La verdad de la milanesa

Esa espinosa cosa llamada sucesión

Pablo Stefanoni
lunes, 2 de diciembre de 2013 · 20:34
Hace 90 años, convaleciente y crecientemente aislado, Vladimir Ilich Uliánov -más conocido como Lenin- intentó dar un golpe de timón a su propia sucesión, redactando un testamento en el que incluía una frase premonitoria: "Stalin es demasiado rudo […] propongo a los camaradas que vean el modo de retirar a Stalin de este puesto [de Secretario General] y de nombrar para este cargo a otro hombre que difiera del camarada Stalin en sólo una cualidad, es decir, que sea más tolerante, más leal, más correcto y más atento con los camaradas, menos caprichoso, etcétera”.
Claro, probablemente las palabras "rudo” o "caprichoso” no sirvan para dar cuenta de todas las dimensiones de la forma de ejercer el poder del padre de los pueblos. Se trató, sin duda, de una de las sucesiones más dramáticas del siglo XX, que terminó con casi toda la cúpula bolchevique fusilada, después de aceptar frente al fiscal acusaciones tan espantosas como inverosímiles.
La historia de las sucesiones es una historia en sí misma que informa sobre las culturas políticas, las formas de ejercer el poder y las trayectorias institucionales de los países.
Más recientemente, algunos compararon la citada transición soviética con la ocurrida en Venezuela. Un también convaleciente Chávez invistió por televisión a Nicolás Maduro como su sucesor, tratando de transferirle esa inmensa aura que hizo del jefe bolivariano un político imbatible por casi década y media, pese a los innumerables problemas de su revolución. Bloqueó así al boliburgués Diosdado Cabello.
Pero las comparaciones en este sentido no nos llevarán muy lejos: ni  Cabello, presidente de la Asamblea Nacional y hombre fuerte en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), es Stalin, ni quien finalmente heredó el poder -Maduro- es Trotsky. No obstante, lo ocurrido desde la muerte de Chávez vuelve a dejar en evidencia el problema de las sucesiones para los procesos de cambio. Se puede discutir mucho sobre Venezuela, pero no reconocer la gravedad de la situación no parece la mejor vía para enfrentar los problemas.
La cuestión de las sucesiones es uno de los problemas que más abruma a los líderes en el poder, y cuando los procesos que lideran se piensan como refundacionales, esta situación se vuelve más acuciante.
Un caso emblemático es el cubano, donde la sucesión se realizó por lazos de sangre (Raúl Castro era desde hace décadas el potencial sucesor, además de un poderoso ministro de Defensa y hermano de Fidel). Esa sucesión fue exitosa y tiene tras de sí a las Fuerzas Armadas, con un peso cada vez más fundamental en la política y la economía cubanas, al punto que hoy Raúl lidera un ambicioso, aunque lento, proceso de reformas.
El caso más extremo de sucesiones dinásticas es, sin duda, el de Corea del Norte, donde el mítico Kim Il-sung fue sucedido por su hijo Kim Jong-il y, más recientemente, por su nieto Kim Jong-un.
En el caso argentino, el peronismo es afecto a este tipo de lealtad de familia llevada al absurdo: si Eva Perón tenía todas las dotes para ser la "jefa espiritual de la nación”, María Estela Martínez no tenía ninguna, pero pese a ello Perón la eligió cuando él mismo ya bordeaba los 80 años (para reforzar la cercanía, el binomio resultó en un curioso Perón-Perón).
Más recientemente, en 2005, vendría la "pelea de las esposas”: para derrotar a Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner lanzó al ruedo a su esposa y senadora Cristina Fernández, que se enfrentó a la esposa del expresidente y hasta entonces hombre fuerte del peronismo, Hilda Chiche Duhalde. Finalmente, Néstor y Cristina idearon un sistema de mutuas sucesiones inédito en el mundo, en el que ambos podrían ir rotando ad infinitum burlando legalmente la prohibición de reelección por más de una vez prevista en la Constitución.
Sin embargo, no sólo los populistas están afectados por un problema muy cierto: crear liderazgos populares, especialmente si no son cascarones vacíos, es un proceso de años, más aún en los casos de líderes que nacieron del campo de las luchas sociales. Pero eso no vuelve imposible la tarea.
En el caso brasileño, Inácio Lula da Silva pudo empoderar a la poco conocida Dilma Rousseff, incluso después de un proceso de "lulización” del Partido de los Trabajadores. Con todo, Rousseff no puede prescindir de la popularidad -y de la "sombra”- de Lula.
Sin embargo, otros procesos de los llamados socialdemócratas no escapan a la dificultad de "renovación de la política”: en Uruguay, después de una primera sucesión exitosa con José Mujica, Tabaré Vázquez prepara su regreso triunfal.
En Chile, luego de una sucesión fracasada con Eduardo Frei, Michelle Bachelet triunfó en las elecciones del 17 de noviembre (aunque debe ir a una segunda vuelta). Con su carisma sencillo y "ciudadano”, la duradera popularidad de la exmandataria chilena constituye todo un desafío para la ciencia política y los análisis de opinión pública.
En todo caso, como ha dicho el dirigente mirista Óscar Eid, la verdadera soledad no es la del poder, sino la de haberlo perdido. Y las sucesiones siguen como un espinoso problema...

Pablo Stefanoni es periodista.

 

 


   

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