Economía de papel

La labor de un opinador

Alberto Bonadona Cossío
viernes, 27 de diciembre de 2013 · 20:52
La palabra opinador no existe en el diccionario. Es una palabra preferida por el ministro de Economía para referirse de manera despectiva y, creo, con el afán de descalificar las opiniones de una cantidad muy grande de personas que vierten sus pareceres sobre una diversidad de temas.
Son opiniones emitidas por unos más informados y otros menos; por algunos con sanas intenciones y otros con alguna o mucha saña. Algunos se inclinan a favor del Gobierno y  otros se muestran en contra.
Están también los opinadores que quieren expresar lo que efectivamente ocurre, esto con las mejores intenciones de explicar lo que ocurre, tal como es.  Entre estos últimos quiero ubicarme yo, y esperaría que lo hagan la mayoría de los opinadores.
 La idea es expresar opiniones que se acerquen lo más posible a criterios técnicos expresados con el mayor sentido de objetividad. Por supuesto, este intento no puede liberarse de tener algún tipo de sesgo. Inevitable condicionamiento del cerebro humano.
Lo único que queda en esta posición es explicar las premisas de las que se parte para ver la realidad. Vale decir, mostrar lo más claramente posible el cristal que se usa para ver lo que se explica.
Mis explicaciones, por lo general en el campo económico, parten, por ejemplo, de una concepción particular del mercado. Mientras una gran mayoría de mis colegas economistas ven en el mercado un excelente, hasta único, mecanismo de asignación de recursos, que naturalmente genera los mejores resultados posibles; yo lo considero un asignador de recursos, cuyos resultados pueden ser de toda índole: buenos, malos, feos y muy feos.
Para mí, el mercado tiene un carácter caótico, esencialmente caótico. Este carácter nace de la competencia propia de los mercados, donde mis colegas ven una "mano invisible” que ordena los intereses particulares e, incluso, alcanza un bien colectivo. Yo, en cambio, veo una gigantesca maquinaria que, por lo general, favorece a los menos y perjudica a los más.
Por supuesto que puede impulsar la producción y el consumo, pero lo hace de manera ciega y hace que muchos no posean nunca una plena libertad de escoger o de alcanzar oportunidades abiertas para los que se encuentran en situaciones privilegiadas. Así, el mercado, dejado a su libre accionar, puede aumentar el bienestar promedio de los miembros de una sociedad -lo que no quiere decir de todos- con resultados de aumento en la eficiencia, sin alcanzar de manera natural la equidad.
Para lograr que lo producido se distribuya equitativamente se necesita del Estado, cuyo accionar corrija y reoriente el accionar caótico del mercado. En este sentido, veo que hay políticas estatales que favorecen al mercado, pero no tienen componentes de equidad.
Critico, por lo tanto, cuando un gobierno que se muestra en favor de los menos favorecidos, presenta acciones que favorecen el interés de los más poderosos económicamente, como si tuvieran resultados diferentes.
Por ejemplo, se muestra la mayor bancarización o el mayor número de cuentas, como un proceso de alta democratización de la banca. En un mínimo sentido lo es, pero una real democratización de la banca se alcanza con una mayor democratización de su propiedad, vale decir, cuando los títulos accionarios, en vez de concentrarse en unas cuantas manos, alcanzan a millones de ciudadanos.
 Si este juicio suena a crítica de una política estatal, bienvenido la crítica. Si con esto soy más o menos opinador, no interesa.
También puedo colocar en el lado más positivo de mi análisis el descenso de los precios del mes de noviembre o el que se estima en diciembre. No por eso me subo al carro del mencionado ministro.
Puedo, incluso, apuntar que exageré el efecto inmediato del segundo aguinaldo en el nivel de precios, porque eso fue lo que consideré que iría a ocurrir. Ya quisiera cualquier economista tener instrumentos de estimación y predicción que sean más perfectos que los de la física o la química.
Tan opinador es el ministro, igual que yo, cuando estima lo que puede ocurrir en un futuro cercano o lejano. Y no se lo digo para descalificarlo, sino para que se una al club de opinadores que intentan ser objetivos desde el ángulo que les toca vivir, sin descalificar a nadie.

 Alberto Bonadona Cossío
 es economista.

Tan opinador es   el ministro cuando estima lo que puede ocurrir en un futuro cercano o lejano. Y no se lo digo para descalificarlo.

 

 


   

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