nos hacemos cargo del dolor de su atribulada familia pero, desde lejos, también nos condolemos por la familia de Hardy porque su sola presencia nos recuerda lo que vivimos todos los días y no queremos mostrar porque no es la fase más bonita de nuestras ciudades.
Crímenes inverosímiles por un celular o una tablet. Jóvenes que parten para siempre sólo por el pecado de haber accedido a uno de esos instrumentos de la sociedad de hoy y los que quedan, presos en cárceles hacinadas, por el delito de querer poseer uno de esos símbolos. A tal punto debe ser la frustración que no les importa matar para obtenerlo.
¿Falta de valores?, probablemente sí, pero lo más profundo dice que hay una sociedad que ostenta y otra que mira; una que tiene y otra que no tiene. No soy amiga de frases como "los hijitos de papá” porque conozco a muchos que trabajan incansablemente porque llevan la responsabilidad de tradiciones familiares y no tienen motos.
La sociedad cruceña, una de las más organizadas de nuestro país, reaccionó inmediatamente con una multitudinaria marcha en contra de la inseguridad ciudadana. Lamento discrepar pero esta tragedia no era causada por la inseguridad ciudadana solamente. Hay más de fondo. Necesitamos políticas públicas que expresen lo que siente la sociedad como necesidades insatisfechas: control de armas, educación vial, oportunidades de trabajo para los jóvenes –dicen las estadísticas que nueve de cada 10 profesionales egresados de las universidades no consiguen trabajo en el primer año– posición social frente a la corrupción o el dinero fácil, justicia más justa, etcétera. Nada de esto está en las prioridades de nuestros planes y programas gubernamentales, ni nacionales ni locales.
Los programas de formación técnica profesional siguen siendo marginales, no hay incentivos y cuando los hay, no tienen la prioridad que debemos darle. Todavía están en manos de la cooperación internacional y no son una política de estado sólida, priorizada.
Hay mucho por hacer, sin duda. Lamentablemente no participarán de estas tareas ni Alejandro ni Hardy y la sociedad boliviana tiene nuevas heridas que difícilmente podrán curarse. ¿Cómo hacerlo cuando se han truncado vidas y se ha perdido un hijo?

Leticia Sainz es periodista.

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