Defender el derecho a la vida no es defender la vida

Laura Klein
viernes, 20 de septiembre de 2013 · 21:13
Abortar es un crimen popular, el más masivo y el más impune. En Argentina el aborto está prohibido y más de mil mujeres abortan cada día. En Bolivia el aborto está prohibido y más de 100 mujeres abortan cada día. Obligada ilegalidad, bruta y descarnada violación de la ley. Sin embargo, reina la paz entre los autodenominados  "Pro-Vida”. Ninguno combate esa incurrencia masiva de las mujeres en el crimen, ningún amague tampoco de aplicar sobre ellas el peso de la ley, excepto si alguna tiene la desgracia de tener que recurrir a un centro de salud por una hemorragia o una peritonitis provocadas por un aborto séptico y clandestino.
 Los que gustan de llamarse "Pro-Vida” no se molestan en erradicarlo ni en castigarlo (y podríamos apostar que tampoco se abstienen de realizarlo si las circunstancias los empujan a ello). Los "Pro-Vida” se contentan con que sea ilegal.
Quien quiera oír que oiga: tenemos una información que es más que un dato, y a esta altura de las cosas una información que nos hace responsables. En los países donde el aborto es legal, las mujeres que el aborto mata son 100 veces menos que donde está prohibido; no mueren menos embriones sino menos mujeres. O sea que su criminalización ni protege al embrión ni desalienta a las mujeres que quieren abortar. Sin embargo, el debate "serio” del aborto no se detiene en estas "minucias” de la vida real.
Tanto para legalizarlo como para prohibirlo, las palabras y los razonamientos son ajenos a la experiencia de las mujeres que abortan. Si una mujer embarazada tiene derecho a decidir si tendrá un hijo o no queda postergado por la pregunta acerca de si abortar es cometer un homicidio. Y esta pregunta queda supeditada a si el embrión es una persona.  Entonces hay que definir qué es una "persona”, pero cómo se defina "persona” depende … de qué postura se tenga respecto del aborto. En todos los casos se recurre al conocimiento de la biología o de la genética, pero la decisión ya estaba tomada de antemano: se elige el dato que conviene para respaldar aquello que se quiere demostrar. Para conseguir que sea como un homicidio, se alega que el ser humano surge en el momento de la concepción, y para conseguir que el aborto sea legal se dice que sólo después de los tres meses de la gestación se puede hablar de ser humano propiamente dicho. Ambas posturas se pueden demostrar con el mismo rigor. Y al amparo de esta "objetividad”, la cuestión avanza al terreno jurídico.
Pero también aquí los discursos reducen el aborto a una cuestión de derechos y hay una distancia irreductible entre el discurso del derecho y el de la  experiencia. Para legalizarlo, se invoca el derecho a la libertad de elección y para que continúe prohibido, se lo condena bajo el cargo de homicidio.
¿Quién, lejos de la escena del debate, equipara a una mujer que abortó con una homicida? Ni siquiera los códigos penales que lo prohíben sin excepción lo incluyen dentro de esta figura (siempre están separados en dos figuras diferentes: una cosa es "abortar”, otra es "matar a otro”). Todos conocemos alguna mujer que abortó o a alguien que conoce a alguna mujer que abortó; muy pocos de nosotros conoce a alguien que haya matado a una persona nacida (y probablemente estos casos estén muy ligados al poder, legítimo o ilegítimo, de poderosos o marginales). Todos podemos conseguir el teléfono de un abortero, muy pocos el de un mercenario.
Los argumentos pro legalización también resultan extrañamente ajenos a nuestras experiencias. Se habla de "elección libre”, "autonomía” y "control del propio cuerpo”. Sin embargo, todos sabemos que la mujer que aborta está atrapada. Se quedó embarazada contra su voluntad y ahora ni quiere abortar  ni quiere tener un hijo. Está entre la espada y la pared. Se trata así de una encrucijada trágica, nadie quiso llegar allí pero ahora no decidir implica continuar el embarazo. Entonces, más que elegir libremente, esta mujer decide voluntariamente bajo la coerción de su propio cuerpo que no quiso, no pudo, o no supo someter a su control.  Es preciso comprender qué se discute por un lado y qué se juega por el otro. Porque el derecho a la vida no es la vida. Está en las entrañas del capitalismo: dejar morir es una cosa, matar es otra. Aunque hoy todo lo que está en la esfera del derecho lleve una aureola ligada a lo sagrado y a lo inviolable, defender el derecho a la vida puede ser en ocasiones lo opuesto a defenderla. Éste es el caso del aborto. Y la experiencia del aborto nos dice que el cuerpo no cabe en el derecho, que hay poderes no legítimos y derechos impotentes.
Entonces hablar del derecho de las mujeres como si no tuviésemos ningún poder, nos deja  fuera. Porque las mujeres no tenemos derecho a abortar, pero tenemos el poder. Y tenemos el poder de abortar porque tenemos el poder de dar vida, de gestar, de quedar embarazadas.

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