Entre ceja y ceja

¿Quién defiende al consumidor?

miércoles, 25 de diciembre de 2013 · 21:49

 Una especie de sirena aguda de barco retumba en nuestros oídos y nos despierta sobresaltados del intento de siesta sabatina.
¿Soñábamos que yacíamos en algún puerto ignoto, viendo pasar los barcos fantasmales sin saber de dónde venían ni hacia qué lugar se dirigían? No, de ninguna manera, es el camión del gas licuado que ha decidido poner a prueba nuestros tímpanos y nuestro carácter.
Una y otra vez se repite el escándalo hasta que por fin se aleja el esperpento motorizado del espantoso ruido, porque todavía tiene muchos vecinos a quienes atormentar esta tarde.
Un grito intempestivo, palabrotas, jalada de cabellos... ha llegado la cuenta del agua y el monto que consigna la boleta es cuatro veces superior al anterior mes.
Aparentemente, el consumo ha subido en la misma proporción, pero nadie en la casa ha practicado natación en la sala ni hemos logrado florecer un jardín sediento en el último mes.
Es más, el departamento es pequeño, tiene sólo un baño, la ducha es una lorenzetti que apenas deja caer unas gotas, si las queremos tibias. La ropa la lava la lavandera en alguna vertiente de su zona y la trae limpia y planchada.
El "maistro” del trufi o del minibús nos amenaza e insulta si nos atrevemos a poner en duda su pericia luego de la quinta vez que estuvimos a punto de chocar, y la cosa se pone realmente peliaguda si nos percatamos de que -¡oh desgracia!- no traemos "cambiado” para pagar la tarifa.
Carga gasolina con el vehículo repleto de pasajeros, da un concierto molto vivace de bocina en todo el trayecto, cambia de ruta de acuerdo a su conveniencia y nos obliga a dejar el motorizado en medio de la calle, mientras los otros automóviles nos pasan rozando a toda velocidad.
En el supermercado el niño ha golpeado accidentalmente una torre de cajas de leche colocadas en medio del pasillo y el resultado es un drama: un charco lácteo se forma de inmediato a la par que llegan presurosos los inspectores a calificar el tamaño del desastre.
La decisión es inapelable y pasamos rápidamente de la categoría de clientes a la de cuasi-delincuentes, sin salir de nuestro asombro. Nos escoltan hasta la caja registradora, donde el presupuesto del mes destinado a los abarrotes se volatiliza resarciendo los daños del incidente.
El celular de última generación, comprado con el ahorro de todo el año, no funciona. Vamos hasta el local en el que hicimos la compra y como respuesta nos hacen sentir como seres atrasados, "analógicos”, que lo que no sabemos es "usar” esta flamante tecnología.
Nos retiramos cabizbajos, no sólo porque debemos retornar a nuestro vetusto aparatito que "sólo” sirve para hablar por teléfono, sino porque sentimos todo el peso de la decadencia.
La economía de mercado nos ha convertido a todos en consumidores, es decir, en seres que le importamos a la sociedad en la medida en que compramos y somos parte del engranaje que reproduce al infinito la lógica mercantil del intercambio.
Pero esa misma forma de organización social prevé mecanismos de defensa ante los abusos que los aprovisionadores pueden ensayar con nosotros.
Lamentablemente, en Bolivia estamos acelerados en aquello de incorporarnos al mercado, pero francamente desprotegidos ante los proveedores de bienes y servicios. Las superintendencias y el sistema de regulación nunca funcionaron y ahora ni siquiera existen.
En esta época de Navidad y de "doble aguinaldo”, en la que la gente asiste desenfrenada a una vorágine de consumo total, la cuestión de la indefensión de los consumidores se  convierte en algo inenarrable.
Compramos, compramos y compramos, sin garantía alguna de que los productos, bienes o servicios, funcionen para lo que están diseñados. Estamos librados al azar del mercado y no hay mecanismos que nos protejan.
Vivimos con una enorme sensación de desamparo ante los dueños de la situación. 
En otras latitudes, el incremento de la competencia fue la solución. Sin embargo, las señales que percibimos son en sentido contrario: van hacia la concentración y el monopolio. De allí que la pregunta tenga la urgencia de la desesperación: ¿quién defiende al consumidor?

Ricardo Paz Ballivián es sociólogo

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