Editorial

Mandela y la reconciliación

Tanto fue (el poder) un medio y no un fin para Mandela, que renunció de manera tajante y definitiva a perpetuarse en él y se retiró de la vida pública.
sábado, 07 de diciembre de 2013 · 20:14
La paz no es la ausencia de la guerra, es más bien la predisposición al perdón.
Nelson Mandela, el Madiba, no fue un hombre pacífico: todo lo contrario. Quizá su cuerpo y mente gozaron de algún sosiego los postreros meses de su vida, cuando yacía en un lecho a la espera de la muerte.
 No, Nelson Mandela fue un luchador incansable, que durante largos años de su vida -los definitivos- privilegió incluso el uso de las armas para lograr su propósito de acabar con el sistema político -racista y vergonzosamente discriminatorio- de su país, Sudáfrica, que tenía a la población de color sumida en la exclusión, la esclavitud y la injusticia.
  Mandela no fue un revolucionario más en busca de la liberación de la opresión, fue un radical que buscaba profundas transformaciones. Por ello, aunque se abuse ahora de su imagen de anciano benevolente, Nelson Mandela fue uno de los líderes más consecuentes en la búsqueda de ese nuevo concepto de paz: el de la reconciliación y el perdón como forma de resolución de los conflictos, de las insalvables rupturas y exclusiones.
 Los nuevos profesionales de la psicología y las relaciones humanas han puesto de moda un término antes poco referido: la resiliencia, o la capacidad  de las personas o grupos de sobreponerse al dolor emocional y las adversidades para continuar con su vida, y salir fortalecidos de dicha experiencia. Esto puede parecer casi obvio, considerando la natural predisposición del ser humano a sobrevivir ante las penurias y dificultades, pero resulta emblemático, paradigmático, único, cuando lo hace una persona que consagra su vida a un propósito y encuentra en sí mismo las respuestas y capacidades, la conciencia correcta, para alcanzarlo.
En el país en el que nació Mandela -en el continente que nació Mandela- era impensable apostar por una unificación y un reconocimiento de los derechos de las mayorías de color. Las proyecciones para acabar con el sistema del apartheid instituido, solamente podían esperarse con más dolor, más muerte o más odios. Y es entonces cuando la figura, la impronta de este líder se vuelve imprescindible para la historia: Mandela luchó con violencia cuando tuvo que hacerlo; sufrió violencia e injusticia cuando tuvo que hacerlo -pasó 27 años en prisión-, y no se movió ni un milímetro de su meta: la búsqueda del poder en democracia. Y cuando lo logró, el peso de esa victoria histórica no fue más importante -nuevamente- que su objetivo: hacer que en su país los negros tengan derechos y sean iguales ante la ley.
 Por eso es que se sobrepuso al dolor, al rencor y ni qué decir a la "natural” tentación de la revancha;  no se ensoberbeció con la coyuntural victoria, sino que siguió alimentando su proyecto hasta, seguramente, el final de sus días. Luchó tanto contra la dominación blanca como contra la dominación negra; fue capaz de incluir a sus más enconados adversarios en su proyecto democrático y apostar por el acercamiento sin pausa, aun cuando podía "haber hecho justicia” (con sus manos o con el poder que finalmente tuvo).  Tanto fue (el poder) un medio y no un fin para Mandela, que renunció de manera tajante y definitiva a perpetuarse en él, y tras culminar su mandato presidencial anunció su retiro de la vida política. Lo hizo aun a costa de debilitar el proceso de consolidar una Sudáfrica "igualitaria y no racista”, pues -como señaló el diario sudafricano Daily Maverick- "Sudáfrica es (actualmente) una sombra de la nación que fue bajo el mandato de Mandela”. La nación -como generalmente sucede en las sociedades que precisan profundas transformaciones-  aún está marcada por las diferencias raciales y las desigualdades.
Pero el aporte de Mandela trasciende a su país, es un legado a la humanidad, especialmente a los liderazgos políticos, tan centrados en la persona, en el usufructo del poder, en las distancias y polarizaciones. El legado de Mandela es el de la reconciliación y el perdón. Ésas son las condiciones que lo hacen único e irrepetible.

Confidencial

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