La curva recta

Instaurando el día de Nelson Mandela en Bolivia

Agustín Echalar Ascarrunz
sábado, 07 de diciembre de 2013 · 20:24
 La noticia de la muerte de Nelson Mandela llega con unos meses de atraso, su deceso era esperado  a mediados de año,  por eso todos los medios escritos y de televisión estaban preparados para ofrecer a sus lectores algo más que un obituario.
Mandela fue, sin lugar a dudas,  uno de los grandes personajes del siglo XX.  Su imagen está relacionada, ante todo, a la lucha contra el apartheid sudafricano, un sistema de segregación racial tremendamente grosero que se había instaurado en la República de Sudáfrica, dicho sea de paso recién a partir de 1948, sin querer decir con esto que previamente en Sudáfrica se vivía en un paraíso de convivencia y comprensión.
Hay quienes en nuestro medio opinan que en Bolivia había (antes de Evo) un apartheid aún peor que el sudafricano, precisamente porque no era explícito y porque, al no estar institucionalizado, era aún más difícil de combatir.
Esa percepción es completamente equivocada, porque mezcla dos aspectos del racismo que tienen que ser condenados y combatidos de igual manera, pero no hay la menor duda de que en un estado con leyes racistas, el racismo es peor que en un estado que no las tiene.
El racismo en Bolivia es un problema muy serio y se lo encuentra por doquier. Ya escribí en una columna  anterior que si uno encuentra un cuarto vacío, entra en él y cierra la puerta tras de sí, es posible que en ese cuarto haya un racista. Es una tara heredada de las mil sangres y, eventualmente, mil culturas que uno lleva en su ser.
Racistas fueron los españoles de la conquista y los incas de la conquista. Racistas fueron también los aymaras, los alemanes, los romanos, los griegos y los judíos, porque en el pasado se era racista por acción, por omisión o por aspiración.
Curiosamente, en lo que hoy es Bolivia las leyes de segregación que se dieron, por ejemplo en la época colonial,  no tenían el retrogusto de superioridad racial del apartheid sudafricano, sino un tácito reconocimiento de la otredad y jamás se penalizó la mezcla, el matrimonio o el sexo entre personas de distinta  "raza”. De hecho, fue el mestizaje, desde el primer día,   comenzando con la relación de Francisco Pizarro con Inés Huayllas, hija de Huayna Kapac y el nacimiento de sus hijos (Francisca y Gonzalo), lo que marcó la impronta de la nueva sociedad.
Pese a lo arriba mencionado, sólo un alienado puede negar los niveles de segregación y de comportamiento racista en nuestro día a día, me refiero a las clases acomodadas de nuestras ciudades, a aquellas que leen el periódico, tienen ingresos de regulares a altos y tienen, por supuesto,  servicio doméstico.
Éstos,  por regla casi inalterable, comen separados de sus empleados,  y en los casos en que sólo hay una empleada doméstica en la casa la imagen se torna perversa: la familia a un lado disfrutando del yantar en común y ella, eventualmente, la que preparó las viandas, comiendo sola, al otro lado de la puerta de la cocina.
Se me ha ocurrido que una forma de honrar a Mandela sería instaurar el día Mandela, digamos cada 5 de diciembre o mejor, cada primer jueves de cada mes, cuando las familias que tengan servicio domestico inviten a éstos a compartir la mesa. Parece poca cosa, a algunos hasta les puede parecer parte del paquete paternalista del actual estado de cosas (con Evo o sin Evo),  pero es posible que sea un primer paso y, quién sabe, un gran paso.
No se trata de pagar bien, de ser amable, ni siquiera de dar horas de trabajo no abusivas, se trata de mirar al otro como un igual.

Agustín Echalar Ascarrunz es
 operador de turismo.

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