La curva recta

Bloqueos, tolerancia cero

Agustín Echalar Ascarrunz
sábado, 14 de septiembre de 2013 · 17:42
Desde hace un año vivo en el apacible barrio de Irpavi, el otrora barrio militar que conserva inmensas y desgraciadas casonas de los poco estéticos años 70. Hoy, como buena parte de La Paz, es un conglomerado urbano que acoge a muy distinto tipo de gente.
Junto a los antiguos militares hay de todo, una clase media  acomodada, algún exrico, comunarios de la zona que se han adscrito a la vida urbana, una verdadera clase artesanal o de oficios, peluqueros y peluqueras, sastres, vidrieros y un sinnúmero de pequeños locales de expendio de comida, sin dejar de mencionar el mercado que tiene lo que hoy se llama un patio de comidas, que bien merece una visita por parte de los aficionados a la buena comida criolla.
Irpavi es un lugar agradable, sin grandes mansiones, sin grandes jardines, con muchos muros de piedra, pero también con muchas bugambilias, está además a pocos pasos de Calacoto, el nuevo centro de la ciudad, o el centro de la parte baja de ésta.
Lo que lo hace especial es que tanto el río como una pequeña serranía y los terrenos del Colegio Militar lo separan, por algo más de un kilómetro, del siguiente barrio, vale decir, Calacoto.
El miércoles pasado los vecinos de este simpático lugar, o mejor dicho algunos vecinos, o los miembros de la junta de vecinos, cumplieron con lo que seguramente ellos entienden como una obligación cívica y bloquearon el puente que comunica con Calacoto, así quienes urgentemente tenían que  hacer algo en la ciudad tenían que bajar hasta ese lugar, ya sea en sus autos o a pie, o en trufi, cruzar el bloqueo a pie y tomar otro coche hasta la calle 17 de Obrajes, para repetir la acción y luego tomar otro coche hasta el centro.
Protestar contra el censo me parece absolutamente válido, de hecho creo que la ministra Caro, si tuviera amor propio, debió haber presentado su renuncia hace bastante tiempo, pero creo también que  es importante tener una idea clara de dónde están exactamente las contradicciones, antes que hacer un protesta que sólo debería darse en casos extremos.
Los bloqueos -que se han convertido en parte de los rituales de la arena política de nuestro país- son sólo posibles a partir de la irracionalidad, sólo en especialísimos  casos, de la desesperación.
Tengo  un rechazo absoluto a este tipo de acciones, son las que han llevado a este país a un proceso regresivo en cuanto a su institucionalización, y son una transgresión a la norma primigenia que permite una convivencia civilizada: "los derechos de uno terminan donde comienzan los derechos del otro”.
Promover un paro en protesta a una acción política que perjudica a una región es una acción importante y que puede tener resultados positivos; promover un bloqueo es ceder a la barbarie chapareña, a la que nos hemos acostumbrado en los últimos diez años; es deslegitimar el paro porque, por supuesto, así no se sabe quién suspende sus actividades por protesta y quién lo hace porque se ve forzado a hacerlo.
La protesta es un acto de valor civil, el bloqueo es una canallada, y en el caso de Irpavi, o de los otros barrios periféricos de la zona Sur, además es una zoncera.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

Confidencial

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