Menudencias

De campeones y coleros

Juan León Cornejo
miércoles, 4 de diciembre de 2013 · 20:25
El nuestro es un país de extremos y de contrastes. No sólo por las características de su geografía, sus distintos pisos ecológicos, la riqueza y variedad cultural de sus habitantes y las tantas naciones indígenas que cohabitan, mal o bien, en su territorio.
Es un país de contrastes porque decimos respetar la democracia, pero prevalece el autoritarismo. Nos ufanamos de la nueva Constitución, pero se la conculca más que a la antigua.
Por eso, tal vez,  en la escala de contrastes que marca el comportamiento general de sus gentes, en los extremos superiores predominan las características negativas, que relegan a los niveles inferiores a las positivas.
En Bolivia prevalece la cultura machista, por ejemplo, pero las mujeres sacan la cara por su deporte a golpes de puño, de raquetas  de carambolas de billar. Por ejemplo, el único título mundial en nuestra historia deportiva es el de Jennifer Salinas, campeona en la categoría súper gallo de la Federación Internacional de Boxeo. Nathalia Méndez ganó medalla de plata en el Campeonato Mundial Juvenil de Raquetbol, mientras en los recién concluidos Juegos Bolivarianos las únicas dos medallas de oro en billar (bolas ocho y diez) las ganó Viviana Camacho Villarroel. Las mujeres ganaron bronce en fútbol femenino; Nathalia Méndez, Cintia Loma y Jenny Daza ganaron en raquetbol, Lucía Murillo y Norka Claros en frontenis y las hermanas Laura y Natalia Coronado ganaron bronce en clavados.  Es posible que haya más campeonas, disculpas a ellas y felicitaciones a todas.
Pero ésta no es columna deportiva, los méritos deportivos de estas mujeres fueron recogidos sólo para hacer gráfico el contraste con los frutos del machismo prevaleciente. Las cifras indican que en Latinoamérica, Bolivia está en el nivel más alto de violencia física contra las mujeres, con un porcentaje del 64%, por encima de Colombia y Perú (39%), y Ecuador, 31%, según  la ONU. El porcentaje quiere decir que del total de mujeres asesinadas en lo que va de este año, el 64% fueron casos de feminicidio, según el Centro de Información y Desarrollo de la Mujer (CIDEM).
     Nos llenamos la boca cuando se habla de transparencia y lucha contra la corrupción y, por primera vez en nuestra historia, tenemos incluso un ministerio a cargo de esas tareas, pero Bolivia está en el puesto 106, a nivel mundial y sobre 177 países, del índice de percepción de la corrupción difundido esta semana por Transparencia Internacional.
Estamos en igual nivel que Gabón y Nigeria. No por eso de mal de muchos podemos tal vez decir que estamos mucho mejor que Venezuela, que está en la cima  (puesto 160) de los países en que se percibe mayor corrupción y por debajo de Paraguay (150) y Honduras (140).  En contraste, con los menores índices de percepción de la corrupción aparecen Uruguay, Chile y Costa Rica.
    En contraste con esa "tabla de colocaciones”,  Chile es el país latinoamericano mejor situado en la evaluación internacional de estudiantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).   Los chilenos están en el puesto 52, con 423 puntos y le siguen México, Uruguay, Costa Rica, Brasil, Argentina, Colombia, Perú y... allá abajo Bolivia, sólo por encima de Ecuador y Venezuela.
   Estamos pues de la media para arriba en cuestiones de corrupción, pero de la media para abajo, muy abajo, en materia de educación. Si se cruzan esos indicadores, es posible inferir que la clave de la lucha contra la corrupción radica en mejorar los niveles de educación.
   Según la OCDE, "América Latina es un continente cuyo desempeño es decepcionante porque son países con renta media, en su mayoría emergentes, que están muy insertados en la economía global pero no demuestran haber puesto la educación como uno de los elementos más importantes de construcción nacional".
Aunque Bolivia camina hacia el "autismo” en materia económica es, sin duda, buen ejemplo de esa realidad en la cuestión educativa. Y entonces estamos seguramente lejos de salir del pozo por ese camino.  Sobre todo porque, igual que el machismo, en los afanes de construir el nuevo modelo político, prevalece el convencimiento de que todo se puede y se justifica desde el poder, por ilegal que sea. Y se pretende imponer el cambio por la fuerza del autoritarismo y la amenaza de látigo, aunque de manera solapada para guardar apariencias de democracia.  
    Sólo así se explica, por ejemplo, el aparente ”"no me importa” presidencial frente a la posibilidad de quiebra económica de pequeñas empresas impedidas de cumplir obligaciones imprevistas. Está vigente, al fin y al cabo, la norma que permite que los trabajadores se hagan cargo de aquellas empresas cuyos propietarios se estrellaron contra el muro del doble aguinaldo que, visto así, tiene sentido político. O la advertencia de "cerrar y expulsar” a las ONG "que vienen a conspirar contra esta revolución democrática y cultural”. En previsión de eso está ya vigente una norma que las obliga a renovar su personalidad jurídica. No todo es improvisado, al fin y al cabo.

Juan León Cornejo es periodista.

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