Somos sujetos pasivos de la corrupción

Eduardo Mendizábal Salinas
jueves, 26 de diciembre de 2013 · 20:40
Según el estudio Global Risk Analytics,  en Sudamérica sólo Bolivia acompaña a Venezuela entre los países enmarcados en el grupo donde existe un "riesgo extremo” de corrupción, al igual que México, Guatemala, Nicaragua, El Salvador en América Central y del Norte.
La carencia de leyes de transparencia, leyes anticorrupción, antisobornos, la nula aplicación de éstas y la falta de resolución de casos corrupción afectan directamente   la posición obtenida por los Estados en esta indecorosa lista, donde los primeros 70 son considerados de "riesgo extremo” de corrupción.
Si bien el informe -publicado a fines de septiembre pasado- coloca una espada de Damocles sobre el aparato estatal, particularmente, no debemos limitarnos y endilgarle todas las culpas a instituciones donde, por algunos malos funcionarios     - entiéndase corruptos-, se genera una situación, que de lo particular pasa a comprometer lo global, en este caso al Estado.
La corrupción forma parte del diario vivir y de ella nos hacemos partícipes los ciudadanos, muchas veces sin darnos cuenta de que somos sujetos pasivos de la misma, que la fomentamos cuando compramos mercadería de contrabando o adquirimos un libro, una película o un programa de computación pirateados, vendidos en los miles de puestos callejeros o mercados de nuestro país.
Es corrupción no pagar los impuestos por importación y no respetar los derechos de autor.
Cuántos canales de televisión –a vista y paciencia de la ATT- piratean películas y programación, recurriendo a la televisión por cable o a películas expendidas en formato DVD o Blue Ray.
¿Por qué el organismo regulador no exige a estos medios que presenten los derechos de exhibición que validen la legalidad de la emisión, como sucedía hasta hace algunos años? Eso es fomentar la corrupción.
Utilizar la publicidad de las empresas del Estado para favorecer a aquellos medios que quieren hacernos creer que vivimos en la Suiza de Sudamérica, también es corrupción, y es  agravada porque puede ser tipificada como discriminación porque no expresarse a favor del modelo imperante.
Adquirir bienes para el Estado sin previa licitación es incurrir en una sensación directa de falta de transparencia, lo que decanta en sospechas de corrupción, las más de las veces confirmadas a posteriori.
Ejemplos como Papelbol, las barcazas chinas o aquellos cobros abusivos en DIGCOIN, vinculados al lucrativo negocio de la coca para acullicu u otros fines, lícitos e ilícitos, son un claro ejemplo de que la corrupción se pasea campante por nuestro país.
Las permanentes denuncias contra autoridades políticas, policiales y del aparato judicial, ahondan en la sociedad el criterio de que la corrupción tiene carta de ciudadanía.
Ahora bien, corrupto es quien se favorece ilegalmente con dinero u otras especies, pero también lo es quien entrega ese dinero o esas especies a cambio de algo, por más insignificante que sea.
Son muy pocos los acusados de corrupción que han llegado a poblar las cárceles del país, el encubrimiento es uno de los elementos que más la favorece. La denuncia muchas veces ha sido utilizada por inescrupulosos como arma de chantaje para obtener beneficios personales, monetarios, fundamentalmente, a cambio de guardar silencio.
Asistir a un evento social y pasarle unos pesos al garzón para que no falte bebida alcohólica en la mesa es fomentar la corrupción a un empleado que está percibiendo un salario por sus servicios.
No respetar la fila en un espectáculo o trámite, incrustándose o mandar a alguien para que haga la fila es otra forma de corrupción.
El informe en cuestión analiza a 197 países -tanto en el sector público como privado- y no  se debe confundir con el Índice de Percepción de Corrupción publicado por Transparencia Internacional, que mide cuán palpable es la corrupción para la muestra entrevistada.
No seamos sujetos pasivos de un mal endémico que coloca al país en una incómoda situación en el contexto internacional, humillante y vergonzosa, diría,  por su aberrante complicidad.


Eduardo Mendizábal Salinas

 es periodista.

No seamos    sujetos pasivos de un mal endémico que coloca al país en una incómoda situación en el contexto internacional.

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