La curva recta

Turistas, fotos y promoción

Agustín Echalar Ascarrunz
sábado, 28 de septiembre de 2013 · 17:56
El viernes pasado fue el Día Internacional del Turismo, llegué a La Paz en calidad de turista y quedé sorprendido con una grata bienvenida de gente de la Alcaldía, que en el mirador de la autopista estaba repartiendo a quien parase allí unos mapas de la ciudad. Simpático detalle. En el Valle de la Luna me regalaron unos folletos con bellas fotos impresas, que, sin embargo, ya no me gustaron tanto, porque me hicieron pensar en los gastos publicitarios insulsos que a veces se hacen con el dinero de todos. En mi recorrido por la calle Jaén volví a la realidad, a ésa del país poco amable y un tanto absurdo; fui testigo de cómo el policía que estaba de servicio delante de la puerta de la casa de Murillo desalentó groseramente a un grupo de turistas de tomar fotografías desde la calle al bello patio del mencionado museo.
El Gobierno se está llenando la boca con los preparativos para el famoso Dakar (que tengo la certeza de que será  una gran frustración económica para los pueblos por los que pasará ese remolino de ruedas y polvo), creyendo que ese tipo de actividades tienen algo que ver con el turismo que llega a nuestro país, y sobre todo con el turismo que sea sostenible, en la medida que pueda reproducirse, y pueda sostener la creación de infraestructura hotelera y gastronómica, a partir de un fluir constante de clientes.
Curiosamente, no son los grandes ruidos, sino detalles pequeños los que pueden hacer la diferencia, y posiblemente el mejor ejemplo son las fotografías, y me refiero no a las de los fotógrafos profesionales, sino a las del turista común y corriente.
Gracias a internet y todas sus chucherías, Bolivia ha dejado de ser, como todos los rincones del planeta en su conjunto, un secreto bien guardado. Es la comunicación alternativa, la propaganda personalizada, la retroalimentación de información sobre lugares y experiencias, que aparecen en la red,  lo que ha producido un cierto aumento en las visitas a Bolivia (que dicho sea de paso no llega ni de lejos al millón de genuinos turistas), y es por eso que cada turista que se ve en la calle no sólo es un cliente, sino un agente promotor. Sobre todo si tiene una cámara en la mano, buenas experiencias de este sujeto se reproducirán para crear una imagen positiva del país; malas experiencias nos restarán  potenciales visitantes del futuro.
Vuelvo a las fotos. El que se prohíba tomar fotografías de los lugares interesantes del país es un disparo en el pie. El caso del pobre diablo uniformado del Museo Murillo es un extremo de intolerancia y de abuso de poder en un ámbito minúsculo, pero hay absurdos institucionalizados.
Por ejemplo, la prohibición de tomar fotos en el interior de la iglesia de Copacabana (uno de los más importantes conjuntos arquitectónicos de la zona del Titicaca, que tiene un interior espléndido pese a los robos y a las rudas modificaciones a las que este bello templo ha sido sometido);  peor aún, está la prohibición explícita de la toma de fotografías al monolito Bennett en Tiwanaku, la estatua prehispánica de mayor tamaño que se haya encontrado en toda América y que en vez de ser promocionada está oculta en un espacio mal iluminado, de un pequeño y bello edificio que lastimosamente se está viniendo abajo (Claro que de eso es responsable la falta de interés del Estado Plurinacional por el pasado indígena, pero ese es otro tema).
En Bolivia, en vez de prohibir sacar fotos, se debería promover ese  hábito de los turistas, hacer concursos de fotógrafos amateur, y entregar un primer premio, que podría consistir en  una segunda venida, pagada por supuesto, al país.
 
Agustín Echalar es operador turístico.

Confidencial

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