Bajo la sombra del olivo

Mandela, dando volteos en su tumba

Ilya Fortún
miércoles, 18 de diciembre de 2013 · 20:31
Estoy seguro de que Nelson Mandela ha debido estar retorciéndose de risa en su ataúd, mientras el impostor contratado por el Gobierno sudafricano hacía zonceras con las manos, en lugar de traducir al lenguaje de sordomudos los discursos de la tendalada de mandatarios que asistió a su funeral.
Quienes conocieron al político sudafricano siempre han afirmado que tenía un gran sentido del humor; aquel rasgo, sin duda, fue puesto a prueba en esa bochornosa escena protagonizada por un individuo que, al parecer, no hablaba inglés ni tenía la menor idea de la lengua de signos, y que en su defensa alega haber sufrido un ataque de esquizofrenia durante las exequias.
Más allá de lo tragicómico que hubiera podido resultar el espectáculo, a Mandela ha debido parecerle chistoso lo bien que aquel fiasco podía estar representando las distancias entre lo que se decía de él y la realidad de su intensa vida.
Le ha debido causar gracia al expresidente que miles de personalidades y líderes de opinión en todo el mundo hayan agotado todos los adjetivos y hasta la última gota de tinta en retratarlo luego de su muerte, como una especie de santo, de espíritu y conducta intachable, con un aura de perfección por encima del bien y del mal.
De poco sirvieron sus esfuerzos en vida para intentar proyectar una imagen de sí mismo más real y discreta, acorde con la trayectoria de un político que muchas veces debió tomar decisiones difíciles, y que tuvo luces y sombras, como cualquier otro.
Habrá sonreído al constatar que su muerte ocurre en una época oscura, de vacíos de liderazgo, en un mundo que sufre  una crisis económica, pero sobre todo  una crisis de valores, y que busca desesperadamente en el pasado referentes que alivien un poco la miseria de la realidad presente, aun a costa de inventar mitos.
Tanta es la mediocridad y la intrascendencia de los protagonistas de este mundo plano, que se debe llenar la necesidad de humanidad y espiritualidad de la gente con imágenes y semblanzas forzadas de un superhombre que no lo fue, y que nunca quiso serlo.
Menos gracioso le habrá parecido al líder negro que la exélite blancoide y racista de un paisito al otro lado del mundo se haya desgañitado y llenado la boca de loas para él, con la doble intención de denostar la ya maltrecha imagen de su presidente indígena.
Más allá del mal gusto de utilizar la muerte de alguien para atacar a otra persona, le ha debido indignar que una punta de racistas consuetudinarios haya tenido el tupé de tirarse al suelo lamentando su muerte para, inmediatamente después, arremeter su odio racista contra el que siguen llamando un "indio de mierda”.
Un "indio de mierda” para ellos, no por la orientación de su gobierno ni por su carácter demagogo y autoritario, sino por el hecho mismo de ser un indio; ignorante, resentido y ladino a priori por su condición racial, y producto del error histórico de no haberlos exterminado a tiempo, como hicieron en otros países de la región.
Así es como sigue pensando una gran parte de caballeros y damas de sangre azul, que ejercieron viciosamente el peor de los racismos, en la medida en que ni siquiera tuvieron que recurrir a un sistema legalmente establecido, como el apartheid sudafricano.
Acá no había ni una sola línea escrita, pero el racismo se ejercía a rajatabla en todos los ámbitos imaginables.
Esa misma élite blanca que se benefició con ese perverso sistema racista de facto, y que hoy, además, se victimiza y lloriquea por supuestas represalias, hace gala nuevamente de su cobardía, ensalzando la figura de Mandela para atacar -resaltando las diferencias- al indio que simboliza la pérdida de sus privilegios. Un verdadero asco.  
 

Ilya Fortún es comunicador social.

Habría sonreído   al constatar que su muerte ocurre en una época oscura, de vacíos de liderazgo, en un mundo que sufre una crisis económica.


 

 


   

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