Columna vertebral

Educar o morir

Carlos D. Mesa Gisbert
sábado, 28 de septiembre de 2013 · 17:59
De todos nuestros desafíos, el que peor encaramos, y sin duda el mayor de todos, es el de la educación.
Obsesionados como estamos por la idea del cambio y de la ruptura con el pasado, asumimos que la reforma educativa de 1994 iba por el camino equivocado, a pesar de haber planteado de modo pionero el concepto de la educación intercultural y bilingüe. Su supuesto "matrimonio” con las políticas del Banco  Mundial y su "solapada” intención de privatizar la educación, se dijo, eran contrarrevolucionarios. A algo más de una década de su aplicación se propuso ¿cómo no? otra reforma educativa, esta vez liberadora, descolonizadora, revolucionaria, inclusiva, popular, participativa y la lista de adjetivos que queramos añadirle, a gusto del lector.
La Ley Avelino  Siñani avala tal utopía de cambio ratificando uno de nuestros fetiches más acendrados, la presunción de que la ley opera de modo mágico el cambio y nos trae la panacea. Una nueva educación esta vez intracultural. Palabras que nominalmente tienen un profundo contenido, pero que en los hechos transforman muy poco.
La reforma del 94 no fue acompañada por los protagonistas de la transformación, quizás por una mirada vertical y poco participativa. Pero la nueva reforma es un canto retórico más interesado en cambiar nuestra percepción del pasado que en proyectar la formación del futuro.
En el ínterin, antes, durante y después de ambas reformas, las cosas en lo esencial no han cambiado absolutamente nada. Tenemos una educación que si bien ha mejorado cuantitativamente, ha empeorado cualitativamente. Más allá de las palabras (que son como vasijas huecas que sólo hacen ecos carentes de sentido) hay muy poco.
El corazón del problema está en un magisterio entre dos aguas; por un lado, una formación más que deficiente anclada en una pedagogía de la primera mitad del siglo XX y, por el otro, el secuestro de todo un gremio en manos de un poder sindical que a nombre de intereses superiores defiende espacios mezquinos de control de poder sectorial. Los padres de familia no tienen otra opción que entregar a sus hijos a un sistema educativo público con pésima  infraestructura, peor equipamiento y una rutina que está a años luz de los desafíos del siglo XXI. Los estudiantes que en el día a día están  vinculados a la revolución del conocimiento a través de la fragmentación, los cafés internet, los videojuegos, el bombardeo audiovisual, los celulares y los mensajes en fracción de segundo llegan a aulas destartaladas con viejos pizarrones y tizas prehistóricas, libros de texto frecuentemente desactualizados y, lo que es peor, la absoluta esterilidad en la tarea más importante de todas, que los maestros les enseñen a pensar, a ordenar ideas, a relacionar conceptos, a organizar la mente y a encontrar los caminos reales del conocimiento, no la acumulación absurda de información que se encuentra con sólo hacer un toque de dedo sobre una pantalla.
Tenemos escuelas del siglo XIX para este siglo, colegios con  métodos  tediosos de enseñanza, oferta universitaria de carreras listas para empedrar nuestras calles de abogados, contadores, economistas y comunicadores que el mercado laboral no necesita.
La excelencia es sospechosa de neoliberalismo, la exigencia es sospechosa de discriminación, los instrumentos cibernéticos son sospechosos de eurocentrismo, el inglés es sospechoso de colonialismo, y el quechua, el aymará y el guaraní, importantes para conectarnos entre bolivianos, no se enseñan o se enseñan mal por falta de profesores y métodos adecuados para el mercado escolar.
Ciencia, tecnología, investigación e innovación, los verdaderos conceptos revolucionarios de la educación, brillan por su ausencia.
Hay que desterrar los miedos, el mayor de ellos, el miedo a que los radicalismos arcaicos acusen a quienes quieren una educación acorde a los tiempos que corren de contrarrevolucionarios. La pregunta que lo resuelve todo es ¿está formando Bolivia jóvenes que tengan condiciones para enfrentar los desafíos de su propio mercado de trabajo? La respuesta es categórica, no los está formando. Nuestros colegios, nuestras universidades, nuestros centros de enseñanza en general no aparecen ni de casualidad entre los de mayor calidad de América Latina, no digamos nada con relación al escenario internacional.
El gobierno del presidente Morales tiene una oportunidad todavía, la de usar su poder de convocatoria y sus recursos para encarar una revolución posible, que rompa mitos, que toque a los poderes hasta hoy intocables, que descentralice la educación de verdad, que mejore dramáticamente la infraestructura de nuestros centros educativos, que se asocie con los padres para una tarea que no resuelven los discursos sino los hechos, que dé un salto en la historia y prepare el futuro. Como nunca, Bolivia puede invertir cuatro o cinco veces más que hace diez años, como nunca su gobierno tiene un poder real  en la base de la sociedad, como nunca se podría pensar en una cruzada para la que bien vale usar un pedazo de  nuestras reservas de divisas.
Educación de calidad e inversión directa en tecnología e innovación es una apuesta segura por el cambio, sin prejuicios y sin esquemas fosilizados que pretenden convertir los mitos en recetas para el conocimiento. En ese escenario, por supuesto que hay espacio para recuperar lo mejor de los saberes de nuestro pasado,  siempre y cuando estemos dispuestos a entender que el presente y el futuro se construyen con los avances universales que la humanidad ha acumulado por milenios.
La ecuación es descarnadamente simple: educar o morir.

Carlos D. Mesa fue presidente de la República.

Confidencial

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