Precisiones

La trampa chilena y un necesario mea culpa

Fernando Salazar Paredes
viernes, 27 de diciembre de 2013 · 20:51
El presidente Evo Morales ha expresado públicamente que "sobre el tema del mar (sabemos que Chile) tiene una política de Estado que dudo que puedan cambiar, que hemos caído en la trampa, durante la gestión de Bachelet… El diálogo siempre estará abierto, pero sin suspender la demanda que tenemos ante los tribunales de La Haya”.
El arte de la trampa –lo leí en alguna parte y lo compruebo día a día– es parte integrante de una larga tradición de quienes detentan el poder, no sólo en Bolivia sino en todo el mundo.
En política internacional, la trampa es algo muy común, pues se trata de una interrelación, no de angelitos que revolotean inocentemente, sino de unidades políticas que obran en función de sus intereses para plasmar una posición de poder con respecto a otros, que buscan los mismos intereses.
Maquiavelo reconoce que la trampa es parte de la complejidad que implica desear el poder y Weber sostiene que quien ejerce la política debe estar consciente de que existen paradojas éticas en su ejercicio.
Sobre el tema, el excanciller Armando Loaiza cree que más que trampas hubo un desencanto político y que las negociaciones con el vecino país deben realizarse con base en la diplomacia y no en los golpes mediáticos.
Cabe, entonces, discernir si nos tendieron una trampa o si caímos en nuestra propia trampa.
Para los que no somos extraños en el intrincado arte de la negociación internacional y hacemos un seguimiento responsable y sostenido de lo que pasó y no pasó, las cosas estuvieron bien claras desde los inicios de la gestión de Bachelet y tuvieron continuidad con Piñera.
El tema marítimo se introdujo en la agenda de los 13 puntos y Bachelet, a través de su ministra de Defensa, Vivian Blanlot, rayó la cancha de entrada: "Yo creo que el Gobierno de Chile está dispuesto a buscar una salida al mar, pero eso no quiere decir que está dispuesto a entregar soberanía… podríamos buscar otras formas”. Piñera continúo, aunque de manera más torpe, con la misma línea.
Nuestro Gobierno nunca tuvo una lectura adecuada de la situación porque cometió dos graves errores: no contó con personal idóneo para entender el mensaje chileno, o llevar adelante la gestión, y esperó, ingenuamente, que Chile presentara una propuesta, todo ello en medio de la lisonja chilena que se aprovechó de una eterna construcción de la confianza mutua.
Hay tres puestos diplomáticos claves: el Consulado General en Santiago, la Embajada en Lima y la representación en la OEA. Salvo alguna excepción en Santiago, quienes fueron allí nunca tuvieron, ni tienen, las cualidades necesarias –formales y de fondo– para desempeñarse idóneamente.
En Lima el caso es crítico: los dos embajadores hicieron sucesivamente todo lo que no se debía hacer. Lo de la OEA es tan patético que no vale la pena acordarse, para no entrar en una depresión.
Nadie propone nada que afecte sus intereses. La estrategia de esperar que Chile presente una propuesta factible no sólo es ingenua, sino que no tiene un mínimo de sentido común.
A Chile no le interesa cambiar el actual estado de situación; es Bolivia la que debe originar la propuesta factible.
Comodidad, incapacidad o falta de oficio, lo cierto es que este aspecto incidió en que no se avance ni un ápice en la negociación.
Ante esta situación, y en una suerte de entendible desesperación, Bolivia optó por la delicada y peligrosa vía judicial. Esta vez se actuó proactivamente, pero se continuó con el error de no llevar a La Haya personal con experiencia en negociaciones y procesos internacionales.
¿Nos tendió Chile una trampa? Los hechos demuestran que caímos en nuestra propia trampa porque no actuamos como debíamos haberlo hecho, ya que quienes manejan nuestra política exterior, ofuscados por la concupiscencia del poder y sin entender lo que estaba pasando, bailaron al son de la cueca chilena.
Si tuviéramos estadistas que conduzcan nuestras relaciones exteriores, procedería entonar un mea culpa de todo lo sucedido y rectificar el rumbo y, dentro de esa aparente estrategia de dialogar blandiendo el garrote amenazador de la demanda en La Haya, rescatar la figura de la hoja de ruta que alguna vez –aunque sea por casualidad- la enarboló el actual canciller y nombrar, en Santiago, Lima y la OEA, personal idóneo, con experiencia y credibilidad internacional, como lo hacen Chile y Perú.
Si no se confiesa íntimamente esta mea culpa y no se reencausa el manejo de este tema fundamental de nuestra política exterior, más allá de los "golpes mediáticos”, las futuras generaciones señalarán con el dedo acusador a quienes malgastaron una oportunidad que, dígase lo que se diga, nos brindó Bachelet en su primer periodo.
Dicen que hay cargos que hacen a los hombres y que hay hombres que hacen a los cargos. En las actuales circunstancias, en Lima, Santiago y la OEA no pasa ni lo uno, ni lo otro.
 
Fernando Salazar Paredes e
s abogado internacionalista.

Confidencial

Si te interesa obtener información detallada sobre el proceso electoral, suscríbete a P7 VIP y recibirás mensualmente la encuesta electoral completa de Página Siete.

Además, recibirás en tu e-mail, de lunes a viernes, el análisis de las noticias y columnas de opinión más relevantes de cada día.

Tu suscripción nos ayuda no solo a financiar la encuesta sino a desarrollar el periodismo independiente y valiente que caracteriza a Página Siete.

Haz clic aquí para adquirir la suscripción.

Gracias por tu apoyo.

Valorar noticia

Comentarios

Otras Noticias