Serotonina

¿Estamos agotando a las personas?

Iván Arias Durán
domingo, 29 de diciembre de 2013 · 19:36

Acabamos el 2013 y hay que reconocer que en estos 12 meses amé, lloré, luché, reí, cometí errores, aprendí, soñé, sufrí, crecí, pero conocí a personas, hombres y mujeres, increíbles que me ayudaron a pasar cada una de las etapas y momentos que me han permitido estar aquí: vivo y con esperanzas de que el año que viene seguiremos en la brega.
Por todo ello, siempre le pido al  Señor: "Dame la gracia de seguir tu llamado, cueste lo que cueste y cumplir mi misión. No me abandones  Señor”.
Dicen que cada fin de año es motivo para evaluaciones, y es saludable hacerlo para, así, darnos la oportunidad de empujar nuestros logros y acabar con nuestras debilidades.
Ya lo decía René Descartes: "Para mejorar nuestro conocimiento debemos aprender menos y contemplar más”.  En ese entendido, siempre considero que las caídas nos preparan para las subidas.
Es decir que  los malos momentos que nos pone la vida, los errores que cometemos, son una oportunidad para, contemplando sabiamente, probarnos del material que estamos hechos y fortalecer nuestra memoria para no volver a cometer los mismos desaciertos.
Llegó a mis manos un artículo de Diego Ulloa (2013) sobre el "Agotar a las personas”, que me provocó preguntas personales y sociales. Las interrogantes personales están referidas: a) ¿cómo trato a las personas: como objetos o como sujetos? ¿Cómo recursos o como talentos?; b) doy amor verdadero o ¿sólo espero que me lo den? ¿Soy mezquino en el dar?; c)  ¿me encanta destruir a las personas, haciendo resaltar sus errores y ocultando sus virtudes, para así establecer una relación comercial donde todo tiene precio?; d) ¿estoy lleno de promesas mentirosas que no cumplo y me da igual no haberlas realizado jamás?; e) ¿me encanta hurgar el pasado no para liberar, sino para anclarme en él  e impedir ver el presente y volar en búsqueda del futuro?
Como les decía, el mencionado artículo de Ulloa también me provocó preguntas sociales, es decir, preguntas relacionadas con la situación del país: de nosotros como gobernados y de nuestros ocasionales gobernantes. Esas preguntas le invito que usted las haga después de leer el artículo:
Una persona se agota cuando la consideramos un recurso o un espejo. Se agota cuando nos aferramos, cuando compramos su libertad a cambio de amor. Se agota cuando se cansa de cargar con nuestras expectativas, cuando se harta de simular para caber en su rol, cuando ya no puede ser espontánea con nosotros, porque está tratando de acomodarse.
Agotamos cuando nuestro amor o nuestro odio es intenso pero mezquino; cuando ese amor o ese odio quiere "todas las perdices”, no se contenta con la única perdiz, la necesaria y la suficiente. Pasa que abusamos de la gente, eso es agotarla.
Agotamos a una persona cuando la tenemos prisionera de un afecto, cuando especulamos, cuando usamos la lógica del comerciante, cuando llevamos una libreta donde apuntamos todas sus faltas y, luego, vamos como infames recaudadores, a cobrárselas.
Agotamos si celamos, pero también si descuidamos al otro. Agotamos a una persona querida cuando nuestro querer está repleto de exigencias, cuando hemos hecho contratos, cuando estamos llenos de promesas incumplidas y cuando la volvemos a atar a una nueva promesa.
Agotamos cuando lo que amamos en el otro es el amor que nos tiene. Una persona se agota si nosotros, como parte de su historia personal, le infringimos cautiverio, la arrinconamos a su pasado, no la dejamos ser por nuestros prejuicios, creemos saber todo de ella y la damos por sentada, despreciamos sus intentos de cambio.
Un guerrero, si ama, no agota a su amada, porque trata siempre de tener ojos nuevos para la relación, porque hace que fluya creativamente, porque hace ofrendas y no exige, ni corrige, ni tolera, ni simula, ni amenaza.
Un guerrero, cuando ama, se da, pero no da lo que no puede, lo que es ilegítimo mantener como propio en una relación de poder: su libertad.
Antes de empezar el nuevo año dediquémosle minutos a la sabiduría de la reflexión. Y, como dice el poema Invictus que inmortalizó al difunto y siempre presente Mandela:
"Mi cabeza sangra, pero no se inclina/. Más allá de este lugar de ira y lágrimas/, es inminente el horror de la sombra/, y sin embargo la amenaza de los años/, me encuentra y me encontrará sin miedo/. No importa cuán estrecha sea la puerta/, cuán cargada de castigos la sentencia/. Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma”.

Iván Arias Durán es ciudadano de la República Plurinacional de Bolivia

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