Menudencias

Cuando lo malo sirve por bueno

Juan León Cornejo
miércoles, 1 de enero de 2014 · 19:33
    Estaba en esa etapa de los sueños dulces de madrugada, peleando por saber su final. Uno nunca sabe generalmente en qué terminan. Así y todo, sentí la mirada de mi mujer que, tras confirmar que dormía plácidamente a su lado, siguió su rutina de aprovechar el silencio del amanecer para leer su correo, acompañada sólo por el trinar de los pájaros y de enviar fotos e intercambiar mensajes.
    Una hora después, me despertó una llamada de Nadia para alertarme de que alguien estaba utilizando mi correo electrónico para pedir dinero en mi nombre desde Edimburgo.
Luego fue mi colega Marcelo, desde la central latinoamericana de ANSA, quien me recordó que,  aunque yo esté varado en la capital de Escocia, en Buenos Aires estaban esperando mis noticias desde La Paz sobre las amenazas presidenciales de expulsión de Bolivia de las conspiradoras ONG.
   Al desconcierto inicial de estar y no estar en Edimburgo pidiendo plata prestada a mis amigos se sumó la ignorancia tecnológica que comenzó a aclararse cuando supe que al menos otros dos amigos se toparon con lo mismo días antes.
En algún lugar del mundo algunos traviesos, empeñados en tener dinero fácil, descifran contraseñas e ingresan a correos ajenos. Ahora sé que es relativamente fácil. Después, envían un mensaje a todos los contactos de la cuenta "intervenida”.
"Me fue robado el bolso con mi pasaporte internacional, tarjetas de crédito dentro. La embajada está deseando ayudarme con dejarme tomar un vuelo sin mi pasaporte, sólo que tengo que pagar por el billete y cubrir las cuentas del hotel”, en Edimburgo, dice el mensaje enviado en mi nombre y pidiendo "un préstamo” de 2.000 dólares a enviar "a través de la oficina local de Western Unión” para recibirlos en 20 minutos.
    El lío comenzó cuando intenté ingresar a mi cuenta Gmail para desmentirlo. Primero me pedía contraseña, aunque estaba programada en mi computadora. Luego  de varios intentos, Google me avisó: cuenta clausurada hace "cero días”.  
Para recuperar cuenta y contraseña me pedían poco menos que el número de pelos del gato, que es gata. "¿Cuándo abrió su cuenta?, ¿cuál es el nombre clave del nieto que anotó al abrirla?, escriba su número telefónico”, que reconoce que termina en 55, pero que dice Google que no es, Hasta rendirme y pedir ayuda para abrir otra cuenta.      Según los que saben, eso que denominan spam y phishing (robo de contraseñas y datos de carácter confidencial) funciona desde hace tiempo y afecta a cuentas de diferentes proveedores de correo. Hubo casos de Gmail, pero también de Yahoo, por lo que no sería falla en una plataforma específica.
    Entre los intentos de Cristian y Micaela para ayudarme a salir del lío, llamó mi amigo Nano para decirme que no pensaba prestarme dinero porque "con los  2.000 dólares que pides tendrías que volver a dedo si tienes que pagar hotel y pasajes”, desde el lejano Reino Unido.
Y le siguieron otros que no se ahorraron en llamadas para encargar algunas botellas de algún whisky de nombre raro añejado "al menos 20 años” por culpa del que, suponían entre risas, perdí plata y pasaporte.
Algunos hasta para felicitarme en el supuesto de que, aunque hoy lo dan en cualquier parte, me fui tan lejos por un doctorado Honoris Causa de la Universidad de Edimburgo, cuyas laureas reconoció la Unesco en 1995, cuando la designó Patrimonio de la Humanidad.
    Lo bueno de todo lo malo de ese viernes es que puso en evidencia cosas importantes: los habituales mensajes matutinos de mi esposa le dijeron a todos nuestros parientes, sin decirlo, que todo estaba normal ese día en que cumplíamos 47 años de casados.
Desde Roma, Mario les recordó a los amigos que esa modalidad de robos es común. Desde Quito, mi amigo Mauricio advirtió a las organizaciones amigas en Latinoamérica "Este correo de Juan León es un hoax. Por favor tener cuidado con este tema”.
Me informaron también que en Venezuela, el ilustrador Darío Adanti sufrió un fraude similar al  encontrar en su Gmail un mensaje que se envió él mismo desde su otra cuenta de Yahoo.
En mi caso, la red de amigos funcionó automáticamente para alertar, sin pedido alguno, sobre el fraude.
 Este martes, cinco días después del intento fallido, comencé a recuperar algunos de mis contactos. Gracias a todos.
    Lo otro bueno de lo malo fueron los cinco días de tranquilidad que me regalaron los traviesos de no sé dónde: me liberaron de la esclavitud que significa en estos tiempos de desarrollo tecnológico el estar pendiente siempre, a toda hora y en todo lugar, del  correo electrónico.
Como en los viejos tiempos, me importó poco lo que ocurría lejos de mí. Al fin y al cabo, mucho no cambia. Hagan la prueba.
    Por eso creo que el mejor deseo que puedo expresarles al comenzar este 2014 es preservar y fortalecer esa formidable red de protección que conforman siempre los amigos frente a todo peligro e intentos de fraude.

Juan León Cornejo es periodista.

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