Meridiano

Rentismo con ñeq’e

Fernando Molina
jueves, 12 de septiembre de 2013 · 20:44
Supongamos un conjunto de propietarios de tierra. Algunos de ellos tendrán, como es natural, parcelas más fértiles que las de los otros. Obtendrán, por tanto, mejores cosechas, lo que se traducirá en mayores ingresos. Este beneficio se deberá a su diferente "posición” con respecto a (en este caso, "encima de”) un determinado recurso natural: tierra de mayor calidad. Aunque realicen el mismo trabajo que los demás (o incluso un poco menos), ganarán más que ellos. David Ricardo llamaba a este excedente o margen adicional: "renta”. La renta se distingue por esto, porque la genera la "posición” que aquél que la percibe ocupa en el territorio, la economía o la sociedad.
Al ser un beneficio "gratuito”, es decir, relativamente independiente del trabajo, la renta es un poderoso "objeto del deseo”; todos los hombres quieren ocupar una "posición”, cualquiera sea ésta, con tal de que venga acompañada de una renta; todos son, al menos en potencia, "rentistas”. Sin embargo, esta inclinación general puede encontrar límites o en cambio verse facilitada en cada una de las sociedades históricas.
La Edad Media fue el tiempo "rentista” por excelencia: en ella las capas sociales superiores recibían tributos en dinero y especie de las capas inferiores, y la vida entera de las personas estaba determinada por la posición que ocupaban al nacer, sin importar casi su laboriosidad o inteligencia. Por eso las revoluciones "burguesas” de los siglos XVII-XIX fueron, esencialmente, revoluciones contra el "rentismo” medioeval, que impedía al avance de la industria, es decir, de una forma de producción menos dependiente de los recursos naturales y en la que, en consecuencia, la "posición” contaba menos que la cantidad de trabajo y la creatividad. Marx saludó la nueva sociedad a la que estas revoluciones dieron lugar, en la que por primera vez el rendimiento valía más que los privilegios de sangre.
El "rentismo” sigue existiendo en las sociedades contemporáneas, si bien en algunas más que en otras. En la nuestra es directamente determinante. La fortuna y el éxito de las personas depende aquí menos de su trabajo creativo que del esfuerzo que realizan para "ocupar una determinada posición”. Esto explica una gran cantidad de comportamientos sociales que de otra forma resultarían oscuros: Desde la "empleomanía” o lucha por una "posición” remunerada en el Estado, hasta la desesperación de las personas comunes por conseguir las mejores "posiciones” (y por tanto sacar de ellas a los demás) en las filas de compra, los trámites, las calles abarrotadas de automóviles. O el hecho de que aquí sea más importante "pretender ser” que realmente "ser” algo.
La exasperante costumbre que tienen los conductores de bloquear las encrucijadas entrando en ellas aunque la calle a la que se dirigen ulteriormente se halle completamente llena, y entonces no puedan pasar y terminen impidiendo el tráfico que viene en otra dirección; esta costumbre no se explica solamente por la falta de educación vial, como a veces se dice, sino también por la congénita ansiedad que sufrimos los bolivianos: la ansiedad de no perder ni compartir nuestra "posición” (de ahí la tensión y las disputas que se producen en cualquier cola).
Sin esta clave explicativa no podríamos comprender los conflictos sociales de estos días. Me refiero a la lucha en torno a los resultados del censo, que se debe a que la cantidad de habitantes que tiene cada parte del país determina la "posición” de ésta en el sistema fiscal boliviano. También al paro del miércoles en La Paz, tan importante para los caros anhelos rentistas de la ciudad, que las propias autoridades que elegimos para mantener y administrar el orden, esto es el Alcalde y sus colaboradores, pudieron y debieron ordenar el bloqueo secante de la ciudad, con tanto ñeq’e (el entusiasmo andino que usan como lema de su gestión), que se puede decir sin exagerar que "secuestraron” a una parte de los paceños, obligándolos a permanecer en sus casas en contra de su voluntad. Pero tales conductas, que serían aberrantes en una sociedad institucionalizada, resultan legítimas y aún heroicas aquí, puesto que defienden el inalienable derecho de cada quien para obtener una renta.
De ahí también la dificultad de acordar un "pacto fiscal” que redistribuya la riqueza nacional entre los territorios de un modo tal que todas las entidades públicas puedan ofrecer idénticos servicios a los ciudadanos. Usar el parámetro de la entrega de servicios (un output) para distribuir la riqueza no corresponde con la mentalidad rentista; ésta prefiere basarse en un input, y por tanto en algo definitivo y difícil de modificar: la "posición” de cada territorio, por ejemplo respecto de los yacimientos de gas. Por eso los departamentos cercanos a los yacimientos reciben más que los lejanos a éstos.
Una sociedad "rentista” es menos productiva, más ineficiente y conflictiva, y por eso más pobre, debido a que su población usa sus energías para tomar nuevas "posiciones” y, simultáneamente, impedir que las "posiciones” que ya ocupa resulten amenazadas por cualquier clase de competencia.
Éste es, con exactitud, el mecanismo que explica nuestras peleas y, en consecuencia, nuestros fracasos.
 
Fernando Molina es periodista.

Confidencial

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