Transporte público: la salida y la voz

Juan Antonio Morales
sábado, 21 de diciembre de 2013 · 18:56
Una extrapolación de las ideas del famoso libro de Albert Hirshman (1915-2012), Salida, Voz y Lealtad, nos puede ayudar para ver mejor el problema del transporte público. Hirshman nos dice que ante el deterioro de la calidad de un bien o de un servicio, los consumidores pueden optar por dejarlo (la salida) o por protestar (la voz).
Si bien las ideas de Hirshman se aplican sobre todo a los consumidores (y a la política), puede ser de interés extender su análisis a los ofertantes del servicio de transporte.
Como se sabe, este servicio depende de un gran número de proveedores privados, pero estrechamente regulados por las alcaldías. Desafortunadamente la regulación parece limitarse a una sola dimensión, que es la de las tarifas, ignorando o controlando muy descuidadamente las otras dimensiones.
Es así que se le presta poca atención al cumplimiento de rutas, al exceso de pasajeros y de horas de trabajo de los choferes y, de manera general, a las condiciones de seguridad.
La fijación de tarifas se efectúa, supuestamente, sobre la base de estudios de costos, que nunca están al día y de que siempre se está a la espera del qué hay que hacer.  Como el mundo es dinámico, tan pronto termina el estudio ya está desactualizado. 
No se necesita, empero, mucha ciencia ni muchos estudios para darse cuenta de que las tarifas vigentes desde hace siete años han quedado muy atrasadas con respecto a la inflación.
Ante la pérdida de poder adquisitivo de las remuneraciones de los choferes y de los capitalistas dueños de los vehículos, la reacción ha sido por la vía de la protesta y también, con prolongaciones de más largo plazo, por la salida. Por la protesta, la ciudadanía ha estado sufriendo varios paros de transporte, a veces con violencia.
La salida se ha manifestado en un deterioro de la calidad del transporte urbano. Es así que un número considerable de los populares taxis de ruta fija (trufis) ha dejado de operar. Los tiempos de espera para tomar un trufi se han alargado considerablemente, lo que tiene costos no despreciables para los usuarios.
Los choferes han respondido también al deterioro de sus remuneraciones reales y frente a la congestión vehicular tomando rutas alternativas a las que tenían asignadas y, peor, no llegando hasta sus paradas e interrumpiendo su servicio a medio camino.
Ni qué decir de las incomodidades de los vehículos de siete pasajeros.
Las condiciones de funcionamiento de los minibuses no son mucho mejores. Los choferes los manejan con mucha imprudencia, haciendo correr riesgos excesivos a los pasajeros,  a los conductores de los otros vehículos y a los transeúntes con los que compiten por el uso de la calzada.
Las incomodidades y falta de cortesía de los choferes son proverbiales. La descortesía posiblemente es un resultado, entre otros,  de la insatisfacción con los ingresos que reciben
La discusión entre los gremios de choferes y las autoridades está demasiado teñida por pulsetas distributivas. Siempre se plantea el problema en términos de suma cero: lo que pueden ganar los choferes lo pierden los usuarios y viceversa.
Rara vez se piensa en esfuerzos para aumentar la eficiencia del sistema, con la que saldrían beneficiados los unos y los otros.
Los pasajes deben aumentar para tomar en cuenta la evolución de precios y costos de la economía, pero a cambio de compromisos verificables de mejor servicio. Si los reajustes se hacen más periódicos serían también más pequeños y no causarían los traumas ni las alteraciones de la opinión pública que se tiene cuando son grandes.
Se puede pensar también en tarifas más diferenciadas que las actuales, según la distancia y según las horas de punta del tráfico.
Las técnicas de las disciplinas que los economistas llaman "organización industrial” y "economía del bienestar” podrían ser útiles para diseñar una política de transporte donde todos ganen. La actual represión de los pasajes no es una solución duradera.


Juan Antonio Morales  fue presidente del Banco Central de Bolivia y es docente de la Universidad Católica.

Los pasajes    deben aumentar para tomar en cuenta la evolución de precios y costos de la economía, pero a cambio de compromisos verificables de mejor servicio.

 

 


   

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