Cartuchos de harina

Evo y el Cristo aimara resucitado

Gonzalo Mendieta Romero
viernes, 27 de diciembre de 2013 · 20:50
Con gran espíritu prenavideño, el Vice dijo que "Evo es como Cristo resucitado”, en la oficialista Confederación de Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB). Y no abundaron los intérpretes oficiales de esa frase, justo cuando no era Evo quien los requería con urgencia.
Por eso haré aquí de oficioso explicador vicepresidencial, siguiendo al maquinador Ignacio de Loyola. Él aconsejaba: "Todo buen cristiano ha de inclinarse más a salvar la proposición del prójimo que a condenarla”. Y no es simple salvar las palabras ajenas.
Es un avance que, para referirse al Presidente, el Vice -un admirador de los "duros”- tenga en mente a Cristo y no a Robespierre o, por último, a los Bonaparte.
Los Napoleones gozaron -en distintos tiempos- del poder surgido del revolucionarismo francés. Guardando las distancias, Evo es más una singular especie de bonapartista que un Cristo, pero se entiende que un político como el Vice intente parangones gentiles -en época navideña- enfrente de los de la CIDOB, más enterados de las virtudes de Jesús que de las peculiaridades de los Bonaparte.
Luis Bonaparte, por ejemplo -por quien se usa el término "bonapartismo”-, era un personaje carismático como Evo: concentraba todo el poder, representaba a la masa de pequeños propietarios, se estornudaba a menudo en la burguesía y (dentro de las apariencias) en los límites constitucionales, confirmando su poder con populares referendos.
Según Marx, este Bonaparte fungía de árbitro de la lucha de clases, aunque al final era nomás expresión del poder dominante. Por fortuna esta última parte del análisis sólo vale para los marxistas, que son una exigua minoría del oficialismo, ni qué decir de la oposición.
Al asemejar a Evo con Cristo, el Vice se esforzó (en exceso) en esbozar un cuadro de potencia religiosa, como ese bello óleo, Cristo Aimara, que Guzmán de Rojas pintó mucho antes de enloquecer.
La locura no es, sin embargo, tema de esta columna, pues exagerar no es sinónimo de desquiciamiento. Así que los fans del Vice pueden ir en paz: exageración y política tienen un añejo matrimonio de conveniencia. Y el Cristo Aimara es muy macanudo para mezclarlo en estos asuntos.
Otro boliviano, artista como Guzmán de Rojas, supo también de la fuerza de comparar de corazón la vida de los bolivianos pobres -que al crecer son mineros o soldados maltratados- con la de Cristo. Alfredo Domínguez cantaba con voz delicada al Mesías que llega a la chocita rural, de la que sale Juan Cutipa, a quien dentro suyo nadie humilla porque -asegura, aludiendo a lo trascendente- "todo esto es tan cierto”.
Y no vamos a exigir a un político que iguale a Domínguez y su mensaje navideño. Como hombre sensible y popular, Domínguez portaba más amor que bronca. Un político duro tiene, en cambio, compromisos con el poder, no con la compasión. Más en estos tiempos, fecundos en navajazos.
En esa frase de García Linera se coló, por otra parte, una admisión de que la religión tiene poderes más duraderos que la política.
Frente a Cristo, Lenin o el mismo Katari quedan disminuidos. Y parafraseando la sorna de La Rochefoucauld, si la política busca asimilarse a la religión, quizás estemos ante un homenaje que el vicio quiera hacerle a la virtud. Además, no está mal que los políticos, por realistas que sean, rindan tributo -si bien inconsciente- a las esferas que no logran dominar.
Hasta Lennon soltó en su euforia juvenil que Los Beatles eran más famosos que Jesucristo y, pese a eso, lo seguimos oyendo a los 33 años de su muerte, si bien algo descreídos de su resurrección.
Evo tendrá unos 33 años de vida por delante, así que el Vice sólo se ha anticipado un tris. Tampoco ha sugerido -digo yo- la crucifixión de Evo.
Como han visto, las palabras del Vice se pueden salvar tal cual pedía San Ignacio. No hay por qué ensañarse con otra fallida analogía navideña. Para la próxima Navidad bastará aprender de los que llenan crucigramas. Si tiene -como Cristo- seis letras, vertical, no encaja un nombre de tres. Es cuestión de práctica.

Gonzalo Mendieta Romero
es abogado.

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