Oscurantismo en la educación boliviana

Henry Oporto
sábado, 14 de diciembre de 2013 · 18:50
 El ministro de Educación, Roberto Aguilar, ha tenido la ocurrencia de decir en un seminario internacional en Argentina que Bolivia no hace evaluaciones educativas del tipo PISA por considerarla "una imposición neoliberal”.  Tal vez Aguilar ignore lo que es el PISA (Programa Internacional para la Evaluación de  Estudiantes), de lo contrario no sería tan temerario. 
Bien, es probable que esté ofuscado por prejuicios ideológicos. No por nada la "revolución educativa” que conduce es más un programa político altamente ideologizado que un proyecto educativo.  
Pero lo suyo puede ser también una coartada para ocultar una realidad que conocemos y que cualquier evaluación seria corroboraría: el rezago educativo en Bolivia y la baja calidad en la enseñanza en todos los ciclos. Una situación que se agrava por las pronunciadas brechas de calidad entre la educación privada y la pública, y entre la educación urbana y la rural, resultado de lo cual es la alta desigualdad social.
Si nuestros estudiantes se sometieran a una prueba internacional con seguridad saldrían muy mal parados y nadie podría   sorprenderse porque sería apenas el reflejo del estado ruinoso de nuestra educación, abandonada a su suerte por un Gobierno que, a título de "descolonización”, impulsa una contrarreforma de la Reforma Educativa de 1995, haciendo de aprendiz de brujo e improvisando cambios en el modelo educativo, lo que a la postre ha de suponer un mayor retraso educativo, científico y humano. 
No es casual que en ocho años no se haya realizado ninguna medición de la calidad educativa en el "sistema educativo plurinacional”.  
Cuando cada vez más países deciden someterse a pruebas internacionales estandarizadas, el que nuestro Gobierno rechace esta clase de mediciones es, lo menos, una conducta oscurantista. Falta que se ordene la quema de libros "capitalistas” y "neoliberales”. 
Debemos reconocer, con todo, que el problema no está sólo en el Gobierno y su incapacidad de conducir un verdadero cambio educativo, modernizador, científico y democrático; en realidad, es el conjunto de la sociedad que mantiene una actitud pasiva e indolente frente al rezago educativo. Probablemente se sienta más cómoda escondiendo la basura debajo de la alfombra, pero si esta actitud se sigue perseverando el país está condenado al subdesarrollo y la pobreza.  
El contraste con nuestros vecinos es evidente. Los países latinoamericanos, incorporados a las mediciones PISA, entendieron que la mejor forma de apreciar su situación educativa es comparándose con otros países y no aislándose u ocultando sus falencias. 
El informe PISA no es sólo una prueba de rendimiento  ni se limita a fijar posiciones en un ranking, sino que, a partir de los resultados acumulados y las comparaciones, realiza un diagnóstico de los sistemas educativos y analiza factores socioeconómicos y condiciones académicas de los alumnos, sus familias y los centros de enseñanza, para luego prescribir un tratamiento que considera aspectos pedagógicos, pero que, además, incide en optimizar el gasto educativo, equilibrar el reparto de cargas lectivas, fomentar la autonomía de las escuelas, las evaluaciones externas, la rendición de cuentas, etcétera. 
En lugar de temerle a la evaluación de PISA, nuestros vecinos han resuelto participar y aceptar sus resultados, lo que les permite tener referencias objetivas claras para concebir mejor sus políticas y ajustar sus programas y sistemas educacionales. Los resultados se muestran en sus paulatinos progresos, unos más que otros.  
La calidad educativa es hoy día el principal reto de las naciones. De ello depende que estén o no preparadas para la revolución tecnológica y la economía del conocimiento y, por tanto, para avanzar en el camino de desarrollo. 
Tal es la lección de los países asiáticos y de las potencias emergentes. Lo de Chile es notable, es el país latinoamericano mejor evaluado por el Informe PISA y, no obstante, la principal demanda de la sociedad chilena es mejorar la calidad educativa. ¿Se puede dudar que en algunos años más llegue a ser un país desarrollado? 
En Brasil, desde  2006, el movimiento Todos por la Educación, una alianza público-privada liderada por empresarios e intelectuales visionarios y respaldada por medios de comunicación, ha conseguido hacer de la educación un tema prioritario en la agenda pública y que la mejora de la calidad educativa se traduzca en metas concretas asumidas por sucesivos gobiernos. 
Son ejemplos de que la movilización social bien puede romper la inercia de los sistemas educativos. Ojalá suceda en Bolivia, sacudiéndonos del letargo y el oscurantismo. 

Henry Oporto es sociólogo.

 

 


   

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