Ser niño o niña, y vivir para contarlo

Editorial
martes, 24 de septiembre de 2013 · 20:30
Las cifras de niños y niñas que sufren violencia sexual, física o psicológica -que son alarmantes- no representan más que un dato frío e impersonal sobre una problemática que debiera estar en el primer lugar de la agenda pública nacional.
Las cifras y los reportes que se difunden permanentemente  nos muestra la parte anecdótica, el registro de los daños, la crueldad de las consecuencias y un largo etcétera  que exacerban los sentidos y encienden los ánimos periódicamente. De ahí que no es casual que luego de un hecho conmovedor -como el que hace pocas semanas sacudió a El Alto y La Paz, tras la violación de una niña de siete meses- se produzcan manifiestos y protestas que, con el paso de los días, se van eclipsando. Solamente para seguir con el ejemplo, el caso de El Alto generó movilizaciones ciudadanas pidiendo justicia; colecta de firmas para impulsar una reforma legal que incorpore la castración química como castigo a los violadores y un clamor casi generalizado por reformas legales que incluyan sanciones más drásticas a los agresores. Finalmente, como ha sucedido en otras ocasiones, el presunto violador de la bebé apareció ahorcado en su celda de Chonchocoro, a pocas horas de haber ingresado a este penal.
Hasta acá éstas y otras expresiones constituyen, como decíamos, la muestra del dolor e indignación de la ciudadanía ante una realidad que no tiene visos de ser superada; pero, así como refleja el rechazo, también retrata la impotencia: no existe un pronunciamiento en las autoridades nacionales ni departamentales de acciones o políticas destinadas a erradicar la violencia; todo lo que hay es una adhesión a este sentimiento de indignación.
De manera  que queda siempre en el terreno de lo deseable pero distante, la aspiración de garantizar a los niños y niñas de este país  un futuro con protección, dignidad y seguridad. Las políticas desarrolladas en materia de derechos, legislación, salud y otros, son positivas, pero debieran estar acompañadas por decisiones estratégicas que realmente apunten a erradicar la violencia en todas sus expresiones.

Para ello, no existe otro espacio que la educación. Las transformaciones y evoluciones de las sociedades no se producen tras la aplicación de leyes rigurosas, ni con el ejemplar castigo a los criminales; sólo se consolidan cuando cada ciudadano restringe el límite de tolerancia con los abusos y de cumplimiento de sus deberes. Y en este orden, la familia y la escuela son fundamentales. Antes que un nuevo Código Niño, Niña y Adolescente, sería conveniente pensar en programas de educación y prevención.

Antes que un nuevo Código Niño, Niña y Adolescente, sería conveniente pensar en programas de educación y prevención para acabar con la violencia

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

149
94

Comentarios

Otras Noticias