Los dueños de la calle

Juan Carlos Arana
miércoles, 1 de enero de 2014 · 19:37
Al recorrer las calles de nuestra abigarrada ciudad uno se encuentra con un caos propio de las grandes metrópolis, donde todo parece funcionar mal, pero, como la expresión dice, todo funciona.
Hemos aprendido  los códigos necesarios para encontrar la alternativa a todo: a la carencia de espacio, al excesivo bullicio, incluso al bloqueo o la marcha que, como en jerga cubana se diría, nos obliga a "inventar y resolver”.
 Ante la lluvia, en menos de cinco segundos aparece el vendedor de paraguas; ante el trámite aparece el profesional desempleado, con su mesa y su máquina de escribir, quien está dispuesto a llenar el escrito, el pago de impuestos o el documento que sea necesario cubrir.
El momento en que nos presentamos ante una institución pública, y seguramente nos hemos olvidado del requisito "35B”, que nos obligaba a presentar la fotocopia de nuestro carnet, curiosamente en la puerta de la institución habrá alguien funcionando con una oficina de
1 x 1 que nos podrá dotar de este delicado servicio.
Si por ahí  el trámite obliga a presentar una fotografía actualizada de 3 x 3 con fondo rojo, tenga la seguridad de que habrá alguien en la puerta de esta oficina con una tela roja y una cámara fotográfica en mano que, en plena calle, le prestará un peine, saco y corbata, de ser necesario.
No se le ocurra subvertir este orden, ya que esto, que es aparentemente espontáneo y producto de una sociedad relocalizada, está meticulosamente definido, con clanes, grupos, organizaciones y familias que se han loteado toda la ciudad.
Esta sinfonía del caos no se limita a extremos románticos, sino, so pretexto de la pobreza de los mencionados, se sienten con el derecho de agredir, golpear, sabotear e incluso bloquear si a usted se le ocurre la ridícula idea de poner un negocio formal paralelo que entorpezca en algo la actividad de los dueños de la ciudad.
Porque si bien somos los últimos en respetar la formalidad y las leyes, somos los primeros en exigir el fiel cumplimiento de estos pequeños avasallamientos. Le hemos quitado al ciudadano la opción del reclamo o queja, ya que estas organizaciones han entendido que al ser entre "pobres” tienen un mejor derecho que cualquier otro ciudadano que, por el hecho de no tener que trabajar en la calle, pertenece a la categoría de rico y, por ende, es un ciudadano de segundo nivel.
Este relato parecería propio de una crónica que puede titularse el mundo al revés, pero que en realidad no hace otra cosa que desvelar de una contundente manera quién tiene la razón y quién tiene el poder propietario de nuestra ciudad.
Nadie les repartió un título, no aportan ni con la limpieza, pero son dueños de la ciudad. Tienen incluso el derecho de lanzarle amenazas vedadas bajo la perversa frase: se lo cuido. Tonto seria el que diga que no, ya que por no pagar cinco bolivianos deberá reparar la rotura de un stop, la pinchada de una llanta o la pintura de todo su vehículo.
Esta frase, que en cualquier parte del mundo podría ser entendida como una vocación profunda de trabajo y servicio, en realidad no es más, traducida al buen castellano, que la expresión: o me pagas o te va a ir mal, porque ésta es mi calle y yo soy dueño de la ciudad.
Y así caminamos los ciudadanos, jugando las reglas del juego que nos han impuesto los dueños de la ciudad, tratando de no ser impertinentes, tratando de no entorpecer este intrincado hormiguero, donde a nadie se le debe ocurrir mover el árbol de la colmena, ya que correrá con las temibles consecuencias.
Los dueños de la ciudad saben que tienen la razón, saben que tienen el poder. Conocen perfectamente su medida y saben que usted ha resignado su derecho ciudadano para "evitarse problemas”. Prepárese, ya que el momento que se requieran impuestos o contribuciones, usted será llamado a ser solidario con los dueños de la ciudad.

Juan Carlos Arana es periodista.

 

 


   

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